| Un año después: Notas no positivas sobre el futuro |
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¿Reflexión? ¿Cinismo? ¿Indiferencia?Notas no-positivistas sobre un posible futuro del cine americano y la sociedad global en que se inscribe, un año después del 11- S.En Junio de 1961, el crítico y cineasta francés Jacques Rivette publicó un artículo (en Cahiers du cinema) en el que polemizaba sobre un travelling de cierta película, en el cual su realizador, Gillo Pontecorvo, acercaba la cámara hacia un cadáver. Rivette calificó como “despreciable” este plano. En 1972, Jean-Luc Godard publicó una carta abierta a la actriz Jane Fonda, debido a una foto aparecida en L’Express, en la que se veía a la actriz interrogando a niños de Hanoi sobre los bombardeos norteamericanos, y que Godard criticó, aprovechando para hacer algunas de sus habituales indagaciones sobre el mundo de la imagen. Hoy, cuarenta y treinta años después, respectivamente, de la aparición de estos escritos, nos causa extrañeza que unas imágenes determinadas fuesen el punto de partida de fuertes polémicas de índole netamente moral. Digo esto porque en el actual mundo globalizado (sólo parcialmente, como apuntaba hace poco el profesor José Luis Sampedro: los asuntos sociales no se globalizan, porque no interesan, no son rentables), los aspectos morales de la imagen parecen quedar a un lado, y el economicismo imperante permite comerciar con todo. De ese modo, es posible (y relativamente sencillo) para cualquier ciudadano de occidente acceder a imágenes con todo tipo de violencia, incluso violaciones o asesinatos filmados (las tristemente famosas snuff movies); algo propio de una sociedad en la que hasta la solidaridad, la guerra y la integridad profesional son objetos de mercado, y que necesariamente nos ha hecho (me incluyo, por supuesto) más insensibles al dolor, al crimen, al verdadero sufrimiento, al verdadero heroísmo...
Es sabido que, tras la 2ª Guerra Mundial, algo cambió en el cine norteamericano (que es el más impuesto en el mundo, y no digamos ya en occidente, hoy en día, al igual que el modelo televisivo de los EE UU). Muchos de los grandes maestros del cine clásico quedaron imborrablemente marcados por la experiencia. Gente como Ford, Capra o Stevens, que fue el encargado de filmar las primeras imágenes en color de los campos de concentración nazis. En Italia, por su parte, surge el neorrealismo. Algo había cambiado, ya nada sería como antes. Con la Guerra de Vietnam, a su vez, el cine americano sufre un nuevo vuelco, mientras su sociedad, que ha visto ya imágenes del conflicto, se pregunta por qué su gente muere en la jungla cada día. Sin embargo, la Guerra del Golfo no vino acompañada de estos violentos movimientos sociales, y su presencia directa o indirecta en el campo audiovisual no es fácil de rastrear. Quizás la nefasta década de los ochenta (con el presidente Reagan al frente de Norteamérica), con su cine fascistoide y ultraviolento (en esta época los bodrios más recalcitrantes de Stallone, Schwarzenegger o Chuck Norris se estrenaban en pantalla grande y eran enormes éxitos de taquilla) había dado sus frutos en cuestiones del adocenamiento de las masas. Quizás el sensacionalismo de la televisión nos hacía ya inmunes al sufrimiento ajeno. Quizás el exceso de imágenes e información que empezábamos a sufrir con la eclosión de internet (1) y la multi-media empezaba a dejarnos sin capacidad crítica, impidiéndonos hacernos una idea clara de lo que ocurría. Pero, sobre todo, estaba el hecho de que apenas vimos imágenes del conflicto, apenas vimos muertos. Fue una “guerra limpia” (qué mal pegan esos términos), de la que sólo veíamos imágenes granuladas del cielo de Bagdad cubierto de puntos blancos. Y en este estado de las cosas llega el 11 de Septiembre de 2001, y la televisión norteamericana, haciendo honor a la etimología del término, retransmite, "live", el derrumbe de las Torres Gemelas de Nueva York, en el que constituye el más sangriento ataque sufrido por los Estados Unidos de América en su propio territorio en el último siglo. Después ha habido tiempo para reflexionar sobre algunas incertidumbres que yo, habiendo seguido los informativos con interés, aún desconozco, como el número de personas que perecieron aquel día, por no hablar de los interrogantes que plantea el sociólogo francés Thierry Meyssan en su reciente libro “La gran impostura” sobre el muy discutible hecho de que un avión se estrellase contra el Pentágono. Pero, lo que está claro, es que el pueblo americano tuvo que enfrentarse cara a cara con lo impensable: Un ataque directo a su nación y a su modo de vida (por extensión, el de todo Occidente, aunque con matices). El 11 de Septiembre se hicieron realidad aquellos
miedos nucleares que tenía la nación americana en los cincuenta,
y el país se convulsionó por las terribles imágenes
que se colaron en los informativos, y que esta vez no se producían
en remotos territorios de África, Asia o América del Sur.
Esto estaba ocurriendo en casa, a nuestros vecinos, a nuestros hijos.
De nada servía taparse los ojos: El más puro horror entraba
en nuestros salones por medio de la televisión. Las primeras reaccionesLa desintegración de seres humanos y edificios en territorio propio, y la impotencia de no saber exactamente dónde buscar un culpable (al menos, no uno directo, ya que éstos perecieron en los atentados), condujeron al posterior conflicto de Afganistán, del cual se desconocen asimismo las bajas, y del que nos llegan cada vez noticias más confusas, hasta el punto de no llegar a saberse si el conflicto continúa aún. El Gobierno Bush II parece haber optado por seguir la estrategia de tratar de defender sus intereses en el mundo por encima de todo (precisamente una de las causas del odio anti-yanqui que ha propiciado los atentados), en lo que ha sido una reacción de nuevo invisible para nosotros: Lo que se perfilaba como un nuevo Vietnam (¿quién sabe si lo será o no?) ocupa ya tan solo breves espacios en la prensa o la televisión, acompañados estos últimos por collages de imágenes en los que vemos aviones despegando, personas vestidas con turbante y traje militar, y bombas cayendo, sin que se nos aclare la situación de las cosas. Hemos pasado pues, de no poder ver, a no poder fiarnos de los que vemos. Aunque es aún pronto para anticipar nada, parece que los hechos del 11-S tendrán menor relevancia dentro del cine europeo o, si se quiere, en lo que es el cine de autor en general, pues siempre ha dado cobijo a visiones poco complacientes con la cultura estadounidense. Todo depende de cómo se vea afectada la sensibilidad de cada cineasta por lo ocurrido... algo que en Europa encontrará, seguramente, enjuiciamientos más críticos con los Estados Unidos que dentro de los propios USA. Por otro lado, las primeras (auto)censuras en el mundo audiovisual norteamericano no se hicieron esperar, no sólo en los informativos, que evitaron mostrar imágenes demasiado dolorosas, sino también en las programaciones de cine, que desecharon aquellas películas en las que se destruyen edificios o aparecen terroristas, en lo que es una clara muestra de subjetivismo: Ahora es cuando se dan cuenta de que, si un edificio o un coche estallan, muere gente. Muere gente de verdad... La propia frivolización gratuita de la violencia practicada durante años dentro del cine americano empieza a ser insoportable. Esto hace que los últimos reductos del cine de acción de los ochenta, léase Schwarzenegger o Stallone, vayan a tener muy difícil su continuidad, por más que el segundo amenace con escribir el guión de una nueva entrega de Rambo (no es una broma) en la que los antaño “liberadores” Talibán pasarán a ser los malos de la función. Pero debemos hacernos algunas preguntas: ¿Es
esta eliminación de las imágenes “negativas”
o que dañen la sensibilidad de la gente una decisión basada
en la inmoralidad de las mismas, o se trata, por contra, de una nueva
operación de maquillaje, de un cínico run for cover para
escapar de la dura realidad de los hechos? ¿Ha habido una
verdadera reflexión sobre la pérdida de los valores humanísticos
en favor de la cultura basura (más útil al mercantilismo)
acaecida en los últimos tiempos, o se trata tan solo de desviar
la atención con “cosas bonitas” que nos permitan dormir
por las noches? ¿Se quiere comprender realmente a quienes son distintos
de nosotros en toda su complejidad, o se prefiere simplificar y aferrarnos
hasta la muerte a nuestra idiosincrasia sin oír palabra? ¿No
será, en definitiva, esta censura de contenidos duros, un equivalente
cinematográfico de la “guerra limpia” televisiva? ¿No
se querrá hacernos olvidar, hacernos dejar de pensar en los problemas,
en resumen, seguir alienándonos? Un indicativo de lo que puede esperarse de la industria de Hollywood lo tuvimos en los Oscars, premios que, pese a su carácter conservador, son más sensibles a los acontecimientos político-sociales de lo que podría parecer en un principio. Este año se produjo un hecho insólito: Dos estupendos actores de color (Denzel Washington y Halle Berry) coparon los galardones al mejor intérprete principal. ¿Un agradecimiento a los marginados históricamente, pero también inequívocamente patrióticos? ¿Un intento de demostrar tolerancia con quienes, si bien no son de la misma raza que todos los candidatos a presidente que ha tenido la nación, sí se identifican con la idea de América? No menos insólita resultó la comparecencia de Woody Allen en la gala (nueva prueba de la capacidad de unión de la ciudadanía), pero lo más significativo, y, perdonen sus admiradores, pero creo que también lo más triste, fue la concesión del Oscar al mejor director a Ron Howard, dejando en la estacada, además de a un par realizadores foráneos, también a dos figuras del cine estadounidense como son Robert Altman y David Lynch (aún recuerdo ese abrazo de condolencia...). El asunto, aunque no es nuevo (recuérdese que el premio fue otorgado recientemente a “cineastas” como Robert Zemeckis o James Cameron) es más profundo de lo que aparenta: Hollywood premia a la gente de la casa, al director sin personalidad que acepta lo que el estudio le imponga, al buen chico, al “más de lo mismo”, y apuesta por la simpleza y la falta de rigor, castigando a los creadores independientes, con un mundo propio, con inteligencia y capacidad crítica, algo que parece no convenir actualmente. Creo, ojalá me equivoque, que muchos de los apuntes anteriores, tanto políticos como culturales, nos conducen, afrontémoslo, a un brumoso e incierto futuro; futuro que parece presentársenos bajo un lema de siniestras implicaciones morales: The show must go on. (1) Sé que es paradójico que hable en estos términos del medio que me está permitiendo sacar a la luz estas líneas, pero esto ya lo he asumido al escribirlas; además, las publicaciones auténticamente independientes son rara avis dentro del panorama informativo actual, secuestrado por el descafeinado síndrome de la (falsa) “objetividad periodística”, cuando no directamente a sueldo de unos intereses corporativos determinados. |