| Dalí. Cultura de Masas | |
| Por Jorge-Mauro de Pedro | |
Los que sufrimos la última película de los hermanos Coen –ejemplo paradigmático de autores que optan por la artesanía por razones... ¿podero$a$?–, quedamos gratamente sorprendidos por un corto de extraño origen proyectado como telonero. Llevaba por título Destino y estaba ampulosamente anunciado como "el encuentro de dos grandes genios". No en vano presumía de ser la plasmación de un viejo sueño: la colaboración entre los estudios Disney y el iconoclasta ampurdanés. En este Barcelona de Fórums de mediocres y "veloces" tranvías bala, este año toca una nueva coartada para el turismo cultural y con mala conciencia por pasarse toda la mañana en las playas de Sitges: la explotación ad nauseam del centenario del nacimiento de Salvador Dalí. Tras la conversión de Gaudí, el año pasado, en nuevo icono pop, la víctima propiciatoria –y que gustosamente aceptaría cualquier homenaje que le tuviese a él por protagonista– es el amigo de juventud de Buñuel y de Lorca, sí, el marido de Gala... Daaaaaaaaaaali. En el CaixaForum de la ciudad condal, del 6 de febrero y hasta el 23 de mayo, se pudo ver la mejor –con el permiso de la bienal de Venecia– de las que se organizarán en este 2004. Más de 400 piezas, alguna que otra obra importante y bastante dispersión narrativa, para una exposición que tenía un interés especial para la cinefilia: incluía la relación del pintor con el mundo del cine, ilustrada en el espacio que llevaba por título "Hollywood: lugar de peregrinaje". Como señala Fèlix Fanés, comisario de la exposición, la aparición en el siglo XX de dos culturas –una, elevada y elitista, otra popular– obligó a los artistas a tomar posición. Y Dalí lo tuvo claro desde el principio –bien mirado, no hay manifestación artística más bastarda y masiva que el cine–. Los materiales banales convertidos en el centro de la vida en las sociedades modernas... ¿mayor gozo para un surrealista? Se cuentan aquí sus colaboraciones más conocidas; a saber: el mano a mano de El perro andaluz (Un Chien Andalou, 1928) y la escena de la interpretación del sueño para Hitchcock en Recuerda (Spellbound, 1945). Sobresalen, con todo, algunas fotografías de lo que debía de haber sido su colaboración con los Hermanos Marx en una película que a buen seguro hubiese hecho historia: tardaré en olvidar la imagen de Harpo y su inevitable arpa convertida en árbol de navidad luminoso... un desmadre genuinamente marxista. Aparecen también bocetos supervivientes de su entente con Walt Disney (Destiny, 1946), proyecto que se abandonó por motivos económicos. A pesar de ello, «Dalí dejó en los estudios el storyboard completo, el desarrollo visual y sus extraordinarios dibujos, que sirvieron de base para que la nueva generación de realizadores crease esta legendaria película» (1). Aunque viendo algunos de los dibujos e ideas embrionarias, se entiende el acojone vital que debió de entrarle a nuestro crionizado Walt: en apariencia, el mundo adulto y complejo de Salvador no parece tener muchos puntos en común con el infantilismo cargante y bienintencionado de la factoría. Sus motivos habituales, con todo, ahí están: espacios vacíos a lo de Chirico, planicies inmensas, geometrías levitantes, relojes blandos, mujeres filiformes, abdómenes modulares, hormigas y epifanías laicas. Desconociendo cuán alejado está lo que se puede ver en los cines de lo ideado originariamente, cabe decir que Destino es un brillante corto animado que entiende a la perfección –y en apenas 8 minutos– el mundo del histrión de afilados bigotes, machihembrándolo con una fantasía amorosa (muy posiblemente erótica en la cabeza del sátiro de Figueres) y una danza onírica bellísima. (1) Información extraída sin rubor alguno del foro de cinexilio (www.cinexilio.tk) |