| Spielberg. El cine de las mayorías |
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| Steven Spielberg es un director magistral. La capacidad que posee para conducir al espectador por los terrenos que se propone, el dominio del ritmo y de los resortes que disparan nuestras emociones, la fuerza de sus imágenes a veces impactantes, a veces conmovedoras, consiguen arrastrar a cualquier espectador. Pero posee también un grave, monstruoso defecto: un punto de vista inadmisible cuando se trata de contar historias verídicas o con alguna carga moral. Así, su peligrosa verborrea produce en el espectador una disminución de su capacidad crítica hacia lo que está recibiendo, haciéndole tomar como verdad absoluta lo que es tan sólo una interpretación de los hechos, en numerosas ocasiones parcial, maniquea, patriotera o manipulada/manipuladora. Y es que Spielberg ha pasado de un cine de puro entretenimiento pero de gran calidad, en el que engañar y jugar con el espectador es lícito y recomendable, a aplicar esa misma técnica a películas de temática mucho más seria y trascendente. El problema no es que dé su opinión acerca de un tema, su punto de vista. Eso es algo de lo que ningún ser humano se libra por muy objetivo que quiera ser. El problema es que hace sinécdoque con sus películas; nos muestra una parte como si fuera el todo. Esto está especialmente acentuado en sus dos películas más reconocidas de la última parte de su filmografía, Salvar al soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998) y La lista de Schlinder (Schindler's List, 1993). Cuenta en la primera un hecho que, si no es verídico (no lo sé, y además como espectador de cine, tampoco me importa) digamos que al menos está ajustado históricamente. En la segunda, un hecho real y vergonzoso para la humanidad, cuya veracidad sólo unos locos descerebrados tienen la desvergüenza de negar. Y además en ambas los cuenta de forma magistral, con dos de los trabajos de dirección más impecables de la historia del cine. ¿Qué es entonces lo que puede molestar a un tipo como yo? Los detalles. Voy a darte mi opinión sobre algunos aspectos de ambas un poco más detenidamente, a ver si estás de acuerdo conmigo. No creo que nadie discuta que el prólogo y el epílogo de Salvar al soldado Ryan son de un patrioterismo vergonzoso y estomagante, sólo apto para incondicionales de George W. Bush. Los planos con la banderita, el niño bueno pidiendo opinión de si su vida ha valido la pena, sensiblería y lagrimeo inmisericorde (100 % Spielberg, vaya) producen sonrojo hasta en el más incondicional de sus admiradores, y aun no he encontrado a nadie que me diga abiertamente lo contrario. Por no hablar del engaño manifiesto al que somete al espectador, contándonos toda la historia desde el punto de vista del personaje interpretado por Tom Hanks para en el último momento decirnos que no, que es Ryan, que por supuesto no ha podido conocer las motivaciones y deseos que se nos muestran del protagonista. Quizá es que yo sea un espectador muy inocente, es cierto, pero me pasé la película creyendo que era Hanks el que contaba la historia desde el cementerio, y me enfadé cuando al final descubrí al narrador. De esta parte podemos pasar, y acercarnos a la secuencia del desembarco, que podía haber sido una de las más aterradoras y verídicas secuencias de guerra de la historia del cine, pero que hay un par de cosas que chirrían. Creo que era Truffaut el que decía que elegir un plano era una elección moral. El desembarco es una secuencia que está casi toda narrada desde el punto de vista de los soldados que tratan de conquistar la playa. Casi toda. En ciertos momentos de la secuencia, hay creo que dos planos desde el punto de vista de los alemanes que defienden la playa. Estos consisten en el cañón de un fusil, el gatillo y el dedo que lo aprieta, mientras las balas salen en busca de algún inocente con ansia de paz. Esto es lo que para Spielberg son los alemanes, maquinas de matar sin alma, fusiles con una pieza de carne adosada que lo maneja. Estos dos planos definen la postura moral del narrador, ya que los soldados, cuyo punto de vista se pretende plasmar, sólo ven los demás planos. A Spielberg no le interesa si los alemanes tienen sentimientos, cuales son los procesos de alienación que les han llevado hasta allí, qué es lo que desearían estar haciendo en realidad. La elección de incluir esos dos planos le obligaría ha contarnos todo esto, ya que él eligió entrar en ese terreno. Pero se limita a ponerlos allí sin dar más explicaciones. Tampoco es cierto desde mi punto de vista que sea una película antibelicista. Quizá se critican los horrores de la guerra, es cierto, pero también se justifica. Spielberg nos la muestra como una guerra justa y necesaria, y que es un medio lícito para resolver los conflictos. Yo no negaré que gracias a los USA se derrotó a Hitler, y que salvaron a Europa de un mal mayor, pero el problema es la superioridad que destila ("vinimos aquí para salvaros...") y la nada disimulada intención de extrapolar la idea a otros escenarios. Seguro que Bush se entusiasma cada vez que la ve. En cuanto a La lista de Schlinder el problema es bastante más complejo. La historia atroz de las masacres nazis está narrada de forma impecable, pero el problema está en el tratamiento de los personajes alemanes. Esta película fomenta el odio. No tanto el odio a una ideología perfectamente odiable, sino el odio a las personas. Cuando se ve esta película se sale del cine queriendo apalear a alguien, con la sensación de que todos los alemanes (salvo Schlinder y cuatro más) son asesinos desalmados en espera de una nueva oportunidad. La sensación que deja en el espectador es que los alemanes son así, y en ningún momento explora las causas, la alienación a la que fueron sometidos por parte de unos pocos líderes degenerados y que les llevó a cometer esos actos tan terribles. La mayor parte de nosotros, incluidos los americanos como está de triste actualidad, somos manipulables hasta ese extremo si se sabe hacer con cuidado. Cualquiera de nosotros conoce, sin necesidad de ver la película, los hechos que narra: la matanza de judíos y la invasión de países europeos soberanos, y en ese sentido lo que más me interesa es saber cómo se pudo llevar a la gente hasta ese extremo y como esos verdugos superaron el horror de sus propios actos salvajes. Obviar estos aspectos y quedarse sólo en exponer el horror y provocar odio me parece una forma terrible de manipular al espectador, que en ningún momento tiene la oportunidad de pensar en ello ante la arrasadora fuerza de lo que ve. Una película que trate sólo de lo primero está ocultando una parte fundamental de la realidad. Yo he llorado y odiado como cualquiera viendo esta película, está tan bien hecha que hay que ser de cemento para no hacerlo, pero una vez vista la película hay que reflexionar sobre qué nos ha mostrado, qué falta en esta historia (muchas cosas e importantes) y qué punto de vista se nos ha dado. Menos interés tiene la censurable Amistad (id., 1997), cuyo escaso (por parcial) rigor histórico y autocomplacencia es más que deplorable. Usar un episodio tan vergonzante para la humanidad como es la esclavitud para poner una banderita patriotera ignorando realidades históricas es casi tan censurable como el hecho en si, pues al ocultar y manipular la verdad atentas contra el derecho de las personas a conocer los hechos y poder formarse su propia opinión. De cualquier manera, el tratamiento es tan burdo que no hubo en Europa una sola voz discrepante en el voto de censura contra este panfleto sólo apto para estadounidenses, cuyo sistema educativo ignora todo lo que se produzca fuera de sus fronteras o les resulte ofensivo. Por lo demás, el cine de Spielberg se ha caracterizado en demasiadas ocasiones por su exagerada sensiblería perfectamente prescindible en casi todas sus obras, lo cual resta interés a la gran mayoría de ellas. La parte final de Encuentros en la tercera fase (Close Encounters in the Third Kind, 1977) (¡lástima de última aportación de Truffaut al cine!), casi la totalidad de Always (id. 1989) (idem para Audrie Hepburn), o el "divertimento" infantil que es Hook (id. de Steven Spielberg. 1991) son algunas muestras de ello. Mención aparte merece la sonrojante Inteligencia artificial (A.I., 2001), que tras una primera media hora sensacional va degenerando con sus personajes vacíos, situaciones absurdas (lo de la feria de la carne es para marcharse del cine, y la ciudad de la diversión -he olvidado su nombre, ¡gracias, alzheimer!- dogmatismo para bebés lactantes) hasta llegar al momento en que no sabe como seguir y se inventa una voz en off de auténtico primerizo (¿donde ha estado este narrador durante el resto de la película?) y unos extraterrestres omniscientes más estomagantes aun que los de "encuentros...". Para mí, de lo peor que he visto en los últimos años. No puedo negar que a veces ha hecho cine serio con cierta solvencia, como El imperio del Sol (The Empire of Sun, 1987) o El color púrpura (The Purple Color, 1985), con una mirada más limpia y menos distorsionada, quizá por el hecho de contar pequeñas anécdotas más que las Grandes Verdades y Acontecimientos que tanto le gustan, pero su mejor momento fue cuando al comienzo de su carrera hacía cine de puro entretenimiento. Aún me sigo emocionando con E.T. (E.T. the Extra-terrestrial, 1982) (aunque el final también se lo podía haber ahorrado), y sufro con el conductor de El diablo sobre ruedas (Duel, 1971) (yo jamás adelanto a un camionero que me dé paso sin asegurarme, por si acaso...) o el policía de Tiburón (Jaws, 1975). Nunca me pierdo una reposición en la tele de los Indiana Jones... En este campo ha habido sus intentos frustrados, como Parque Jurásico (Jurassic Park, 1993), pero incluso estas se ven con cierto gusto una tarde de resaca. Lo que es seguro es que tras tantas decepciones pasaré de ver Minority Report (id., 2002)... aunque en esta se basa en un cuento de Philiph K. Dick... y tiene pinta de peli entretenida como las primeras.... En fin, que al final picaré, e iré con la esperanza de recuperar a mi añorado Spielberg de la infancia. ¡Que tiempos aquellos! |