Miradas de Cine LOST IN TRANSLATION  
Por Manuel Yáñez



































Miradas de Cine © 2002-2004

La chica del walkman

Existimos ya como generación adulta aquellos que hemos crecido viendo la MTV, caminando por la calle enchufados a un walkman, consumiendo imágenes que pregonan un modelo de vida que tarde o temprano se nos revela como inútil y vacío, conscientes de nuestra insignificancia, de nuestra incapacidad para cambiar las cosas, cambiar nuestro entorno, trascender sobre nuestro tiempo, un mundo para aquellos que vencen y alcanzan el éxito. Lost in Translation nos habla sobre todo ello. Parece una tarea harto complicada captar toda la poesía que contienen sus imágenes sin conocer la sensación que provoca caminar protegido por la coraza sonora de la música que retumba en nuestros oídos gracias al walkman. Completamente alienados, lejanos a todo, desenchufados de la realidad, somos meros espectadores del mundo, un mundo que transita ante nuestras retinas como una proyección incesante e inasequible. Aquello que podría parecer triste, banal, vacío, adquiere su fuerza y su sentido en la inconsciencia musical de un extraño y melancólico fluir en el tiempo sin importancia, sin relevancia, dotados de una evanescencia tan embriagadora como atroz. Sólo así podemos entender la belleza triste y melancólica que despliega Sofía Coppola en el retrato de una noche de diversión en Tokio. Charlotte y Bob son infelices, su diversión consiste en representar la felicidad tal como la conoce ella, efímera, acelerada como los planos de un video-clip, artificialmente luminosa y colorida, fragmentada, sin tiempo para las pausas, participando como espectadores de un espectáculo al que no pertenecen, hablando a través de letras pre-escritas, ajenas, simulando ser los protagonistas de costumbres que consideran ridículas (atentos a la reacción de los dos ante el espejo en el que se convierte la encarnación de Britney Spears en sus delirios de cantante). Todo ello filmado con el tempo y la estética que ha popularizado el video-clip, al menos un cierto tipo de video-clips, al más puro estilo de los realizados por Spike Jonze o Roman Coppola (marido y hermano de Sofía respectivamente, el segundo encargado de la segunda unidad del equipo de filmación de la película).

Es interesante observar el curioso carácter global de la apuesta de una cineasta como Coppola. Una globalidad entendida como el fructífero resultado de la búsqueda de ecos y resonancias de un determinado tipo de cine en otras partes del mundo. Escrutamos los lugares más interesantes del universo cinematográfico de los últimos años y encontramos imágenes que percibimos como referentes de Lost in Translation. Así, hayamos lazos irrefutables entre la obra de Coppola y la última película de Hou Hsiao Hsien, Millenium Mambo, en la que los protagonistas divagan por el tiempo y la película con semejante ligereza existencial que en Lost in Translation, fluyendo irremediablemente sobre un tiempo en el que no dejar huellas y acarreando sobre sus espaldas todo el vacío y la amargura de su presente. De la misma manera caminan por las calles ruidosamente vacías de Londres los personajes del Wonderland de Michael Winterbottom o los amantes condenados de Happy Together o In The Mood for Love de Wong Kar Way. En este sentido, las palabras que dedica Álvaro Arroba a Kar Way en las que lo reconoce como «uno de los cineastas más libres a la hora de imprimir sentido y sensación a partir de canciones, y aquí es donde construye un ambiente que obliga a replantearse el concepto de lo pop» (1), son en gran medida aplicables al genio de Sofía Coppola para la elección de temas musicales que actúen como reflejo del estado anímico de los personajes y la película, jugando además con el carácter diegético que adoptan gran parte estos (en las discotecas, en la radio, en los walkman).

El video-clip ha alcanzado una relevancia autónoma que se ve fácilmente reflejada en ciertas particularidades industriales como la existencia de un star system de realizadores que han desarrollado estilos propios, que han hecho evolucionar el medio y sabido trabajar nuevas sensibilidades, formas narrativas y estructuras y texturas formales (esto último lo más llamativo). Curiosamente, lo que por su principio de existencia debía ser un formato rígido, a fin de cuentas no es más que un encargo de un creador/a musical para promocionar su producto, ha terminado convertido en un caldo de cultivo para la experimentación. Pese a no ser algo generalizable, el importante reconocimiento tanto crítico como popular que reciben los realizadores de video-clips más innovadores es comparativamente mayor al de sus equivalentes cinematográficos. Con una limitación temporal predefinida por la duración del tema musical (menos en ocasiones en que la importancia de la creación audiovisual desborda los límites de la musical), los creadores de video-clips se las han ingeniado para contar las historias más diversas, convirtiendo la manipulación del tiempo en su principal arma (a nadie sorprende ver un clip compuesto por un plano secuencia sin trucajes y a continuación otro que nos muestra en cinco minutos la historia del planeta tierra –2–). Atados al carácter efímero de su obra, condenados a la difusa individualidad de una obra que será visionada casi siempre junto a otras semejantes, el video-clip a trabajado una sensibilidad apoyada en la belleza intrínseca de la imágenes. En el clip, la belleza no suele nacer de la evolución dramática de los personajes, sino de la potencia de la imagen contemporánea, de la intensidad emocional que se pueda transmitir a través de una idea visual singular, algo capaz de actuar en la mente de un público cuya realidad se haya completamente poblada por imágenes. Así, toda imagen tiene ya un referente en otra imagen, todo comportamiento, concepto o estado de ánimo parece encontrarse ligado a un referente-imagen. La materia primera de los realizadores de videos musicales parece ser más la plasmación de un estado de ánimo que un proceso de evolución dramática, un sentimiento antes que una historia, una sensación aislada. Todo esto es lo que aprovecha Sofía Coppola para el retrato de sus personajes, usando la identificación del espectador con las fórmulas del video-clip, con su intensidad emocional, para modular un discurso que encaja perfectamente con la propia naturaleza de la narración. Lo efímero es lo único de lo que parecen concientes los protagonistas de Lost in Translation. En momentos clave del filme (las conversaciones de Bob con su esposa por teléfono o la revisión de Charlotte de las fotos de su marido) los protagonistas toman conciencia de la naturaleza efímera de su relación, pero aún así no consiguen despertar del letargo que parecen compartir juntos.

Otro de los interesantes aspectos analizables en Lost in Translation es la sensación de "work in progress" que transmite la película, de trayecto indefinido previamente. Con esto no pretendo afirmar que la película realmente se fuese construyendo a medida que iba transcurriendo, no dudo de la solidez inicial del impecable guión de la misma Sofía Coppola, pero si que se percibe la presencia de una extraña y misteriosa fuerza motora impredecible que guía algunos caminos que escoge surcar el filme. No cabe duda, si se leen declaraciones de Coppola sobre la película, de que Lost in... nace a partir de las experiencias vividas por Coppola en sendos viajes a Tokio durante su juventud y se percibe con claridad la proximidad de la directora a la figura de Charlotte. Así, en ciertos fragmentos, la película parece abandonar su trayectoria principal para construir, ante el desconcierto del espectador, fragmentos misteriosamente aislados dentro de la propia isla que es el tiempo de la película en las vidas de los personajes. Me refiero, por ejemplo, a las bellísimas incursiones del personaje de Charlotte en el mundo espiritual del Japón ancestral (imposible de imaginar sin la melodía de "Alone in Kyoto" de Air). Imágenes que ven intensificadas su proyección mística en la contraposición con el espacio de vacío espiritual que supone la gran ciudad y la vida moderna, que delata el propio personaje de Charlotte en una conversación telefónica con una amiga, "no he sentido nada" declara apenada.

Otra manera de observar Lost in Translation es considerarla una carta de amor de su directora a sus dos protagonistas. En el caso de Charlotte (Scarlett Johanson) la implicación personal de Coppola parece más obvia y fue apuntada en el anterior párrafo. Partiendo de esa supuesta identificación, a través de la cual podría leerse con mayor claridad la delicadeza, atención y sensibilidad con la que la directora filma cada un de los movimientos corporales y gestuales de Johanson, vemos a una gran actriz de embriagadora belleza cuya madurez y serenidad ante la cámara transforman en transparente realidad cada una de las palabras que toman forma gracias a su dulce y grave voz, siempre al borde de la afonía. En Lost in... todo en ella es desorientación: su caminar pausado e indeciso (en el metro y en sus fugas espirituales), su rastreo constante y ansioso del entorno a través de su brillante mirada, su desprecio y asombro ante la ignorancia ajena, sus muestras decididas y luego inseguras de genio e inteligencia.

La relación entre Coppola y Bill Murray es tema aparte y necesita su espacio aquí y ahora. Bill Murray es un genio. Bill Murray siempre ha sido un genio. No sirven aquellas opiniones que proclamarán, seguro, que Coppola, o anteriormente Wes Anderson, han sido los descubridores del genio de Murray. Igualmente que con Jim Carrey o Adam Sandler, habrá quienes descubran en Murray, como a los anteriores en El show de Truman y Punch Drunk Love, al gran actor que ha sido siempre. Es Murray un actor incontenible, un torbellino de gestualidad que se ha encontrado a lo largo de su carrera interpretando una y otra vez el mismo personaje, un personaje solitario, sarcástico, siempre fuera de lugar, cargado de una profunda sensación de incomprensión y descontento. Tan pletórico de facultades como siempre, Murray construye un personaje que aúna la elegancia de Cary Grant y la torpeza de Jerry Lewis. Construye, siempre mediante pequeños matices faciales y corporales, al hombre encerrado, atosigado, un hombre asustado por un entorno que le resulta agresivo por desconocido. Y también encontramos, como brillantes estribillos de la canción de amor que inventa Coppola para Murray, partículas fílmicas para el puro goce y lucimiento del actor, perfectamente inscritas en las tesis narrativas que defiende la película. En particular, tres escenas memorables: la filmación del anuncio del whisky Santori (con el ya antológico "for relaxing times, make a Santori time"), la sesión fotográfica (según Coppola totalmente improvisada por Murray) en la que, en el último plano, se produce uno de los momentos más brillantes y tristes de la carrera del actor, y la visita de Bob al programa de televisión. Es Murray el actor con los despertares más chiflados, angustiantes y condenadamente desternillantes de la historia.

El cine, como todo, tiende a acomodarse sobre estructuras preexistentes. Su única posibilidad para crecer y evolucionar realmente se encuentra en las nuevos caminos que van abriendo y trazando los grandes nuevos creadores de nuestra época, aquellos encargados de hacer cine importante, Wong Kar Way, Hou Hsiao Hsien, Jia Zhang-ke, Paul Thomas Anderson... y entre ellos, a partir de ahora, Sofía Coppola.

1- En la crónica del festival de San Sebastián del número cinco de la revista "Letras de Cine"
2- El video clip "Right here, right down", de disco "You've come a long way, baby", del tema de Fatboy Slim