Miradas de Cine PRIMAVERA, VERANO, OTOÑO, INVIERNO... Y...  
Por Jorge-Mauro de Pedro






























Miradas de Cine © 2002-2004

La montaña mágica

«Me levanté un día y me di cuenta de que sería director de cine. Es irónico, pero si pude convertirme en director fue precisamente porque nunca tuve una educación como tal. Hay tanta gente que estudia arduamente para convertirse en director... y quizás por eso mismo nunca llegan a serlo. Creo que un director es alguien que filma la vida y el mayor obstáculo para los estudiantes de cine es que pierden demasiado tiempo estudiando películas y no emplean el suficiente estudiando la vida» Kim Ki-Duk (1)

El ritmo inquebrantable y perpetuo de las estaciones del año ha sido utilizado infinidad de veces para enfrentar al hombre –tan pequeñito, él– con un paisaje abrumador, vasto y cambiante, suficiente como para ridiculizarle junto a sus risibles pasiones, a la postre tan efímeras como la flor del almendro o el multicolor destello de unas plumas por demudar.

Lo aprovechó Polanski en Tess (id., 1979), Bille August en Pelle, el conquistador (Pelle, erobreren, 1987) o Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (Jeremiah Johnson, 1972). A todas les une un planteamiento similar, que no mimético: personaje fuertemente individualista maltratado por los dioses, impertérritos y por siempre silenciosos ante sus lágrimas otoñales o sus sonrisas de una noche de verano.

Abandonando un verano pródigo en estrenos de qualité (qué decir de la sutil ¡Que te calles!, de la innovadora Dirty Dancing 2, del riguroso revisionismo histórico de El rey Arturo o ese hito de la animación titulado Zafarrancho en el rancho), la temporada cinematográfica despega de verdad con la milagrosa llegada de Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera. No preguntemos cómo ni porqué: ¡alabado sea Buda!

Detrás de tan kilométrico y sobre explicativo título se agazapa una auténtica delicia para los sentidos, «una sinfonía de vida y de color» dirán los cursis o «una revisión para neófitos de la filosofía oriental más accesible» dirán los plastas, impactados todavía por el último diálogo escuchado en el Fòrum de las Culturas.

Como yo atesoro lo peor de los unos y de los otros, les diré que ambos andan en lo cierto. Quizás les espante el recuerdo de la única película estrenada por estos lares de este coreano apasionado por el castigo corporal y las lacerantes declaraciones de amor en forma de catarata de glóbulos rojos; sí, aquél festín masoquista llevaba por título La isla. Para hacerles memoria bastará con recordarles "aquello de los anzuelos"... jeje, cualquiera lo olvida...

La verdad es que este hombre pelín misógino lleva dando guerra desde 1996, cuando debutó con Crocodile. A esta le han seguido 8 films: The Birdcage Inn (1998), la bizarra y sin embargo tan hermosa La isla (2000), Real Fiction (2000), Address Unknown (2001), Bad Guy (2001) ganadora hace dos ediciones de la sección Orient Express de Sitges, El Guardacostas (2002) que pudo verse también en el playero certamen catalán, dentro de Seven Chances, esta de la que les hablaré a continuación y la inmediata e inédita Samaria (2004), con la que se llevó el Oso de Plata al mejor director en la última edición de la Berlinale (2). De esta película ambigua, festivalera y con personaje masculino nuevamente condenado por una fémina impúber hablaremos cuando aterrice en nuestras carteleras ¿dentro de dos, tres años?. Decirles que, como acostumbra a suceder, el film que lo ha consagrado internacionalmente es menos arriesgado que el resto de sus obras traducido: más "premiable" y que sólo existe una manera de acceder a él, si la espera se les hace larga... y a buen entendedor, pocas palabras bastan.

Así que a sus cuarenta y cuatro añicos este estudiante parisino que también hizo sus pinitos en el ejército pasa por un momento dulce, saludado por ahí como "la respuesta oriental a Lars Von Trier" (Dios mío, la de tonterías que se pueden leer por la red... no incluyan todavía este artículo, por favor).

El propio director viste en esta ocasión hábitos de monje para contarnos una vida entera, cuatro instantes correspondientes a otros tantos momentos de ese tour anual que la tierra nuestra se marca alrededor del sol.

La primavera, la vuelta a empezar, el espejismo de los ríos caudalosos y el triunfo de lo verde. O el paulatino descubrimiento del mundo a través de los ojos de un niño dejado a la atención de un monje, discípulo sin posibilidad de elección, fe heredada y sutras recitados entre bostezos y travesuras infantiles. Las primeras enseñanzas no tardarán en llegar: a raíz de una nueva barrabasada del pequeño tendrá este la oportunidad de experimentar por vez primera algo remotamente parecido al dolor y la muerte.

El verano marca la llegada de la adolescencia, la pugna entre una espiritualidad de difícil asimilación y cierta impetuosidad hormonal de imposible gobierno. El compartir celda con una joven de su misma edad terminará por decidirle en su pulso con la Naturaleza, abandonando el idílico templo mecido por las aguas, escenario de lujo donde se ha desarrollado su educación sentimental (reproducción del monasterio flotante de Juson Pond, por si les da por preguntar en su agencia de viajes). ¿Pero estará preparado para enfrentarse al mundo?

Otoño. Y ya pasan factura los errores cometidos en vida, pues tres décadas son más que suficientes para comenzar a odiarnos, lamento intermitente por ese yo tan decepcionante que hemos resultado ser. Máxime cuando uno se sabe culpable de un crimen abominable... la huída le llevará de vuelta al único lugar que realmente conoce: las cuatro paredes donde su desencantado maestro lo acoge con asco, defraudadas las esperanzas puestas en su discípulo. Una justicia algo cómica vendrá en su búsqueda y recibirá una postrera lección de su anciano mentor.

El monje que no supo serlo sabe ya de pasiones y tempestades. Ha estado tan cerca de Dios como del Diablo. Va a dar con sus huesos en la cárcel, donde tendrá tiempo -demasiado tiempo- para meditar sobre errores y aciertos, vacilaciones y renuncios.

El invierno viene prologado por un cierzo inmisericorde, un viento cortante que a pocos se les ocurriría asociar con el cambio o el renacer interior. El ex reo vuelve al lago y esta vez no necesitará de una barca para alcanzar su centro: la superficie helada parece tenderle un puente conciliador, un camino con todo, resbaladizo que recorre con la seguridad de quién ha rumiado el peso exacto de su castigo.

La estación que cierra el año es la estación de la redención. El propio Kim Ki-Duk será quien cargue una vez más con esa dichosa culpa; recorrerá con ella la planicie en pos de la montaña mágica donde dejarla caer, donde desprenderse de una vez por todas de tan incómodo acompañante. Elevándose por vez primera en la película, tomando distancia respecto a ese pedazo de paraíso terrenal que para él lo ha sido todo.

...y el círculo se cierra.

Primavera, verano, otoño, invierno... y primavera es –en opinión de este aficionado a los pareceres precipitados–una de las películas que mejor ha sabido ilustrar la doctrina budista. Esta, junto al confucianismo y al taoísmo, han sido los tres pilares de la denominada "antigua sabiduría" en China y regiones limítrofes. Se trata de tradiciones muy complejas y en parte relacionadas, nacidas en una época de violencia y de crisis de poder (3).

Pero centrémonos en el budismo, la más "popular" en Occidente, merced a actores oligofrénicos con crisis de identidad. Las "cuatro nobles verdades" (4) de esta doctrina religiosa y filosófica son:

  1. Todo es sufrimiento.
  2. El sufrimiento tiene una causa.
  3. El sufrimiento se extingue o suprime mediante el nirvana.
  4. Hay un camino que conduce al nirvana.

Para ser un "hombre de provecho" (sí, fuertemente entrecomillado), basta con seguir las enseñanzas de Buda, condensadas en cinco mandamientos (hay que ver lo aficionadas que son las religiones a las reglas básicas): no mentir, no robar, no cometer adulterio, no matar a ningún ser vivo y no hacer uso de substancias embriagantes. Alguna de estas son quebrantadas por nuestro inconstante héroe (y por el 80% de los ingleses que veranean en la costa), aunque la causa de su sufrimiento no nos quede del todo clara. No es de extrañar, pues la mayoría de las escuelas del budismo llevan siglos tratando de enunciar esas leyes: las leyes que originan el sufrimiento. Cito textualmente: «la causa del sufrimiento fue identificada con la "sed" de existir, es decir con el ansia que produce apego a la existencia y origina nuevos nacimientos que perpetúan el envejecimiento y la muerte».

Ese motor vital, fuente inagotable de padecimientos, hace que nuestro protagonista que nosotros mismos no dejemos de "buscarnos problemas" a lo largo de la existencia. La necesidad de amar, de poseer, de prosperar... el budismo aspira a la anorexia de los sentimientos, al harakiri de las querencias. Ni que decirles tengo lo impracticable que me parece esta vía, como cualquiera que apele al misticismo -o castramiento vital- como camino de perfección.

Aunque quizás no importe tanto el lograrlo como el intentarlo: «el camino de purificación espiritual termina en la sabiduría, que consiste en ver las cosas como verdaderamente son, es decir, transitorias, perecederas, carentes de sustancialidad.»

Se asocia muchas veces este concepto con la anulación de las pasiones humanas: si nada nos interesa, si nada nos importa realmente, nada nos hará sufrir. No podría estar más en desacuerdo. Porque esas pasiones tan mal vistas por toda religión y erróneamente contrapuestas a lo que entienden por "virtudes" son, ni más ni menos, las que hacen hombre al hombre. Restrinjan sus posibilidades de padecer y verán eliminadas, de inmediato, sus posibilidades de amar. De ser.

El círculo, como decía, se cierra. Al alumno le tocará hacer ahora las veces de maestro, sea poco o mucho lo que él, a su vez, haya podido aprender en el insuficiente y brevísimo tránsito de una vida. Contará con alguien a quien pasar el testigo de nuestras carencias, de nuestras imperfecciones, en ese caminar ilusorio hacia el nirvana. Alguien, en definitiva, a quien poder educar para que cometa nuestras mismas equivocaciones aunque quizás, porqué no, en un orden distinto.

[Dedicado a Alex G. Calvo, retornando de su particular invierno].

(1) Ryan Mottesheard, entrevista a Kim Ki-Duk. http://www.indiewire.com/.
(2) Efectivamente, no he hecho más que copiar y pegar la filmografía disponible en imdb sobre el autor. Como siempre, los títulos consignados únicamente en inglés sirven para recordarnos que no han conocido estreno comercial en nuestro país.
(3) Extraído del folleto informativo que acompañaba la exposición "Confucio: el nacimiento del humanismo en China". Pudo verse en el CaixaForum de Barcelona del 27 de mayo al 29 de agosto de 2004.
(4) Enciclopedia de la Filosofía. Ediciones Garzanti, varios autores. Pág. 119.