Miradas de Cine Centenario Yasujiro Ozu: Cuentos de Tokyo (1953)   Especial Yasujiro Ozu
Por Manuel Yáñez


















Miradas de Cine © 2002-2003

La quietud de la mirada

En una jerarquía imaginaria construida mediante la fragmentación de una obra fílmica, su escalón más bajo lo ocuparía el plano. Dejando de lado al fotograma, elemento más material que significante, el plano vendría a ser el elemento molecular a través del que se modulan estructuras mayores. El plano es la palabra. Yasujiro Ozu escogió para mostrarnos su mundo palabras cargadas de quietud. Quietud para un mundo cambiante, para una realidad mutante, para el arte del tiempo y el movimiento. Quietud para mirar de frente, ética y estéticamente. El quietismo como expresión máxima del rigor escénico.

Y en un océano de quietud, dos islas. Dos movimientos de cámara aíslados en el cuerpo compacto de Cuento de Tokio . Dos planos que conglomeran lo que parecía un todo homogéneo. Dos ejercicios de violencia contra la propia rigidez, como aquel parpadeo imposible de la amada de La Jetee de Marker. La emoción nos traiciona. Aquello que vimos pareció un espejismo, pudo únicamente parecernos suceder, una confusión de nuestras mentes acostumbradas a la necesidad de más espacio, a la inconformidad con la rectangularidad. El impacto nos proporciona excusas para explicarnos aquello que nos cuesta entender. Creemos comprender toda esa quietud como el decorado de la eclosión final y dual del movimiento, o al revés, el movimiento como la fórmula para hacer explícito aquello que obviamos por costumbre. Pero sabemos que nos equivocamos. No cesamos en la búsqueda de razones. Algo tuvo que infligir esa herida formal, algún motivo que parece oculto, o tan solo transparente. Qué es lo que hace merecedora del movimiento la presencia dulce y tranquila de Shukichi y Tomi, abuelos de la gran familia. ¿Existe alguna relación entre la soledad y desamparo que experimentan y la insularidad del plano?. Parece poco probable. Se ha insinuado ya, a esas alturas del metraje, que Tomi está enferma. ¿Podría entonces un elemento tan vital como el movimiento, entrelazado a la consistencia temporal del cine, insinuar el asomo de la muerte?. Otra posibilidad. La muerte, encubierta por la belleza intrínseca de la musicalidad del travelling, encuentra la herramienta perfecta para corporizarse. Todo parece tan distante a las vidas de Shukichi y Tomi. Sus hijos, a los que vinieron a visitar a Tokio, no tienen tiempo para ocuparse de ellos. La distancia geográfica adquiere tintes históricos, y la distancia entre el poblado más bien rural en el que residen los abuelos (Onomichi) parece una proyección del pasado del que surgió un Tokio moderno, una ciudad que ha acelerado el ritmo del tiempo, cuya cadencia inunda de urgencias las agendas de sus habitantes. Una ciudad que produce ceguera, aquella que no permite a los hijos obsequiar a sus ancianos padres un buen trato. Una ciudad que acelera el olvido, aquella que incita al entierro de la memoria, el recuerdo de los amores pasados, fraternos, aquella que convierte la recompensa y reciprocidad en deber malsano. Una ciudad como las que poblamos hoy en día.

Pero el enigma sigue abierto, la herida sangrante, la emoción palpable del movimiento. Un movimiento que también surge continuamente en la quietud cuadrada del objetivo de la cámara de Ozu. Menos estridente, pero igual de presente, fluyen los ríos, los trenes, los símbolos del transcurso del tiempo. Fluyen los personajes, van y vienen mediante melódicas repeticiones en los encuadres, aquellos que los encierran y les dan el movimiento. Fluye el tiempo y surge la muerte. Presenciamos atónitos una delas series de planos fijos encadenados más bellos de la historia. Los prolegómenos de la muerte de Tomi. La sencillez encubre sabiamente la complejidad y saturación de los planos. Allí, sólo ante la inmediatez de la muerte surge la paz, la espera y la paciencia de otros tiempos, el respeto hacia la vejez. La quietud no enturbia el letargo de los cuerpos que se entregan ante la presencia, tendida en el suelo, casi fúnebre de Tomi.

La muerte sucede en una elipsis. La muerte en una elipsis y en un travelling. Para después centrarnos en el único lazo sincero entre el pasado y el presente, la relación entre Shukichi y Noriko, viuda de Shoji (hijo de los ancianos). El lazo también surge de la muerte. La muerte de un tiempo que desaparece, la muerte como última posibilidad de nexo entre ambos polos de un tiempo resquebrajado. En la serenidad que sólo puede otorgar la pérdida, Noricko y Shukichi compartirán algunos de los últimos planos (fijos) de la película y también una visión fluvial que contrasta poderosa y dolorosamente con la presencia vívida de la muerte. La vida y la muerte. El final y su continuación. El pasado y el presente. Círculos concéntricos sobre los que reposa clarividente la quietud de la mirada de Yasujiro Ozu. Para él, nuestro modesto y frágil homenaje.