| El increíble hombre mutante |
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| Convertido ya en una de las primeras figuras de la dirección cinematográfica, el mérito más ostensible que se le puede atribuir al taiwanés Ang Lee, es el de saltar de cinematografía y de género con la misma facilidad con la que el resto de mortales nos cambiamos de camisa, eso sí, probando una indiscutible solvencia y por si fuera poco, manteniendo unas cuantas constantes temáticas, que una y otra vez se repiten en su obra. Para empezar a hablar de este hombre, primeramente, quiero situarlo un poco. Situarlo, siempre a caballo entre el cine taiwanés y el americano, pero sin embargo desubicado frente a toda corriente, estilo o marca de fábrica. De hecho su formación ha transcurrido en escuelas americanas, pero al contrario que un gran número de cineastas "emigrantes", Ang Lee ha seguido manteniendo un fuerte vínculo con sus raices. Por otro lado, los puntos de conexión con otro de los grandes directores taiwaneses del momento, Edward Yang (Yi-Yi. Un uno y un dos), empiezan a hacer pensar en la forma particular de los hombres de la pequeña isla de Formosa, a la hora de abordar problemas humanos locales, con fuerte impronta de universalidad. Todo ello dentro de un particular momento dulce del cine oriental (Yimou, Imamura, Kitano, Wong-kar-Wai, Kaigé, y los maestros del fantástico nipón, etc...). Lee, que comenzó cultivando la comedia ligera asiático-americana, y ha acabado pasando por el melodrama victoriano, el análisis social más o menos contemporáneo, y por último, el cómic, el western y la aventura-fantasía de artes marciales, ha logrado sin embargo, a pesar de tanta diversidad temática, conservar un sorprendente discurso coherente, reflejado en todas sus películas, y un sugerente sentido del humor, que en algunos casos ha aprovechado como elemento de incisión del entorno retratado. A Ang Lee, y no hace falta ser muy listo para darse cuenta de esto, le interesa por encima de cualquier otra consideración estilística o narrativa, el análisis del núcleo familiar, y esto se convierte en el "leit-motiv" y tema central de sus relatos. Si en The wedding banquet (Oso de oro en Berlín y nominación al Oscar extranjero) un joven monta una farsa de matrimonio para ocultarles a sus padres recien llegados de Taiwan a los EE.UU. que en realidad es gay, y que vive con un fornido maromo americano, relación "de hecho" (excusa perfecta para debatir las tradiciones familiares y sus vínculos de afecto y obligación en una sociedad profundamente transformada); en la todavía más interesante Comer, beber, amar (otra nominación al Oscar extranjero) se analiza una familia taiwanesa moderna formada por padre y tres hijas, y sus relaciones, reflejadas en la eterna lucha tradición-modernidad, aquí ya mucho más obvias, lo que en cierto modo enlaza con los temas del paisano Yang y con los del maestro Ozu. La familia disfuncional, vuelve a aparecer en su aclamada Sentido y sensibilidad (Oso de oro en Berlín AGAIN!!! y 5 nominaciones al Oscar); extraña incursión del cineasta en el corral de la Merchant-Ivory, con Jane Austen y Emma Thompson como guías de una peculiar adptación, llena de ritmo y colorido, que a través de cierto sentido del humor, profundiza mucho más en el análisis humano que cualquiera de las adptaciones de Foster o James llevadas a cabo por el propio Ivory. La lucha de una madre por casar a sus hijas, y las relaciones de carácter entre estas y su masculino entorno, dentro de una rígida sociedad, son tratados con singular maestría por un TAIWANÉS!!! ajeno hasta el infinito a los condicionantes del relato. Esta es desde luego, la prueba más evidente de la adaptabilidad de Lee, que extrae del guión de la Thompson y del texto de Austen como propios, de nuevo, la lucha tradición-modernidad, que aquí se personifica en las dos hermanas, y en el juicio de una, y el sentimiento de la otra. En definitiva, en las convenciones y tradiciones de nuevo, y en una cierta modernidad antropocentrista y asocial, ajena a normas morales y de buena conducta. Pero sin duda, el film de Lee que se lleva todo el protagonismo en cuanto a disección familiar es La tormenta de hielo (Mejor guión en Cannes). Posiblemente su mejor película hasta la fecha. El punto de partida, es la clase media-alta americana, en el marco de los 70, y su devenir hacia la descomposición, está narrada con la misma frialdad del fenómeno del título que desata la tragedia final. Un título más que interesante, donde se muestran los gérmenes de un tipo de educación paterno-filial deficiente, que en esos 70 de libertad y cambios de pareja, establecen la fulminante desaparición de valores, que ahora todos padecemos. En La tormenta de hielo, retrato gris y desencantado de una sociedad, son los propios miembros del núcleo familiar, quienes pugnan por romper los lazos de la herencia social, en una frenética estampida amoral, que Lee y su inseparable Schamus, cuentan perfectamente en la escena en la que un adúltero Kline descubre a su hija, teniendo sexo oral con el imberbe vecino, a cuya madre, éste se beneficia. La familia está presente de nuevo en Cabalga con el diablo, donde se cuenta la historia de dos "hermanos" y su relación, durante la Guerra de Secesión americana. De hecho, y al margen de un profundo y rico análisis sobre los orígenes de la colonización yanqui del planeta, las reflexiones de Lee, se encaminan gráficamente a mostrar como los afectos familiares, o la necesidad de sentir esos afectos, pueden arrastrar a un hombre de paz, a la más cruenta de las batallas. En este sentido, el personaje de Tobey Maguire (reconocido alter-ego del director), decide seguir a aquellos que le han hecho sentir querido y aceptado en una sociedad, en definitiva en un núcleo familiar. Más curiosa, por supuesto será la pugna entre el protagonista y su amada por huir de un incipiente nucleo familiar, con él como cabeza, una vez descubierto el engaño, y sintiendo la libertad del individuo lejos de esas presiones y lazos. Por último, y a falta de ver la singular Hulk (eso si que es ya un doble mortal sin red) Tigre y dragón, el mayor éxito comercial hasta ahora de Lee, y su acceso al cine de grandes presupuestos, reincide de nuevo en las relaciones paterno-filiales figuradas, que siguen ocupando un buen espacio en la historia (un guión americano de James Schamus, autor del de Pushing hands, Comer, beber, amar, La tormenta de hielo y Cabalga con el diablo también). En este caso, la familia formada por la pareja de enamorados paladines y la díscola discípula que no acepta ese papel prediseñado para ella de obediente hija-aprendiz, ni mucho menos las normas, en un papel que parece heredado directamente del de Cristina Ricci en La tormenta de hielo. Cambiando de tercio, y dentro de lo formal, a la hora de narrar sus historias, Lee afronta el dibujo de los personajes con a la vez ironía y ternura, muchas veces haciéndoles parecer ridículos en sus acciones, pero a la vez comprendiéndoles y humanizando sus debilidades para establecer un distanciamiento y a la vez una identificación de éstos con el espectador. Es una sensación de continua cercanía y lejanía, que lejos de desconcertar, establece un tono amable que sin caer en la fábula moral, si reúne ciertos puntos de contacto con el cuento y que aligera el dramatismo. Por otra parte, el distanciamiento frente a los personajes en algunas de sus películas, le confiere un singular carácter de cronista; Lee destaca el análisis del conjunto más que la introspección psicológica interior de sus personajes. La definición de éstos viene determinada por sus interacciones con el resto de personajes y su entorno físico, temporal y geográfico, pero nunca en dirección al interior, si no a través de comportamientos y de condicionantes sociales. Y que menos que destacar como otro de los interesantes rasgos de su estilo, el retrato del frío, traducido no sólo en el uso de una cámara distante, sino también de un color nada contrastado, cuando no gris directamente. A este respecto, en La tormenta de hielo, se hace evidente esa atmósfera azul grisácea del desencanto, que condiciona visualmente la historia, así como el uso de ocres en el hogar familiar de Comer, beber, amar en contraste con de nuevo el frío del exterior, y la gama de pasteles de Sentido y sensibilidad, que por armonía lumínica, huyen de la vivacidad y la calidez propias de estas películas de época. La sobriedad, más bien austeridad (la de la puesta en escena de Tigre y dragón si nos olvidamos de las cabriolas), juega un importante papel en el retrato de una "temperatura escenográfica" que ayuda a ubicar psicológicamente la acción de sus películas. Películas, casi todas ellas, excelentes. Y ahora Hulk. Después de que la Marvel haya decidido poner en venta todo lo adaptable de su extensa nómina de superhéroes, Lee, tentado por el vil metal, tiene la difícil empresa de salir airoso de una prueba donde últimamente están naufragando auténticos especialistas en el tema (caso de Sam Raimi). ¿Será capaz el taiwanés de conservar sus señas de identidad y las de su cine aquí también? El dúo entre cine sensato de calidad que siempre Lee propone y el tono "kistch" que desprende el personaje de "La Masa", parecen casar dificilmente. Eso sí, si la capacidad mutante del director asiático prevalece, será la hora de empezar a considerar a este hombre como candidato al Olimpo de cineastas. Al menos, todavía no ha hecho una sola mala película. Y eso en estos tiempos, es mucho. |