Miradas de Cine Jerry Goldsmith. Dr. Goldsmith, supongo...  
Por Jorge-Mauro de Pedro
Jerry Goldsmith
John Williams
Miradas de Cine © 2002-2003

Un estilo convertido en franquicia

«Prefiero que la música se emplee del modo más escueto posible. Si hay un uso constante de la música, ésta se convierte en algo parecido al ruido blanco. El oído acaba ignorando esas frecuencias» Jerry Goldsmith.

Esto de la cinefilia siempre ha tenido algo de fetichista. Seguro que conocéis a alguno de esos individuos que guardan celosamente entradas, carteles, programWas de mano, revistas, latas vacías de películas... cualquier vestigio de celuloide que caiga en sus manos, vamos. Incluso sé de un espécimen que después de darle la mano a Coppola en cierto festival de cine muy cantábrico, estuvo tres semanas sin lavársela. Allá cada cuál...

Sin llegar en ningún caso a esos extremos idólatras, me agrada la idea de ver en persona a leyendas de la cosa esta del cine, máxime cuando me consta que les queda ya poco tiempo de estar entre nosotros (no, no soy un necrófilo... pero la muerte es un maravilloso elemento ponderador de egos).

Total, que uno de los principales alicientes de los conciertos con música de cine que podemos disfrutar en muy pocas ciudades españolas es precisamente ese: el ver encaramarse al podio a un tipo con el pelo cano -renqueante pero infinitamente digno-, hacerse con la batuta y dirigir una orquesta compuesta por músicos con los que debe de haber ensayado, a lo sumo, un par o tres de tardes (dinámica “coge el dinero y corre”, provechoso y prodigioso estilo de vida que admiro y envidio).

Gracias a esta afición de los heptagenarios a solucionar la vida de sus nietos he tenido la oportunidad de ver (presumo demasiado: de adivinar, desde mi elevada posición en el gallinero) a Maurice ‘de Arabia’ Jarre, Elmer ‘magnífico’ Bernstein o el espíritu de John ‘Spielberg’ Williams y Jerry ‘Star Treck’ Goldsmith (estos dos últimos no se molestaron en hacer acto de presencia, negándose a descender entre los mortales –oh, ¡Aleluya!– por razones de diversa índole.)

Hoy me ha tocado hablarles de este último, todavía frescos los tres conciertos que la barcelonesa OBC le tributó en mayo. Permítanme que haga las presentaciones.

Jerry Goldsmith nace en Los Ángeles en 1929. Este no es un dato irrelevante: americanos eran también Victor Young, Alex North y Bernard Hermann, así como los otros dos compositores que integran la tripleta de homenajeados este junio por Miradas, en nuestro particular repaso al “establishment” compositivo. Y toda esta gente –según aseguran los que de esto saben– beben a su vez de Aarón Copland, el pope de la música genuinamente norteamericana. Enfoque de partida que les distancia de los compositores de la etapa clásica, venidos de allende los mares (pues europeos eran tanto Rozsa como Waxman, Steiner o Tiomkin).

Sigamos con algunos datos biográficos, ya que estamos. Goldsmith se licencia en composición por la Universidad del sur de California y estudia con el pianista Jacob Gimpel (1). En 1950 comienza a trabajar en el departamento musical de la Columbia Broadcasting System y empieza a recibir encargos cada vez más importantes: primero de la cadena de radio CBS, después de la televisión (suyos son los temas de series como El agente de CIPOL o La dimensión desconocida).

Y a partir de ahí... la gloria y los oropeles varios. Recordemos: ganador del Emmy por El potro alazán, QB VII, Babe y un episodio de Masada. Multicandidato a los oscars y ganador una sola vez: en 1976 por La profecía (y teniendo como rival al Bernard Hermann de Taxi Driver... qué ridículo es esto de los premios, ¿verdad?).

No entraremos aquí en el estéril debate sobre cuál es el mejor Jerry. Como John Williams, muy posiblemente vivió su momento de esplendor creativo a finales de los setenta, logrando implementar una fórmula maravillosa que utiliza una y otra vez cuando las musas se van de vacaciones o el plazo de entrega se acorta. Sabe lo que se espera de él cuando recibe un encargo y... y la factoría Goldsmith siempre cumple sus compromisos con exquisita (y en ocasiones, aséptica) profesionalidad.

Su nombre se ha emparejado irremisiblemente a las películas de acción sin límites. Inminencia de peligro, carreras, persecuciones, hecatombe a la vuelta de la esquina... esos pasajes sobrecargados de frenética actividad a los que tan bien sabe arropar su música. Aunque esto no siempre fue así...

Greatests hits

Reconocedlo. Lo primero que os ha venido a la cabeza cuando habéis leído su nombre ha sido Star Treck y la musiquilla que servía de entrada a los episodios. Es uno de esos abundantes casos de adjudicación indebida... la sintonía original de la serie –heredada por las películas- es de Alexander Courage; sí, me refiero a esa fanfarria festiva que estabais tarareando.

El caso es que Goldsmith la interpreta allá por donde pasa, para alborozo de niños y grandes; su no inclusión en el repertorio sería considerada poco menos que un insulto. No perdamos de vista, por eso, que esta saga galáctica ha conocido varios compositores; a saber: Goldsmith “sólo” es el responsable de la música de la primera, la quinta, la octava, la novena y la décima entrega. La segunda y la tercera son obra de James Horner, la cuarta se la ventiló Leonard Rosenman y la sexta Cliff Eidelman.

Lo cierto es que el genio de Goldsmith muchas veces se ha puesto al servicio de proyectos bastante horrorosos: demostración palpable de que una mala película puede tener detrás a un compositor superdotado (o a un guionista espléndido, un decorador prodigioso, un...)

Me refiero a “cosas” bastante infaustas que llevan su firma y donde el despropósito de la empresa global no pesa sobre su siempre aplicado trabajo: las tres partes (hasta el momento) de Rambo o sus más recientes Air Force One (id., 1997), La última fortaleza (The last castle, 2001) o Alarma nuclear (The Sum of All Fears, 2002). Por no mentar sus intentos bastante casposos de copiar a su admirado Williams: Supergirl (id., 1984) vs. Superman (id., 1978) o Quatermain y la ciudad perdida del oro (Allan Quatermain and the Lost City of Gold, 1987) vs. En busca del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981). O a Hermann en Psicosis 2 (Psycho 2, 1983)...

Corramos un tupido velo sobre sus bandas sonoras menos logradas y defendámonos con el argumento de costumbre: un tipo que ha compuesto la música de un cuarto de millar de películas a la fuerza debe de tener algún bodrio por ahí escondido.

Allá va un top ten personalísimo, un repaso cronológico a lo más granado de su producción (y todo lo subjetivo que es de esperar en un aficionado con mal oído):

1.- Un retazo azul (A Patch of Blue, 1965). Un Goldsmith sensible y contemplativo, muy alejado de los registros que le han dado fama.

2.- El planeta de los simios (Planet of the Apes, 1968). Utilizando una orquesta convencional y técnicas de reverberación y superposición durante la posproducción en estudio (2), Goldsmith revolucionó la música en la ciencia ficción con un sencillo lema: menos es más. Porque el mayor impacto dramático puede estar en... no musicar una escena (¿recordáis algún subrayado al plano final de la Estatua de la Libertad?)

3.- Patton (id., 1970). A partir de marchas militares y trompetas lejanas que avivan los ecos de luchas libradas en antiguos campos de batalla, Goldsmith logra un curioso efecto lúdico similar al que oficiaba Elmer Bernstein en La gran evasión (The Great Escape, 1963). Grande, muy grande.

4.- La balada de Cable Hogue (The Ballad of Cable Hogue, 1970). Llamadme cursi, pero el Tomorrow is the song I sing me sigue removiendo algo por ahí dentro... ¿qué habrá sido de Stella Stevens?

5.- Chinatown (id., 1975). Intimista, relajada... y tan insana como el papel del propio John Huston. ¡Lo que se puede hacer con un piano y una trompeta!

6.- Alien (id., 1979). El ABC del terror: una sinfonía espacial rupturista y ambigua. La música como catalizador del miedo, de una amenaza que realmente nunca acabamos de ver, pero que adivinamos tremebunda.

7.- En los límites de la realidad (Twilight Zone, 1983). Sí, aquella película de cuatro episodios dirigidos por Landis, Dante, Miller y Spielberg (por cierto, la de este último era de largo la historia más floja). Música rica y variada para una de las más notables composiciones de su autor.

8.- Instinto básico (Basic Instinct, 1992). Incerteza, disimulo... una música extrañamente pausada para unos personajes extrañamente perversos.

9.- Rudy (1993). Reconozco que esta es una apuesta personal. No tengo ni pajolera idea de cómo rebautizaron aquí este film (¿se llegó a estrenar?) pero el caso es que cuenta con un leit motiv bellísimo, un Goldsmith sensacional. ¡Seguidle la pista a poco que podáis!

10.- El desafío (The Edge, 1997) nos evoca sin dificultad los espacios abiertos de la película, sobrevolando a vista de pájaro ese entorno hostil que los dos protagonistas / antagonistas se veían obligados a sortear. Algo muy difícil de ilustrar con notas: el escenario incomparable que brinda la Naturaleza.

Me he dejado un porrón de partituras suyas en el tintero, dignas de constar en cualquier antología del género: la de El Yang-Se en llamas (The Sand Pebbles, 1966), Río Lobo (id., 1970), Papillon (id., 1973), El viento y el león (The Wind and the Lion, 1976), Poltergeist (id., 1982), Los últimos días del Edén (Medicine Man, 1992), L. A. Confidencial (L. A. Confidential, 1997), Mulan (id., 1998) o La momia (The Mummy, 1999). Mea culpa.

El profeta de la dodecafonía, el milagrero que logró introducir lo atonal en detrimento de las melodías clásicas que teledirigían al espectador hacia los diversos grados de emoción presentes (o no) en la escena, no parece pasar por su mejor momento. Y no me refiero al plano profesional, sino al vital: la salud le ha jugado últimamente malas pasadas, obligándole a ausentarse de algunas citas que sus seguidores entendíamos ineludibles.

Tanto da. El legado de este hombre le asegura un puesto de honor en la memoria de todo buen aficionado, herencia que se engrosará el presente ejercicio con títulos como Picasso at the Lapin Agile (2003. Fred Schepisi), The Game of Their Lives (2003. David Anspaugh) o Looney Tunes: Back in Action (2003. Joe Dante).

Así pues, no temáis: tenemos Jerry Goldsmith para rato. Sólo nos resta esperar que se muestre un poco más exigente en la selección de sus proyectos y se dote de más tiempo para su elaboración, legándonos una postrera obra maestra. O dos. O...

(1) Principales datos biográficos extraídos de la separata redactada por Joan Padrol para el programa 28 de la OBC en la temporada 2002-2003.
(2) “La música en el cine” de Russell Lack. Ediciones Cátedra. Colección signo e imagen.