Miradas de Cine CINE Y RELIGIÓN. UNA CUESTIÓN DE FE.  
Por Jorge-Mauro de Pedro




















































Miradas de Cine © 2002-2004

El poder de Dios te obliga... ¡abandona ese cuerpo! (Macabeos 7,32)

«Si tuvieseis más fe en la vida no pensaríais tanto en el momento presente» (1)

Amigos, con la Iglesia hemos topado. Mel, azote de anticristos, padre de familia numerosa y acérrimo republicano –un patriarca como Dios manda, vamos– se las ha ingeniado para que esta Semana Santa estemos todos pendientes del estreno de una de romanos con martirio incluido. Cuánto tiempo, ¿no?

Se reeditará además la consabida polémica, para deleite de obtusos y filibusteros: que si los judíos fueron unos deicidas, que si el Concilio Vaticano II dejaba claro todo lo contrario, que si tú esto, que si tú lo otro. Prepárense para una nueva escenificación del choque de civilizaciones: cruces cargando contra estrellas de David, católicos furibundos parafraseando al Papa y su "fue así", sentencia inapelable que salió de sus labios conforme a la leyenda y los intereses de la productora tras ver la versión gore del padre putativo de William Wallace.

De verdad de la buena que a este redactor se la trae mas bien al pairo las creencias de sus lectores. Con el mayor de los respetos, oigan. Pues no estamos aquí para comprobar lo fidedignos o no que son algunos para con los evangelios (¡doctores tiene la Iglesia!), sino para hablar un poco de metafísica y nitrato de plata... ¡pero no se me asusten! Para compensar habrá clavos, sandalias, latigazos, estigmas y milagros. Espectáculo, no lo duden. ¡En el nombre de Yavéh!

Le echaremos un vistazo al mundo del celuloide y a su apasionada relación con el más allá. Sus denodados esfuerzos, en suma, por reincorporar al redil ovejas descarriadas, asegurarnos la salvación, el poder y la gloria: titánico intento por poner en imágenes el best-seller por antonomasia (la Biblia, se entiende) o, simple y llanamente, hacer renacer en nosotros la llama espiritual apagada por siglos de carnaval y laxitud. No sonriáis, herejes. Leed este artículo, rezad siete avemarías y cuatro padrenuestros, reenviadlo a 1001 personas y algo fantástico os pasará en menos de una semana (posiblemente lo que ocurra es que algún miembro de la CIA -brigada 'anti-spam'- irrumpa en vuestra casa y acabéis en Guantánamo).

Esta Semana Santa, en Televisión Española (Eclesiástico 23,27).

«Todo va y todo vuelve. La rueda de la existencia gira eternamente. Todo muere, todo vuelve a florecer: eternamente corre el año del ser»

Comencemos por lo más cercano. La teoría del eterno retorno se ve refrendada cada marzo-abril con la llegada de las vacaciones: procesiones en directo, vía crucis salpicados con anuncios de laxantes y ceniza a mansalva. Apocalipsis de escapulario e incienso. Todavía somos diferentes: aquí convertimos la religión en espectáculo y el fútbol en religión. ¡Casi ná! Oleadas de guiris se apostarán durante horas en las esquinas, esperando que tipos encapuchados y con muchos pecados a cuestas saquen al santo Cristo de [a rellenar por el lector en función de su raigambre] a dar un garbeo. Como decía Anthony Hopkins en la surrealista Misión Imposible II (Mission: Impossible II, 2000): «extraño pueblo: queman a sus santos». Y es que las Fallas y la Semana Santa están tan cerca en el calendario...

Este es un avance imprescindible de la programación televisiva para estos días venideros (¿reciben las cadenas de este país presiones inconfesables del Vaticano?). Films que acuden año sí, año también, a su ineludible cita; como el sucederse de las estaciones, el turrón por Navidad y las hemorroides en verano:

1.- Ben-Hur (id., 1959). Porque sí. Porque es muy larga y sirve para unir dos telediarios. Porque pasan muchas cosas y Dios hace de secundario, eclipsado por el divino Charlton. Los tiempos han cambiado y la película admite cada vez más lecturas: ¿o acaso no les parece evidente el rollo gay que se llevaban Judah y Messala? Venga, hombre...

2.- Los diez mandamientos (The Ten Commandments, 1956). Lo de Cecil B. DeMille quizás tuviese alguna explicación psiquiátrica. En cualquier caso, el de allá arriba habrá tomado buena nota de sus logros y a buen seguro lo tiene sentado a Su derecha. No cabe duda, vamos. Como pecado venial, apuntar en su descargo que acostumbraba a incluir numeritos sicalípticos en sus aproximaciones bíblicas: alocadas filisteas bailando a lo Josephine Baker, contoneos de caderas y orgías light para ilustrar sobre los siete pecados capitales. El signo de la cruz (The Sign of the Cross, 1932), Sansón y Dalila (Samson and Delilah, 1949)... pero sobretodo, Los diez mandamientos. Tablas de la ley, barbas postizas, aguas escindidas, plagas, éxodo... ya saben, lo típico.

3.- Quo Vadis? (id., 1951). Auténticamente edificante. Más simple que el mecanismo de un botijo: cine fervoroso para convencidos y activistas. Cristianos perseguidos, forzudos leales y leones glotones. Catacumbas kitsch ideales para la siesta del viernes santo.

4.- Jesús de Nazareth (Jesus of Nazareth, 1977). Interminable biopic rodado por el fervoroso católico Franco Zeffirelli, paladín de la ortodoxia y castigador oficial de izquierdosos italianos. No sé cuánto dura este film, pero les puedo asegurar que verlo de un tirón provoca lesiones cervicales permanentes. Consúmase con moderación: yo opté por ingerirlo en cómodas píldoras de hora y media. Aún así, tuve que aguardar un lustro entero para completar su metraje. Como curiosidad, recuérdese que este hombre dirigió a Mel Gibson en un Hamlet bastante justito... ¿de casta le viene al galgo?

5.- La túnica sagrada (The Robe, 1953). La que presume de ser la primera película del cinemascope nos regala la gallarda estampa de un jovencísimo Richard Burton emparejado con una especialista en el género: Jean Simmons, a la espera de su Espartaco. Victor Mature nos convence sin grandes esfuerzos de lo mal actor que era.

6.- Rey de reyes (King of Kings, 1960). Hasta a Nicholas Ray él, tan rebelde y outsider le hicieron pasar por el aro. Superproducción al uso donde no falta de nada y sin embargo... todo parece estar de más.

7.- Las sandalias del pescador (The Shoes of the Fisherman, 1968). Un argumento de ciencia-ficción: tras muchas vicisitudes y una fumata blanca, un Papa muy bueno se hace con las riendas del Vaticano y decide deshacerse de los tesoros acumulados por la Iglesia en 20 siglos para evitar una tercera guerra mundial. ¡Digno de Ray Bradbury!

8.- Sodoma y Gomorra (Sodom and Gomorrah, 1962). Robert Aldrich y un no acreditado Sergio Leone ejercen de cicerones en este tour por las dos urbes más decadentes del Imperio. Las Vegas es San Pedro de Roma al lado de esto. En fin, las necesidades de todo kolossal hacen que las perversiones resulten muy timoratas... ¿para cuándo un remake dirigido al alimón por Larry Clark y Pedro Almodóvar?

9.- La misión (The Mission, 1986). Dos formas complementarias (quizás antagónicas) de entender el hecho religioso: el coraje, la violencia y el activismo del recién converso enfrentado al laissez faire del stablishment. Funcional y magníficamente presentada, con un Ennio Morricone beatificable.

10.- Barrabás (Barabbas, 1962). A mí este tipo siempre me cayó bien... es el auténtico Dioni del Nuevo testamento. Imagínate qué papelón: salvado por la campana antes de ser colgado allá en lo alto y escuchar promesas de perdón y vida eterna... ¡como para hacerse el incrédulo! Un Anthony Quinn muy canalla y más fácilmente manipulable que un "testimonio" en el Diario de Patricia.

11.- Jesucristo Superstar (Jesus Christ Superstar, 1973). ¡No hay palabras! Camilo Sesto perdón, quería decir... Ted Neeley con greñas y flores en el pelo, camino de San Francisco. Quintaesencia del movimiento hippie, aunque no tan políticamente correcta como la recordaba (¡Judas es negro! perdón, afroamericano... ¿qué opinará de esto Denzel Washington? Ay, ay, ay...)

12.- La caída del Imperio Romano (The Fall of the Roman Empire, 1963). Un auténtico expediente X: no, no hay apología del cristianismo ni nada parecido... pero siempre cae por estas fechas. (¿Alguna apuesta entre los programadores de TV-3 y Tele 5?). Alec Guinness y su imperio hecho unos zorros, James Mason en el papel de Loyola de Palacio y la Loren desbordando la túnica con su poderío. ¡Que viva la Pax Romana!

¡Perros infieles! (Jeremías 9,24)

«¡Guárdate de los buenos y los justos! Con gusto crucificarían a quien se crea sus propias virtudes»

Estos son algunos ejemplos de gente que se buscó la ruina, al estilo de Salman Rushdie y sus Versículos satánicos (insípida novela, por cierto). Tipejos que se creyeron capacitados -¡oh, soberbia indecorosa!- para hablar de religión sin ser teólogos... ¡intrusistas! ¡¡Quemadlos!!

Los Monty Python armaron un Cristo con La vida de Brian (Life of Brian, 1979), quinto evangelio donde se nos narraban las desventuras de un pobre hombre confundido con Él. Acidez y coña marinera que no pareció llegarles muy hondo a los judíos... y es que los defensores de 'La Verdad' aquí y en Constantinopla se caracterizan por una preocupante falta de sentido del humor. Próximamente se reestrenará en EEUU, a rebufo de La pasión.

Un Berlanga magnífico, aunque hasta nosotros haya llegado tan solo una pálida muestra de la propuesta original: Los jueves, milagro (1957). La censura se encargó de asfaltar y alicatar hasta el techo sus aviesas intenciones: un pueblo sacudido por supuestas apariciones marianas y unos fenicios dispuestos a dar carta de naturaleza a la impostura a cambio de luengos beneficios. Lástima que no colase...

A Martin Scorsese se le ocurrió coger el libro firmado por un excomulgado y hacerlo cine (La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, 1988)). El mejor modo de hacer amigos, vamos. Se quedaron con las ganas de lapidarlo, aunque más de una piedra sí que lanzaron. Scorsese demuestra empíricamente un hecho inquietante: el único punto en común entre todas las religiones es el Dogma, intocable tabú a partir del cuál monoteístas y sectarios varios demuestran estar siempre dispuestos a pasar de las palabras a los hechos.

Ni corto ni perezoso, el Costa-Gavras de Amén (id., 2002) metió el dedo en la yaga, narrando el vergonzante comportamiento de la Iglesia comandada por Pío XII durante los años de persecución y exterminio del pueblo judío. No fue este un gran film, pero también le llovieron piedras al griego; para el recuerdo queda aquél cartel promocional donde la cruz se iba convirtiendo, paulatinamente, en una esvástica.

Auténticamente divinas (Proverbios 10,12)

«¡Ay, qué cansado estoy de todo lo inaccesible que se empeña en pasar a la categoría de acontecimiento! ¡Ay, que cansado estoy de poetas!»

Joyas del cine religioso y ese término, religioso, utilícenlo con generosidad y amplitud de miras. Obras que trascendieron su tiempo a pesar de sus intenciones, no siempre piadosas. Estudios de hombres abrumados por el silencio, reflejos de un Dios desconocido [Nota: me he permitido el exabrupto de no citar ningún film de un afamado sueco que habita en Färo.] Este es mi credo:

El decano del cine como entretenimiento adulto y autónomo Doctor Griffith, supongo centró una de las cuatro historias de su Intolerancia (Intolerance, 1916) en la figura de Cristo. No era el mejor de los episodios inolvidable Babilonia, pero su representación marcó tendencias y sentó las bases figurativas sobre Su persona.

Rossellini también dijo la suya en Francesco, juglar de Dios (Francesco, Giullare di Dio, 1950). La sencillez del mensaje original de Cristo reflejado en uno de sus pocos discípulos auténticamente fieles, a salvo de la soberbia, la pompa y la circunstancia consustancial a los futuros moradores del trono de San Pedro. Pastores y labriegos, retorno a la Naturaleza: Arcadia primigenia, paraíso recobrado. Dimensión humana, respeto ingenuo por el entorno. Bondad y devoción verdaderas, pálido testimonio de un modo de entender la religión que pasó... y ya no será.

Dreyer se murió sin poder sacar adelante su proyecto sobre la vida de Cristo, en el que llevaba trabajando desde 1949. No importa. Nos dejó La palabra (Ordet, 1955), acercamiento imprescindible a la temática del milagro, la creencia y la resurrección de las almas.

Su Ilustrísima Buñuel... difícil citar una sola de sus películas. El hombre que se declaraba «ateo gracias a Dios» dejó amplio testimonio de sus inquietudes, sus dudas, su sanísima irreverencia. Yo me quedaría con Nazarín (1958), héroe galdosiano incapaz de casar sus elevadas y filantrópicas aspiraciones con sus actos. La bondad supina traicionada por un mundo que no está para muchas monsergas: inolvidable carretera polvorienta, Paco Rabal derrotado, tambores de Calanda retumbando...

El fuego y la palabra (Elmer Gantry, 1960) estaba dirigida por Richard Brooks, uno de los pocos cineastas que merecieron la consideración de intelectuales. Pues bien, aquí abordó el fenómeno de las prédicas encendidas y las mediums tocadas por el halo divino, buitres de vuelo bajo que se cernían -y se ciernen- sobre los sectores de la población más desfavorecidos e ignorantes. «¡Cantemos juntos! ¡Alabado sea el Señor! ¿Cuánto ha dicho que ofrece, hermano? ¡Qué generosidad!».

Quién nos iba a decir que el controvertido Passollini le dedicaría una película a Juan XXIII (un Papa que era un auténtico cumbayá libertario al lado del actual). Pues así lo hizo, y lo cierto es que la película gusto mucho a la Iglesia: El evangelio según San Mateo (Il Vangelo Secondo Matteo, 1964). Nótese que en el título original no se habla de "san" Mateo, sino del Mateo hombre, sin subir a los altares. Rostros que destilan verdad, gente del pueblo interpretando a apóstoles asilvestrados en una de las mejores películas al respecto. Sin boato y con Bach de fondo.

Si están interesados en crisis espirituales, conozcan al Fra Angelico de los ortodoxos: Andréi Rublev (Andréj Rublëv, 1966), inspirado iluminador de iconos, fraile dubitativo escindido entre su arte y sus deberes eclesiásticos.

Cuando Bille August parecía tocado por el mismísimo Bergman como heredero natural de su silencioso pulso con la eternidad, filmó esta magnífica historia sobre unos escandinavos bastante perdidos (en todos los sentidos) que se lanzaban en pos de la ciudad tres veces santa, inhabitable trozo de tierra quemada donde pocos lograban encontrarse a sí mismos. Una gran película que pasó del todo desapercibida: Jerusalem (id., 1996).

Otras religiones, otras culturas (Mateo 8,3-34).

«Nuestra fe en otros revela lo que desearíamos creer de nosotros mismos»

No olvidemos que este es un estado aconfesional: ¡hay vida más allá del catolicismo! Algunas películas que así nos lo demostraron:

Pocos han entendido mejor el hinduismo que Renoir en su El río (The river, 1951), canto lírico donde el pasado, la vida y el porvenir se entrecruzaban lentamente, al plácido ritmo de un primer amor. En el Dios de Jean a todos nos gustaría creer...

Las mejores aproximaciones sobre el Islam nos han llegado de Irán. Imposible citar una sola película: los directores de la Mesopotamia se las ingenian para denunciar las interpretaciones aberrantes de El Corán sin ser señalados por los atentos vigilantes de la moral. Su trabajo es ímprobo y sólo por ello merecen la atención si, también la tutela de Occidente.

Martin de nuevo. En Kundun (id., 1997) nos invitó a un paseo por el Tibet más colorista, ladrillo de importancia que demuestra que pocos tienen la capacidad de hacer atractivo aquello en lo que creen. ¿Para cuando una película sobre Mahoma con la que completar su trilogía religiosa?

Olvidable también El pequeño Buda (Little Buda, 1993), uno de los puntos más bajos en la carrera de Bernardo Bertolucci. La búsqueda de la reencarnación tropecientos tres del Dalai Lama, contada para un público cosmopolita e incrédulo. Tan linda como vacía.

En Holy Smoke (id., 1999), la australiana Jane Campion cargaba con unos personajes desnortados, reflejo evidente de la delgada línea que separa superstición de creencia, sectarismo de vivencia. ¿Por qué creemos en esto y no en lo otro? ¿Es menos contradictorio lanzarse en los brazos de un Brahman freelance que en los de una iglesia "reglada"?

¿Calvario realista o arma letal V? (Apocalipsis 1,11).

«Quien escribe sus sentencias con sangre, ése no quiere ser leído, sino más bien aprendido de memoria»

Nunca leo la prensa en profundidad: como mucho la hojeo con desidia. Muy de vez en cuando, sin embargo, hay noticias que te sorprenden, haciendo que les dediques más tiempo del que merecen: «Pre-estreno de "La pasión" de Mel Gibson en la conferencia episcopal» (2). No deja de ser curiosa esta obsesión porque vean primero la película curas y enlutados, máxime cuando la distribuidora ha organizado pases de prensa para la crítica con más barreras e impedimentos que obtener la nacionalidad andorrana.

Oigamos algunas declaraciones de obispos y sacerdotes. A modo de justificación, uno de ellos afirma que «hoy un filme sin violencia sobre Cristo pasaría sin pena ni gloria» (madre mía... ¡cómo está el púlpito!). Eso no es todo. Un tal Pablo, de Ávila: «es un espectáculo impresionante (...) Ya está bien de violencia gratuita, sin sentido. Esta es una historia violenta y por eso está contada así». No todo está perdido. Angélica -una periodista de 23 años, cristiana dice: «no creo que debiera recrearse en la flagelación, contando uno a uno los latigazos, mostrando los hematomas con esa crudeza. Uno cree o no cree, y ya está. No creo que sea bueno mostrar algo así para sacudir conciencias».

Me gustaría pensar que tan solo voy a ver una película. Pero no, nadie habla manejando patrones cinematográficos: "esta escena es magnífica", "qué bien coloca la cámara" o "¡qué utilización tan acertada de la música!". Deseo con toda mi alma que el que a uno le guste o no La pasión no se convierta, simplemente, en una cuestión de fe. Me gustaría creer puestos a apostar por la fe que este vocerío, que este lucrativo escándalo, no ha sido cuidadosamente planificado por el señor Gibson...

Es hora de ir concluyendo la homilía que os he pegado. Podéis ir en paz.

A propósito... se calcula que Mel Gibson ganará 400 millones de dólares. ¡¡Aleluya, hermanos!! Sadismo y dólares: ¡mágica combinación!

(1) Abriendo cada apartado del artículo, citas de "Así habló Zarathustra", de Friedrich Nietzsche.

(2) Extracto de la sección de cultura del diario El mundo, martes 23 de marzo de 2004, pág. 47.