Miradas de Cine ZATOICHI  
Por Alejandro G. Calvo





















 

 

 

 


 

 

 

Miradas de Cine © 2002-2004

Pasos de baile (el cineasta robado)

Al final del último festival de Sitges, tras haber visto el último film de Kitano –que acabaría alzándose con el máximo galardón del festival–, cuyo disfrute durante el visionado había sido excelso y prácticamente incontrolable, recuerdo que me invadió una extraña melancolía algo compleja de definir. He estado pensando desde entonces qué me podría haber pasado tras visionar esta magnífica Zatoichi (Ídem, 2003) y no podía acercarme a obtener una respuesta satisfactoria. Una vez vuelta a ver la película, esta sensación, no sólo disminuyó o se erradicó, si no que ocurrió todo lo contrario; esta melancolía, casi desembocando en tristeza, no podía poseer las raíces en las imágenes vistas en la pantalla, es algo totalmente ajeno a lo cinematográfico, y su convivencia en mi pensamiento, creaba un caos de difícil arreglo, pues aún ahora, considero la película de Takeshi Kitano una extraña obra maestra, un ejercicio de pura diversión cinematográfica, que entre muchas otras cosas, pone de relieve el excelente estado de forma y de ánimo de uno de los cineastas más interesantes e inteligentes del panorama actual. Esta segmentación de mi, por lo general confuso, raciocinio, no venía por el hecho de que Zatoichi fuera una obra insólita en el realizador de Violent cop (Sono otoko kyobo ni tsuki, 1990), pues no sólo se trataba de un film de época que revisitaba a Kurosawa con la sonrisa de Sergio Leone, si no que además se trataba de un encargo hecho a Kitano sobre una historia ajena –obra de Kan Shimozawa–, y que además venía a ser una suerte de secuela/remake de la popular serie de films que sobre el guerrero ciego había popularizado el actor Shintaro Katsu entre 1962 y 1989. Como no podía ser de otra forma, Kitano, hizo plenamente suya la historia, y adaptó sus cualidades estéticas a una cinta que se alejaba mucho de sus historias de yakuzas y policías atormentados; sin embargo, heredó de todas estas todo el sentido lírico, estático, agresivo y travieso, añadiéndole además una innovación genérica a su filmografía, que aún ahora, me resulta de los más brillante visto en estos últimos meses: Zatoichi está narrada en forma de musical, pero no en un formato cercano a Stanley Donen y/o Gene Kelly, si no más cercano al estilo orgánico de entender las melodías mediante los actos cotidianos como planteaba Lars Von Trier en Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000), o Fernando Pérez en la reciente Suite Habana (Ídem, 2003).

Esta danza, situada puntualmente en tres momentos de la pelicula –mención especial a la magnífica partitura de Keichii Suzuki, todo un descubrimiento para el realizador, que ha roto su relación de varios años con el fantástico Joe Hishaishi–, conduce este extraño haiku con aroma a El mercenario / Por un puñado de dólares (Yojinbo, 1961 / Per un pugno di dollari, 1964), entre segmentos de extrema violencia, esta vez estilizada mediante insertos digitales, que consiguen el difícil objetivo de mantener al espectador lo suficientemente alejado para poder disfrutar de tanta sangre y mutilaciones a raudales sin un mayor problema ético –sobre este punto regresaremos con la impresionante Kill Bill Vol.1 / Ídem, 2003; de Quentin Tarantino–, momentos netamente cómicos, protagonizados por el Sancho Panza Shinkichi que acompaña a Zatoichi (cf: cuando enseña a los jóvenes a convertirse en samuráis), y los pertinentes apuntes dramáticos, que por primera vez en la filmografía de Kitano, no sirven como verdadero motor de la cinta, si no como una herramienta que dota de un mínimo entramado dramático a la historia, y así, justifica las acciones de los personajes (cf: básicamente la génesis del encuentro con las geishas y la relación del guardaespaldas con su mujer). Kitano, vuelve a hacer una presentación de personajes con uno de sus mejores sellos estilísticos, el uso del montaje durante una panorámica que cruza a las geishas con el guardaespaldas Hattori (Tadanobu Asano), es decir, la ortografía del realizador permanece intacta, y como buena prueba de ello sitúa catárticamente el duelo final entre Zatoichi y Hattori a las orillas del mar, envueltos en la negrura, sólo iluminados por una fogata altiva en la playa.

Sin embargo Zatoichi se mueve por caminos distantes de obras como Sonatine (Sonachine, 1993) y El verano de Kikujiro (Kikujiro no natsu, 2000), aunque tengan mucho en común con las mismas, por primera vez los que acusen de gratuita la violencia de Kitano, van a parecer tener razón. De alguna manera, la esencia de la cinta, se podría extrapolar de la secuencia de la lucha de Zatoichi bajo la lluvia –homenaje explícito y confeso a Los siete samuráis / Sochinin no Samurai, 1954; de Kurosawa–, situada como un flash-back que rememora el protagonista al escuchar la lluvia al caer, unas imágenes ralentizadas donde la violencia digitalizada está coreografiada en un alarde de plenitud estética. Pero que nadie se escandalice por ello, Zatoichi es una fiesta cinematográfica, y poco importa a cuanto se pague una violencia, que combina como nadie la comedia y la tragedia, Kitano sabe en todo momento lo que tiene entre manos, y buena prueba de ello, es como el realizador cierra el film: una escena musical que es pura alegría anímico-cinematográfica, un tap-dancing en el que todos los habitantes (vivos) del pueblo –excepto Zatoichi, que en su condición de fantasma, no pertenece al pueblo– desbordan alegría y optimismo en el único happy end de la filmografía del realizador. Así Zatoichi se convierte quizás en la obra más accesible de Takeshi Kitano, un realizador cuya sequedad compositiva –con no pocos ecos a Yasujiro Ozu– siempre ha mantenido una cierta distancia con un público poco dispuesto a enfrentarse a una película con la cabeza , el estómago y el corazón, en vez de con la habitual desidia y escepticismo frente a este tipo de productos. Comedia, violencia y tragedia en una cinta cuya máxima virtud es la alegría intrínseca en la misma, y donde las peleas con las catanas se convierten en un festín tanto para los amantes del cine de Kitano, como para los amantes de los films de género o los viejos nostálgicos de los films de samuráis –nota mental: Zatoichi trincharía al último samurái con la cara de Tom Cruise (The Last Samurai, 2003. Edward Zwick) en lo que tarda en sonreír–. Incluso para los amantes del genio de Takashi Miike, podrán encontrar un par de referencias básicas a una de sus mejores obras, Ichi, the killer (Koroshiya 1, 2001): la presencia del actor Tadanobu Asano y el plano picado sobre los cadáveres cercenados envueltos en sangre y rodeados de sus propios miembros –lo que me vuelve a llevar al que es posiblemente el mejor plano de Kill Bill Vol.1, que para no llevar a confusión, habría que decir que es estética y narrativamente muy diferente a Zatoichi–.

Puede que a los seguidores más entusiastas de Kitano, entre los que me encuentro, les decepcione que el realizador de Dolls (Ídem, 2002) se tome un respiro dramático y nos ofrezca un cine de evasión de calidad –son los mismos que se alegraban cuando Brother (Aniki, 2002) pinchaba en críticas y taquilla, y a quien les recomendaría hoy un nuevo visionado de esa pronta cult movie–, sin embargo si algo ha probado Kitano desde que se diera a conocer a occidente mediante su triunfo en Venecia con Hana-bi (Ídem, 1999) –-ni Sonatine ni Kids return /Kidzu ritan, 1996; obtuvieron buenas críticas en sus pases por Cannes–, es su capacidad para reinventarse y mejorar película a película, ya sea en forma de melancólica comedia chaplinesca –El verano de Kikujiro–, en una producción internacional exportando sus virtudes como yakuza –Brother–- o con uno de los dramas más duros y bellos de los últimos años –Dolls–. En otras palabras: Takeshi Kitano está pletórico, ya no es que ande sobrado de facultades si no que el hacer cine para él se ha convertido en algo más que sentimiento, ahora mismo, Kitano, sabedor de su posición, puede arriesgarse como le venga en gana, a sabiendas de que su capacidad de caer en el error es mínima, y Zatoichi es el resultado lógico de un hombre que usa su propio techo como un nuevo suelo donde cimentar.

Esto me lleva de nuevo a la melancolía que citaba al principio de estas palabras, que sé verazmente que no hacen justicia a la obra de Kitano, para intentar buscarle una salida a la encrucijada. El problema empieza a hacérseme más claro. La sensación de tristeza viene dada por el hecho de que creo que los cinéfilos –esa raza tan peligrosa y autodestructiva, peor que cualquier iglesia de la cienciología y/o hare-krisna– hemos perdido a Kitano. En nuestro egoísmo considerábamos a Kitano hace unos años como un descubrimiento propio, como ahora podemos disfrutar de Seijun Suzuki, Takashi Miike o Kiyoshi Kurosawa, pero ahora sabemos que el hombre que nos conmoviera hasta la extenuación con sus "Flores de fuego" ha dejado de pertenecernos para pasar a formar parte del espectro de realizadores que todo el mundo ya conoce y se convierte en lo más cool de la era contemporánea. Que estúpidos e ignorantes somos los cinéfilos, nuestra avaricia y codicia fílmica se merecen ejemplos como los de Takeshi Kitano, capaces de hacer un gran cine tanto para el que quiere verlo como para el que no. Que ellos lo disfruten...