Miradas de Cine Joel & Ethan Coen: No estuvieron allí  
Por José Luis Hurtado


















 

Miradas de Cine © 2002

Este mes se estrena la novena y por ahora última película de Joel Coen, producida por su hermano Ethan, su inseparable compañero de creaciones El hombre que no estuvo allí (The Man Who Wasn't There, 2001) (aunque ya se encuentran enfrascados en el rodaje de Crueldad intolerable (Intolerable cruely, 2002) el que será su décimo film). Es pues un buen momento, para comentar en breves líneas la trayectoria de estos dos iconoclastas del cine, con una trayectoria muy apreciable y un paradójico denominador común en su filmografía: Hablar de lugares, gentes y épocas ajenas (salvo en Fargo (ídem, 1996) su película más ligada al entorno donde crecieron) de una manera personal e innovadora que convierte mundos extraños a ellos, en propios, muchas veces con la utilización de formas y maneras propias del cómic, y otras veces reformulando en clave de postmodernidad determinados géneros.

Apóstoles de esa postmodernidad y reformulación cinematográfica, del refrito esquizofrénico y del sentido del humor más apocalíptico, los Coen beben de todas las copas apurando las últimas gotas de originalidad de Hollywood, hablando de cine de oro de antaño, haciendo a veces incluso calcamonías de ese cine de oro de antaño y obviando la gran trampa del eclecticismo postmoderno: Ellos, ni son de esa época dorada, ni estuvieron allí. Es la genialidad del refrito inteligente cocinado con grasas de primera y rebozado en leche agria, muy agria. Un disfrute para paladares intoxicados como los nuestros.

Aquí en España, les conocimos por su portentosa irrupción en el mundo del cine de gangsters, con Muerte entre las flores (Miller's Crossing, 1990), la primera película tras El Padrino (The Godfather, 1972. Francis Ford Coppola) que aportó algo nuevo al género, aunque fuese precisamente por la aplicación de una heterodoxa fórmula, muy personal, y hasta podríamos decir, que novedosa: la aplicación de las reglas del cartoon al cine más o menos serio.

De hecho, la filmografía de los Coen, aún terriblemente atípica e inclasificable podría ser dividida en dos grupos, EL CINE NEGRO RURAL, que cuenta con las siempre alabanzas de la crítica y que presenta habitualmente con extrema sobriedad dramas locales teñidos de rojo y rodados con un pulso firme y austero, en entornos asfixiantes (incluida la inmaculada blancura nevada de Minesota o el blanco y negro sobrecogedor de este último film), aunque con cierta licencia para el esperpento (El cadaver que se niega a desaparecer en Sangre fácil (Easy Blood, 1984) o la sheriff embarazada de Fargo), Y EL CINE DE GÉNERO (el que sea, screwball, roadmovie, de gangsters...), siempre resultado de aplicar el mismo procedimiento COEN al género cinematográfico elegido para la ocasión:

1 - Acumulación de lugares comunes del conjunto de películas consideradas como obras maestras de ese género (ejemplo: en El gran salto (The Hudsucker Proxy, 1994), la comedia clásica de los 30 y 40, la periodista agresiva, el directivo sin escrúpulos, el periódico sin escrúpulos, el "Juan Nadie" de buena voluntad y víctima de los intereses de los demás, la pareja en guerra de sexos de Luna nueva (His Girl Friday, 1940. Howard Hawks).

2 - Exageración de los rasgos distintivos de ese género hasta el límite y más allá, haciendo que el reconocimiento converga en un cinismo destructivo (que sin embargo es una rasgo propio de ese cine postmoderno actual al que tan bien representan).

3 - Y por último, aceleración del ritmo de la narración, con la introducción de elementos esperpénticos y situaciones increibles, que emparentan definitivamente al cine de los Coen con el Correcaminos y demás fauna de las "Looney Tunes".

A estos rasgos, sin duda hay que añadir la casi siempre incorporación de elementos vinculantes entre sus films que refuerzan la idea de obra autoral y coherente, ya sean anecdóticos (la aparicióndel nombre "Industrias Hudsucker" en varios de sus films), tonales, argumentales o fundamentados en un siempre asiduo grupo de colaboradores que incluían al director de fotografía Barry Sonnefeld (hasta que este se decantó por las paridas tipo Men in Black (MIB, 1997), y que siguen incluyendo título tras título, a los actores Joe Polito, John Goodman, John turturro, Steve Buscemi o Frances McDormand (esposa de Joel Coen), aún a veces en meros "cameos".

En ese círculo de "amiguetes" destaca la figura de Sam Raimi, curioso tipo aficionado a rodar gore (véase Posesión Infernal (Evil dead, 1982)) y que dentro de su estrecha relación con los Coen, ha llegado a tomar en su errática trayectoria posterior, temas comunes del cine negro rural (Un plan sencillo (A Simple Plan, 1998)) de éstos, cuando no a dirigir las segundas unidades de las películas de ellos o hacer cameos. De esta manera se podría hablar en ocasiones de un tercer hermano Coen, más bien pródigo (sus ultimos films, con Kevin Costner, Sharon Stone y Leo, y su definitivo atraque en el muelle del Blockbuster con "Spiderman" así parecen confirmarlo).

En cuanto a Coen & Coen, he de decir desde mi punto de vista personal, que valoro las incursiones serias de ambos en el cine negro demostrando su dominio del oficio y su capacidad de creación de tramas y atmósferas inpagables, pero si tengo que elegir, me quedo con el segundo grupo de sus peliculas, es decir, el "San Jacobo" especial de la casa; ya sea cuando sale bueno (El gran salto o como resucitar a Kapra con mala leche y Barton Fink (ídem, 1991)o hacer cine Lynch mejor que Lynch, y sin olvidar por supuesto Muerte entre las flores) o menos buenas (Arizona baby (Rasing Arizona, 1987), la irregular El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998), incluso la infame Oh Brother! (Oh Brother, Were Are Thou?, 2000), su peor film hasta la fecha), y todo ello, bajo la premisa de que estos dos chicos, son siempre fundamentalmente fieles a un estilo y a una manera de entender el cine (con una cinefilia caníbal enfermiza) que comparto al 100 por 100; cuestión importante y reveladora.

Decía el arquitecto Sáenz de Oíza, que en la época que nos había tocado vivir en las artes, no había lugar para los genios, porque todo estaba ya inventado y probado, y que sólamente cabía admirar a aquellas personas que no siendo genios, se las podía considerar brillantes, por ser capaces de aportar una nueva visión o lectura de algo que ya existía. Retomando el punto de vista de Oíza y refrendándolo, considero a Joel y a Ethan Coen, dos de las más brillantes estrellas de la cinematografía actual, elevadores del estátus del grasiento frito, a la categoría de manjar.