Miradas de Cine Otro Solaris: El ser y la nada  
Por Jorge M. de Pedro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Miradas de Cine © 2002-2003

Vi tu película Andrei... por supuesto que no toda, ¡es tan larga! Pero lo que vi era el trabajo de un genio." (Federico Fellini a Andrei Tarkovsky).

Yo copio, tu copias, el copia...

Hacer remakes tan innecesarios artísticamente como lucrativos en términos económicos se ha convertido en una de las razones de ser de la industria del cine en Norteamérica (y ya sé que no hacen falta sesudos análisis para llegar a semejante conclusión). No pondré ejemplos redundantes: rara es la semana en la que uno de esos títulos clónicos no habita nuestra cartelera. Tampoco haré especial hincapié en lo evidente (“¡faltan ideas!”) porque lo cierto es que, por numerosos que sean sus engendros, año tras año siguen obteniendo cifras récord de recaudación. ¡Es lo que hay!

Pero incluso dentro de esta industria contrabandista se considera especialmente peligroso echarle el diente a argumentos efectivos pero que ya han tenido algún acercamiento, llamémoslo, magistral o prácticamente inmejorable. Cuando se perpetra alguno de estos atracos (películas mellizas que copian sin rubor el original plano a plano) el resultado acostumbra a ser desolador, por la sencilla razón de que el cine es un arte y como tal, lega de vez en cuando cosas inimitables. Así pues, como un Van Gogh siempre será un Van Gogh y un Picasso un Picasso, Sabrina (id., 1954), Psicosis (Psycho, 1960) y Lolita (id., 1962) son películas, respectivamente, de Wilder, Hitchcock y Kubrick y nadie osará confundirlas con los abortos de Pollack, Van Sant o Lyne. Bueno, eso mientras seamos capaces de preservar la memoria colectiva...

Hasta aquí he puesto ejemplos meridianamente claros, casi triviales. Pero ocurre que hay otras muchas películas que ocupan puestos de honor en la historia del cine y muy poca gente las ha visto. Hablo de pioneros olvidados, directores de culto, exiliados vocacionales o incluso del último disidente antes de la perestroika de Gorbachov (el caso que nos ocupa). En definitiva... carne de Filmoteca.

Porque Andrei Tarkovsky es el paradigma del director venerado por unos pocos, odiados por otros tantos e ignorado por la mayoría. Así pues, por muy buenas que sean sus películas –de eso hablaremos a continuación- el director que aborde el remake de cualquiera de sus obras cuenta con la inmensa ventaja de que el original sólo lo han visto los críticos más sesudos y el público muy, pero que muy puesto. Y esto, se mire como se mire... ¡es un chollo!

Tarkovsky: mito y leyenda.

(...) por eso quizá realmente el sentido de la existencia humana consista en la creación de obras de arte, en el acto artístico, ya que este no posee una meta y es desinteresado. Quizá se demuestre precisamente en ello que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios”. Andrei Tarkovsky

Decía antes que poca gente puede presumir de haber visto parte de la exigua filmografía de Tarkovsky (presumir... o lamentar profundamente). ¿Desinterés, falta de educación cinematográfica? No nos pongamos tendenciosos. La razón es bastante más sencilla: hace años –quizás ronde la década- que no se pasan films de Tarkovsky por las cadenas de televisión generalistas (¡vamos, que ni a las tres y treinta y cinco de la madrugada por la dos!). Bajo estas condiciones, resulta ciertamente difícil acceder al particularísimo Universo de este ruso profeta de la lentitud... aunque ya hace tiempo que nos hemos acostumbrado a esta conjura de los necios urdida por aquellos que teóricamente deberían de velar por la educación de las masas.

Consultemos su biografía: “Tarkovsky nace a orillas del Volga. Hijo del poeta Arseni Tarkovsky, recibió un esmerada educación, interesándose desde muy joven por la literatura, música y pintura”.

Se considera que junto a Dreyer y Bergman cierra el triángulo del cine existencialista (de acuerdo, me podría haber inventado más vértices, pero el triángulo es más manejable que el resto de polígonos, ¿no creen?) Un cine cercano a la filosofía y con una innegable vocación de trascendencia. Y aquí es donde me van a perdonar... pero dicho triángulo lo veo bastante descompensado.

Porque así como encuentro obras señeras en Dreyer (La pasión de Juana de Arco (La Passion de Jeanne d’Arc, 1928), La palabra (Ordet, 1955)) o en Bergman (El séptimo sello (Det Sjunde Inseglet, 1956), El manantial de la doncella (Jungfrukällan, 1960), Persona (1966)), en Tarkovsky no acabo de hallar ninguna aportación capital. Es más, me parecen especialmente soporíferas sus aclamadas El espejo (Zerkalo, 1974) y Sacrificio (Offret, 1986), película –esta última– que desde el título avisa exactamente al espectador de lo que le va a costar su contemplación.

Si, he dicho aclamadas. Porque el Sr. Tarkovsky, para la crítica especializada -con unos conocimientos sobre la historia y evolución del séptimo arte ampliamente superiores a quien trata con sudor de juntar estas líneas- cuenta sus películas por obras maestras. Siete películas, “siete logros fundamentales para la historia del cine” (esta frase, más o menos engalanada de adjetivos, la encontrarán en cualquier enciclopedia de cine de enjundia).

Personalmente, creo que Andrei Tarkovsky le dio un nuevo significado a la palabra “palizas”. Mientras me apasionan –y lo digo muy sinceramente- los múltiples significados que algunos son capaces de encontrar a sus elaboradas imágenes, enfrentada mi débil persona a sus interminables planos secuencia... casi siempre he sido presa de una inenarrable modorra, letargo vital que quizás me invalida a la hora de analizar con pleno conocimiento de causa su obra (pues habiendo visto la mayoría de sus películas, no podría asegurar que estuve despierto durante todas las proyecciones).

Sus películas más accesibles (y quizás por ello mis favoritas, simple que es uno) son la que nos ocupa y la brillante Andréi Rublev (Andréj Rublëv, 1966).

Tarkovsky era asquerosamente consciente de su genialidad hasta extremos algo fatuos. Ahí va un ejemplo: “una vez dijo que había participado en una sesión de espiritismo y se había comunicado con el espíritu de Pasternak(1), a quién le preguntó: “¿cuántas películas voy a hacer?”. “Siete” fue su respuesta. “¿Tan pocas?” preguntó Tarkovsky. “Siete, ¡pero todas buenas!” le respondió el espíritu del gran poeta.” (2).

Cuando Solaris se llevó en Cannes el Premio Especial del Jurado el resabiado de Andrei no ocultó su enfado por lo que él consideraba un segundo lugar... aunque, bien mirado, pocas cosas hay más hipócritas que presentarse a un concurso y negar que uno quería ganar.

Tarkovsky y Soderberg: ¿vidas paralelas?

Dos concepciones distintas del cine y –esperemos–- dos acercamientos personales: lo que Tarkovsky contó en 165 minutos, Soderbergh se lo ha ventilado en 99.

Pero no teman. Soy consciente de que el emparejamiento es ridículo de narices. Para empezar, Tarkovsky fue una persona fiel a sí misma hasta extremos suicidas: desinterés absoluto por el espectador –en el sentido de que poco o nada le importaba lo fácilmente digeribles que fuesen sus films para las mayorías-, críptico y autobiográfico hasta lo ininteligible (de ahí le vinieron gran parte de sus problemas con la censura soviética); incorruptible e insobornable. También, en ocasiones, insoportable.

Todas sus películas fueron rotundos fracasos comerciales. Tarkovsky jugaba en otra liga: la que conforman las películas “festivaleras” de toda la vida. Pero es precisamente aquí donde surge un nexo de unión entre ambos: con su ópera prima (La Infancia de Iván (Ivanovo Dietsvo, 1962)) ganó el León de Oro en el Festival de Venecia. Soderbergh irrumpe en el panorama internacional con Sexo, mentiras y cintas de video (Sex, Lies, and Videotape, 1989). El resultado: Premio del Jurado en Sundance y Palma de Oro de Cannes. ¡Casi nada!

Aunque Soderbergh ha sabido rodearse de amigos poderosos (esta última película se la produce James Cameron), no está claro que estos “amigos” le aseguren una plena independencia creativa (recordemos que Tarkovsky tuvo que exiliarse primero a Italia y después a Suecia para lograr realizar sus dos postreras películas). Así pues, ahí terminan todos los paralelismos, porque después de todo... ¿es eso –la independencia creativa– algo que le importe lo más mínimo a Steven?

Porque Soderbergh ha demostrado que es capaz de llevarse el Oscar al mejor director por una película notable donde sabe lucir su “disfraz” de autor (Traffic (id., 2000)), el mismo año en que logra regalarle la ansiada estatuilla a Julia Roberts por un producto tan insulso como evidente en su impúdico propósito (Eric Brockovich (id., 2000)). [Pues impúdico es darle el Oscar a Julia el mismo año en que una novata llamada Björk hacía una de las interpretaciones de la década en Bailar en la oscuridad (Dancer in the Dark, 2000). Sin embargo, ésa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión].

El Solaris de Tarkovsky (3)

Stanislaw Lem (autor de la novela en la que se basa la película) supo interrelacionar distintos campos del saber mediante la literatura (medicina, psicología, física, matemáticas, química, cibernética) como otros clásicos del género de la ciencia ficción (Asimov, Clarke). Algunas de sus novelas: Ciberiada, Diarios de las estrellas-viajes, Retorno de las estrellas, La investigación, Edén... En todas ellas mezcla dos de sus rasgos más característicos: un sentido del humor muy suyo y una sincera angustia existencial.

El argumento de Solaris es simple. Kris Kelvin, procedente de la Tierra, llega a una estación humana situada en la superficie de Solaris, un planeta formado por un inmenso océano pensante. La novela tiene dos líneas argumentales:

1.- Descripción de las investigaciones hechas sobre el planeta (capítulos como Los solaristas o Los monstruos).

2.- Influencia del océano sobre los protagonistas (el propio Kelvin y los científicos Snaut y Sartorius), principalmente mediante la materialización de seres y pensamientos que están en la mente de los personajes (es el caso de Harey, la esposa muerta de Kelvin que “resucita” para volver de nuevo junto a su marido).

Kelvin (el científico amante de la razón) se verá enfrentado a una dura prueba. Cuando todavía en la Tierra, un antiguo visitante del planeta le dice: “no soy partidario del conocimiento a toda costa, no hay que hacer inmoral la ciencia”, contesta sin dudarlo: “pues yo tengo un objetivo concreto, no soy ningún poeta”.

Ya en Solaris, vivirá el pulso definitivo entre racionalismo científico y espiritualidad, entre empirismo y humanismo. Verá reaparecer a aquello que más quería en el mundo (uno de los momentos álgidos del film que no le deben de haber pasado desapercibidos a Steven Soderbergh) y volverá a enamorarse, poco a poco, del inalcanzable fruto de los deseos de un mortal: alguien que ya está muerto. Tras un nuevo intento de suicidio de esta, Kelvin la verá resucitar entre sus brazos. Su particular “caída del caballo” se materializa en esta frase, más propia del wagneriano Tristán e Isolda: “te prefiero a todas las verdades científicas”.

El principal cambio que los guionistas introducen respecto al original (Frederic Gosenstein y el propio Tarkovsky) es un prólogo que se desarrolla en el planeta tierra.

Porque Tarkovsky no quería hacer una película de ciencia-ficción: “...desgraciadamente, aún hubo en Solaris muchos elementos de ciencia-ficción que distraían de lo esencial” (4 ).

Y es eso (lo esencial) lo que más teme uno que Steven Soderbergh no haya querido (o no haya podido, o no haya sabido) reflejar en una película cara que necesitaba imperiosamente recuperar la inversión efectuada.

Para Andrei, los astronautas orbitando entorno a Solaris eran “eremitas cósmicos realizando experimentos sobre sus propias almas”. Y para Soderbergh... ¿qué serán, serán?

¿ El Solaris de Soderberg?

El director de las inminentes Full Frontal (2002) o The Informant (2003) y productor ejecutivo de In God’s Hands (2003) y Ocean’s Twelve (2004)... ¿se atreverá a mentar a la solarística? ¿Hasta qué extremo estará dispuesto a pulir aristas angulosas –esto es, toda la carga filosófica de la Solaris original- y darle más énfasis a la historia de amor?

¿La mujer del protagonista (por cierto, un George Clooney que ha visto como se hablaba más de sus posaderas que de su interpretación) se habrá suicidado también en la versión 2002 de Solaris? ¿O abriría esta disyuntiva un territorio escasamente comercial? ¿Conseguirá la inquietante belleza de Natascha McElhone transmitir el abismo de un ser que sabe que no es?

¿Abrumarán los efectos especiales (recordemos que casi la totalidad de Solaris fue hecha en tomas únicas) o se utilizarán para darle, quizás, esa verosimilitud que no tenía –y que tampoco buscaba– la película de Tarkovsky?

El magnífico e inquietante epílogo de Solaris hacía buena uno de los aforismos del ruso: “las cosas grandes sólo son visibles desde la distancia”. ¿Ofrecerá un final igual de rico y abierto a interpretaciones o necesitará algo menos metafísico y más eficaz?

Abran juego, señores. La suerte ya está echada. Steven ha puesto toda la carne en el asador y se ha pegado un importante batacazo –monetariamente hablando- en los EEUU. Amén de la dirección, suya es la adaptación a la pantalla, el montaje y la fotografía (bajo el habitual seudónimo de Peter Andrews). ¿Se pondrán dramáticamente de manifiesto sus carencias como creador total o, por contra, caeremos rendidos ante la originalidad de su propuesta?

Les confesaré un último secreto: gentes como Andrei Tarkovsky han hecho grande al invento de los Lumière. Pero jamás me he quedado dormido en una película de Steven Soderbergh.

Abróchense los cinturones y disfruten del viaje. Destino: Solaris.

Me preguntarás por el sentido de la vida, pero cuando eres feliz eso no interesa”. Solaris (1972)

(1) Boris Leonidovich Pasternak (1890-1960), el autor de "El doctor Zhivago", punto de partida de la también magnífica película de David Lean. Al prohibir Stalin la publicación de sus obras se dedicó a traducir... en 1958 le fue concedido el premio Nobel de Literatura que hubo de rechazar por presiones políticas. Rehabilitado póstumamente en 1987 (un año después de la muerte de Andrei Tarkovsky).
(2) “Acerca de Andrei Tarkovsky”, diferentes autores. Ediciones Jaguar.
(3) Casi todos los pasajes referentes al resumen argumental extraídos íntegramente de “Andrei Tarkovsky”, de Carlos Señor. Ediciones JC.
(4) “Esculpir en el tiempo”, de Andrei Tarkovsky. Ediciones Rialp.