Miradas de Cine Gijón 2003. El otro cine contemporáneo
Por Alejandro Diaz

Gijón es una ciudad agradable en cualquier época del año, pero lo es aún más cuando uno la transita, siempre en buena compañía, mientras se celebra su Festival Internacional de Cine, que este año ha completado 41 ediciones. a este festival pueden discutírsele muchas cosas: pretender vender a toda costa una cierta imagen de "cine vanguardista", dirigirse a un público casi exclusivamente joven, proyectar películas no aptas para todos los paladares... Pero lo que no puede discutírsele es que se ha convertido en un festival de referencia para todos aquellos interesados en seguir las huellas de un cine acorde con su tiempo y contenedor de intereses más allá de la consecución de beneficios económicos. Un cine que puede ayudarnos a comprender mejor el mundo de imágenes que nos acompaña en nuestra vida cotidiana, y que en Gijón tiene un hueco que no halla prácticamente en ningún otro lugar de España. Un cine que, independientemente de su calidad, debería poder ser visto por el público de hoy, tan condicionado por el cine actual dirigido al consumo masivo (iba a decir "por el cine hollywoodiense", pero habrá que hacerle caso a Ángel Quintana y empezar a sustituir el viejo concepto de los "estudios de Hollywood" por una idea más adecuada a la situación actual de capitales multinacionales y tecnología multi-media). Guste o no, José Luis Cienfuegos y su tenaz equipo de colaboradores han vuelto a reunir, pese a recortes presupuestarios, un montón de títulos y directores mal o nada conocidos por estas tierras, conformando una Sección Oficial muy irregular, cierto, pero con títulos sumamente estimables, además de unas retrospectivas intachables y del resto de secciones paralelas. a continuación desgranamos los contenidos.

Sección Oficial

Siempre, desde que comencé a acudir al Festival de Gijón, he creído que la Oficial era una de las secciones menos atractivas del mismo, al menos a priori. Este año, acreditados al fin como estábamos, no había excusa para no comprobar dicha intuición, finalmente no del todo desencaminada. La Sección Oficial resultó un cajón de sastre en el que se acumularon películas de factura e interés muy desigual. Hubo films que venían con la vitola de favoritos de la crítica, como la soviética Vozvraschenie (El retorno), que llegó a Gijón con el León de Oro de Venecia bajo el brazo, que no es poco, o la argentina Los rubios, que venía de triunfar en el Festival de Buenos Aires. En todo caso un servidor, que no pudo ver los dos títulos citados, llegó al final del certamen con sus propias preferencias. Entre ellas, la mayor sin duda fue una película que vuelve a llamar la atención sobre el característico cine que nos está llegando desde Austria en los últimos años. Se titula Struggle, ha sido producida y dirigida por una imponente (en todos los sentidos) mujer de veintinueve años llamada Ruth Mader, y es uno de los mejores largos de debut que he visto en mi (breve y estrecha) vida cinéfila. Un film con gran contenido social pero sin discursos que convierte el rigor y la verosimilitud en una implacable metodología de trabajo. Una película que impresiona porque está realizada con la seguridad de quien tiene absolutamente claro lo que busca y pretende, algo que demostró con creces la propia Mader en una rueda de prensa en la que se mostró intransigente con la escasa inteligencia (o la estupidez) de algunas de las preguntas que le fueron formuladas.

Otra de las películas que considero destacables fue la ganadora final del certamen, Schultze gets the blues, dirigida por el alemán Michael Schorr. Es una obra dividida en dos partes bien diferenciadas. Una primera que refleja un cierto costumbrismo teutón a la manera humorística de Jacques Tati o Aki Kaurismäki, y una segunda que tiende menos al gag cómico pero que atesora un implícito mensaje favorable al mestizaje y al respeto entre las diferentes culturas, recordándonos además que el sur de los Estados Unidos es mucho más que George W. Bush y su amada silla eléctrica. Asimismo interesante fue American Splendor, película firmada a dos manos por Shari Springer Berman y Robert Pulcini, un trabajo bien escrito e interpretado pero finalmente algo blando e inferior, pese al prestigio que está acaparando, a la olvidada Man on the Moon de Milos Forman, película con la que guarda numerosas semejanzas.

Entrando ya en obras menos interesantes nos encontramos con propuestas como Bodysong, un experimento del británico Simon Pummell tan ambicioso como fallido en el que destaca sobremanera la banda sonora de Jonny Greenwood, o L'Isola, de la italiana Constanza Quatriglio, aburrida pese a algún destello de interés. Y hablando de lo peor, siempre según mi parecer, claro, nos encontramos películas como Lichter, de Hans-Christian Schmid, puede que bienintencionada, pero artificial, pretenciosa y definitivamente irritante; como Thirteen, de la californiana Catherine Hardwicke, que dilapida un guión y un reparto con posibilidades recurriendo a una realización en exceso enfática y cayendo finalmente en un moralismo atroz; o, sobre todo, como Fifteen, del singapurense Royston Tan, un film repugnante e inaguantable que no puede gustar a nadie al que le reste un mínimo de sensibilidad humana. En lo que se refiere a los cortometrajes lo más destacable de entre lo visto fue, tal vez, Novembersnö, de la sueca Karolina Jonsson, trabajo en el que resuenan nítidos ecos bergmanianos, o el aún mejor Viernes, del barcelonés Xavi Puebla, un corto que renuncia a llamar la atención sobre sí mismo para limitarse a contar (muy bien) una historia con la que es sencillo poder sentirse identificado.

Retrospectivas

El plato fuerte, sin duda, de esta cuadragésimo-primera edición. Los cineastas cuya carrera fue repasada fueron el francés Olivier Assayas (que no pudo presentarse en Gijón por hallarse preparando Clean, su nuevo proyecto anunciado para 2004), el estadounidense Hal Hartley y el austríaco Ulrich Seidl. Cada uno de ellos ha visto editado un libro entorno a su figura: el dedicado a Assayas es obra de Ángel Quintana y contiene un ensayo definitivo, una sensacional entrevista y algunos escritos del propio Assayas; el de Seidl, no muy extenso pero arriesgado en su concepción, viene firmado por el siempre fiable Carlos Losilla; y el de Hartley está escrito ágilmente por Sergi Sánchez y contiene una entrevista de Kenneth Kaleta con el director.

Ya lo venían advirtiendo diversas voces desde hace tiempo, y hemos podido comprobarlo personalmente gracias a la retrospectiva: Olivier Assayas es uno de los directores más interesantes del cine actual. Heredero, en parte, de la generación de la Nouvelle Vague y antiguo crítico de "Cahiers du cinema", Assayas ha elaborado una filmografía muy sólida en la que la búsqueda e investigación teórica sobre las nuevas imágenes, el nuevo cine que ya nos cerca por todas partes, tienen una plasmación enteramente cinematográfica. Un director preocupado por analizar el paso del tiempo en las vidas humanas, pero también en el propio arte de la narración audiovisual. El ciclo nos dio la oportunidad de descubrir films de la calidad de Désordre o Irma Vep, y también su última pieza terminada, la impresionante Demonlover, un film de factura visual alucinante (o alucinatoria) que, como suele ocurrir con aquellas obras que se adelantan a su tiempo, fue rechazado mayoritariamente en su día por la crítica especializada, cuando se trata de una de sus piezas más depuradas. En Demonlover, Assayas logra canalizar los flujos visuales postmodernos hacia una reflexión sobre las nuevas tecnologías de comunicación y de generación de imágenes que los hacen posibles, y todo ello edificado sobre el McGuffin de una oscura trama criminal de altas esferas, adentrándose en un "más allá" audiovisual que la convierte, en cierto sentido, en una inquietante sucesora de aquel perturbador Videodrome que otro visionario llamado David Cronenberg nos presentó en los ochenta. Un film, Demonlover, que habrá que seguir estudiando en lo sucesivo, pues probablemente en él se encuentren muchas claves para comprender el cine del futuro.

"El cine independiente americano ha desaparecido para convertirse en una cantera de talentos que se venden al mejor postor.". Con estas duras palabras Sergi Sánchez constata la decadencia de Sundance como foco de nuevos talentos cinematográficos y señala la dificultad de muchos de los antaño laureados allí (Hartley lo fue en 1990) para poder seguir haciendo cine una vez pasado su momento de popularidad. Al igual que compañeros como Jim Jarmusch, Hal Hartley va viendo cómo sus posibilidades de dirigir se reducen más y más con el paso del tiempo. Hartley sólo ha realizado un largo (el nunca estrenado en España No Such Thing) en los últimos cinco años, y actualmente se refugia en actividades teatrales. La revisión de su obra, que incluyó tanto sus films más reputados (Trust, Amateur, etc.) como cortometrajes desconocidos, ha servido para intentar recuperar del olvido inminente a un director admirador de Godard e interesado por descubrir nuevos horizontes fílmicos - como pudimos comprobar al coincidir como público con él y su mujer en algunas proyecciones -, y para demostrar que no todos los indies han terminado siguiendo los pasos de Steven Soderbergh.

Ulrich Seidl es un misterio. Uno de esos nuevos cineastas austríacos de los que hablaba antes (tal vez el más famoso después de Michael Haneke), aunque lo de "nuevo" es relativo, pues su edad supera los cincuenta años y lleva facturando extraños y terroríficos documentales desde hace mucho tiempo. A Seidl ya se le conocía en Gijón, pues hace dos años triunfó aquí con un film desasosegador e hipnótico titulado Hundstage/Canícula, la que hasta ahora es su única pieza de ficción. Cineasta de la decadencia y la podredumbre perfumada, provocador en el más elevado sentido del término, Seidl ha conmocionado notablemente a quienes se han acercado a su cine (me incluyo aquí), y dicho cine deja abiertas numerosas puertas a interrogantes muy interesantes dentro de la encrucijada audiovisual contemporánea, como es la delimitación entre el campo documental y el campo de ficción (límite que, según argumentó Joaquim Jordà en uno de los encuentros con el público del Festival, nunca ha existido en realidad: Los Lumière y Méliès serían las dos caras de una misma moneda). Un cineasta, Seidl, que se mostró frío y poco comunicativo en la rueda de prensa que concedió, en la que no aclaró gran cosa sobre su cine, deviniendo tan impenetrable como sus propios films. Sin embargo, conviene que sigamos teniendo presentes estas películas-enigma aunque su difusión, al menos en España, será nula casi con total seguridad. Una lástima.

El Nuevo Cine Español y la Escuela de Barcelona

Las televisiones de difusión nacional en abierto, y la televisión pública en particular, llevan, con alguna excepción aislada, muchos años queriendo hacernos creer que durante la dictadura franquista sólo se produjeron en España películas de folclóricas, misioneros y niños cantores. El ciclo dedicado a los nuevos cines que, coordinado por Carlos F. Heredero y José Enrique Monterde, empezó hace dos años con el Free Cinema británico y siguió en 2002 con la Nouvelle Vague, continuó este año con los movimientos rupturistas (hasta lo permitido) españoles, en buena medida surgidos gracias a la creación de aquel "cine de interés especial" destinado a las salas por entonces llamadas "de arte y ensayo". El libro del ciclo, titulado "Los nuevos cines en España", vuelve a reunir a numerosos analistas cinematográficos e incluye abundante material fotográfico y suculentas entrevistas. El ciclo propiamente dicho ha servido para que vuelvan a pronunciarse nombres como los de Claudio Guerín, Francisco Regueiro, Angelino Fons, Julio Diamante, Jesús Fernández Santos, Miguel Picazo, Basilio Martín Patino, Antxón Eceiza o Manuel Summers, y, dentro de la hornada catalana, para recordar a ignorados como Carles Durán, Pere Portabella, José María Nunes, Gonzalo Suárez (asturiano, pero asociable al movimiento), o Jacinto Esteva. Por supuesto, hubo también trabajos de los mucho más conocidos Saura, Querejeta, Aranda, etc.

Los encuentros con el público fueron numerosos y se emitieron auténticas joyas rarísimas como Los desafíos (1969), película colectiva de José Luis Egea, Víctor Erice y Claudio Guerín, o 1, 2, 3, al escondite inglés (1969), dirigida por Iván Zulueta. De entre los encuentros mencionados sólo pude asistir a dos y fueron una verdadera delicia, por lo que intuyo que los restantes debieron ser también muy satisfactorios. El primero, ya mencionado, fue con Joaquim Jordà tras la proyección de Dante no es únicamente severo, auténtica rareza surreal/dadaísta que co-dirigió en 1967 junto al desaparecido Jacinto Esteva. Se tocaron multitud de temas importantes, como las diferencias entre la vocación más realista del cine de Madrid y la mayor ligereza pop del de Barcelona, o la presencia, en la actualidad, de una censura económica tan implacable o más que la censura franquista. El otro encuentro tuvo lugar tras el pase de una película injustamente olvidada titulada De cuerpo presente (1965), comedia llena de toques absurdos que sorprende vista hoy por su semejanza con ciertos híbridos genéricos de la actualidad como puedan ser, sin ir más lejos, los cocinados por los hermanos Coen. Su director, Antxon Eceiza, se mostró distendido y muy simpático, animando a la gente incluso a insultar su película si así lo creían necesario. Su lucidez y su jovialidad hicieron lamentar el retiro forzoso y anónimo de un hombre que demostró sobrada validez y al que nos hubiese gustado escuchar durante más tiempo. Supongo que las cosas funcionan tal y como explicaba Paul Newman en un diálogo de la película Harper: "El fondo está lleno de buenas personas: sólo el aceite y los bastardos ascienden".

Otras secciones

El Festival completó lo anterior con propuestas de aceptación ya probada y otras novedosas. Entre las últimas destacó un ciclo dedicado al "Nuevo Documental Americano", en el que se exhibieron variopintos trabajos de calado más o menos social. "Esbilla" volvió a ofrecer películas recolectadas de los principales festivales de todo el mundo, entre ellas algunas realmente interesantes como Reconstruction, del danés Christoffer Boe, un film que fluctúa en todo momento entre el vacío y la necesidad de la narración, y en el que la figura del cineasta voluntariamente se difumina por completo. Otra de las películas vistas en esta sección fue la francesa Choses secretes, de Jean-Claude Brisseau, prueba fehaciente de que el erotismo refinado no está reñido con las imágenes reflexivas, si bien sus últimos veinte minutos no hacen justicia a unos primeros tres cuartos de auténtica altura cinematográfica. La misma altura de la que carece por completo The Five Obstructions, co-dirigida por Lars von Trier y Jorgen Leth. Se trata de una nueva broma del autoproclamado "genio" danés, pero esta vez el ombliguismo, la arbitrariedad y el narcisismo de los que hace gala von Trier (el pobre Leth se limita a obedecerle patéticamente, si bien no debemos olvidar su parte de responsabilidad en semejante impostura) superan todos los niveles conocidos. Un film pagado de sí mismo, yermo, recalcitrante, que revela nítidamente el rostro más egocéntrico del inventor del famoso "dogma", y en el cual von Trier se dedica a hablar de sí mismo sin cesar, con toda complacencia y, para más inri, con absoluta premeditación y alevosía. En todo caso, espero poder seguir comentando cosas sobre estos films con más espacio y en otro contexto.

Volviendo ya a las secciones complementarias, es de destacar el pase de una selección de cortos alemanes bajo el nombre "Next Generation", ya presentados en el Festival de Cannes. La sección Universo Media pareció algo desangelada este año en relación con ediciones precedentes, y estuvo dedicada a los "Mitos, representaciones y estereotipos de la juventud adolescente", con títulos muy conocidos como Rumble Fish o Rebelde sin causa, y sin muchas aportaciones estimulantes. "Desorden y concierto" tuvo como acontecimiento más destacado el estreno de la nueva película de Neil Young, Greendale, y el ciclo "Enfants terribles" siguió desgranando películas dedicadas al público infantil, del mismo modo que el "Día d'Asturies" presentó nuevos (y escasos) cortos asturianos y "La noche del corto español" hizo honor a su nombre. Como apunte final, recordar que las habituales exposiciones y conciertos, además de proyecciones fuera de programa, etcétera, completaron una vez más un panorama más que apetecible.

Ha sido una semana frenética y dura de cine, cine y más que cine. Además, y como comentó alguien antes de una proyección, es un cine que cansa la mente porque es muy denso y no permite la desconexión neuronal. Y puedo garantizarles que ver cinco películas y dos cortos (mi actual récord, aunque tengo amigos en "Miradas de cine" que me han superado) de este tipo en un mismo día no es algo muy recomendable. Pero todo sea por poder acercarse un poco a cines alternativos al cansino material que consumimos habitualmente. Y por intentar, y en esto Gijón se lleva la palma, que la resistencia contra el olvido perviva todo lo posible. El año que viene, si hasta entonces no ocurre nada, que diría Bergman, volveremos a por nuestra ración anual de memoria cinematográfica y de ese otro cine contemporáneo que tan astutamente nos es vedado.

(Dedicado a Jairo García, con quien ya no podré intercambiar más ironías)

Palmarés

  • Premio "Principado de Asturias" al mejor largometraje: Schultze gets the blues, de Michael Schorr
  • Premio "Principado de Asturias" al mejor cortometraje: 7:35 de la mañana, de Nacho Vigalondo
  • Premio al mejor director: Michael Schorr, por Schultze gets the blues
  • Premio al mejor actor: Konstantin Lavronenko, Vladimir Garin e Ivan Dobronravov, por Vozvraschenie (El retorno)
  • Premio a la mejor actriz: Frances McDormand, por Laurel Canyon (La calle de las tentaciones)
  • Premio "Gil Parrondo" a la mejor dirección artística: Natascha E. Tagwerk, por Schultze gets the blues
  • Premio al mejor guión: Vladimir Moiseyenko y Alexander Novototsky, por Vozvraschenie (El retorno)
  • Premio especial del jurado: Vozvraschenie (El retorno), de Andrei Zvyagintsev
  • Premio del jurado joven al mejor largometraje: Jeux d'enfants (Quiéreme si te atreves), de Yann Samuell
  • Premio del jurado joven al mejor cortometraje: L'homme sans tête, de Juan Solanas
  • II Premio al mejor largometraje "Enfants Terribles": Drengen der ville gore det umulige (El niño que quería ser un oso), de Jannik Hastrup
  • Premio "Día d'Asturies": Vidas sin destino, de Xuan Acosta
  • Premio nuevos realizadores: Primer premio: Nenyure (paisaje sin alma) (Jorge Rivero)
  • Segundo premio: El pozu (Tomás Fernández)