| Joel & Ethan Coen: No estuvieron allí |
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| Este mes se estrena la novena y por ahora última película de Joel Coen, producida por su hermano Ethan, su inseparable compañero de creaciones El hombre que no estuvo allí (The Man Who Wasn't There, 2001) (aunque ya se encuentran enfrascados en el rodaje de Crueldad intolerable (Intolerable cruely, 2002) el que será su décimo film). Es pues un buen momento, para comentar en breves líneas la trayectoria de estos dos iconoclastas del cine, con una trayectoria muy apreciable y un paradójico denominador común en su filmografía: Hablar de lugares, gentes y épocas ajenas (salvo en Fargo (ídem, 1996) su película más ligada al entorno donde crecieron) de una manera personal e innovadora que convierte mundos extraños a ellos, en propios, muchas veces con la utilización de formas y maneras propias del cómic, y otras veces reformulando en clave de postmodernidad determinados géneros. Apóstoles de esa postmodernidad y reformulación cinematográfica, del refrito esquizofrénico y del sentido del humor más apocalíptico, los Coen beben de todas las copas apurando las últimas gotas de originalidad de Hollywood, hablando de cine de oro de antaño, haciendo a veces incluso calcamonías de ese cine de oro de antaño y obviando la gran trampa del eclecticismo postmoderno: Ellos, ni son de esa época dorada, ni estuvieron allí. Es la genialidad del refrito inteligente cocinado con grasas de primera y rebozado en leche agria, muy agria. Un disfrute para paladares intoxicados como los nuestros. Aquí en España, les conocimos por su portentosa irrupción en el mundo del cine de gangsters, con Muerte entre las flores (Miller's Crossing, 1990), la primera película tras El Padrino (The Godfather, 1972. Francis Ford Coppola) que aportó algo nuevo al género, aunque fuese precisamente por la aplicación de una heterodoxa fórmula, muy personal, y hasta podríamos decir, que novedosa: la aplicación de las reglas del cartoon al cine más o menos serio. De hecho, la filmografía de los Coen, aún
terriblemente atípica e inclasificable podría ser dividida
en dos grupos, EL CINE NEGRO RURAL, que cuenta con las siempre
alabanzas de la crítica y que presenta habitualmente con extrema
sobriedad dramas locales teñidos de rojo y rodados con un pulso
firme y austero, en entornos asfixiantes (incluida la inmaculada blancura
nevada de Minesota o el blanco y negro sobrecogedor de este último
film), aunque con cierta licencia para el esperpento (El cadaver que se
niega a desaparecer en Sangre fácil (Easy Blood, 1984)
o la sheriff embarazada de Fargo), Y EL CINE DE GÉNERO
(el que sea, screwball, roadmovie, de gangsters...), siempre resultado
de aplicar el mismo procedimiento COEN al género cinematográfico
elegido para la ocasión: A estos rasgos, sin duda hay que añadir la casi siempre incorporación de elementos vinculantes entre sus films que refuerzan la idea de obra autoral y coherente, ya sean anecdóticos (la aparicióndel nombre "Industrias Hudsucker" en varios de sus films), tonales, argumentales o fundamentados en un siempre asiduo grupo de colaboradores que incluían al director de fotografía Barry Sonnefeld (hasta que este se decantó por las paridas tipo Men in Black (MIB, 1997), y que siguen incluyendo título tras título, a los actores Joe Polito, John Goodman, John turturro, Steve Buscemi o Frances McDormand (esposa de Joel Coen), aún a veces en meros "cameos". En ese círculo de "amiguetes" destaca
la figura de Sam Raimi, curioso tipo aficionado a rodar gore (véase
Posesión Infernal (Evil dead, 1982)) y que dentro
de su estrecha relación con los Coen, ha llegado a tomar en su
errática trayectoria posterior, temas comunes del cine negro rural
(Un plan sencillo (A Simple Plan, 1998)) de éstos,
cuando no a dirigir las segundas unidades de las películas de ellos
o hacer cameos. De esta manera se podría hablar en ocasiones de
un tercer hermano Coen, más bien pródigo (sus ultimos films,
con Kevin Costner, Sharon Stone y Leo, y su definitivo atraque en el muelle
del Blockbuster con "Spiderman" así parecen confirmarlo). Decía el arquitecto Sáenz de Oíza, que en la época que nos había tocado vivir en las artes, no había lugar para los genios, porque todo estaba ya inventado y probado, y que sólamente cabía admirar a aquellas personas que no siendo genios, se las podía considerar brillantes, por ser capaces de aportar una nueva visión o lectura de algo que ya existía. Retomando el punto de vista de Oíza y refrendándolo, considero a Joel y a Ethan Coen, dos de las más brillantes estrellas de la cinematografía actual, elevadores del estátus del grasiento frito, a la categoría de manjar. |