| ¡NOS ENGAÑAN! (A VUELTAS CON EL CINE DE LA SOSPECHA) |
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«Si tu intención es describir la verdad, hazlo con sencillez y la elegancia déjasela al sastre». Albert Einstein. ¿La ética –quién sabe si la moral– necesita desesperadamente de certezas? ¿Son las seguridades –o la confianza en lo que nos dicen, en lo que nos cuentan tanto "los otros" como las personas más cercanas e imprescindibles– formas de apuntalar nuestro caótico presente? ¿Hasta qué punto somos permeables a la impostura y el disimulo? ¿No es la duda generalizada otra forma más sofisticada de confundir, de llevar a engaño? Instalados en la era de la incertidumbre. Nada nuevo: numerosos pensadores, críticos e intelectuales de canapé han abundado en esa pérdida de la inocencia por parte del lector, del espectador... un cambio en la forma de aproximarse al arte o a la realidad, convertida definitivamente en ficción reelaborada. Esa dicotomía se halla también presente en el cine desde sus comienzos, personificada en la opción supuestamente verista de los Lumière y en las alegres fugas lisérgicas de Méliès; cruce de carreteras que parecía escindir al cine -de un modo tan artificial y grosero como los géneros- en dos bandos irreconciliables. La pretendida seguridad que nos da la imagen (hasta no hace tanto tiempo, algo de lo que teníamos constancia fotográfica era algo "real", cierto) ha sido el caballo de batalla de numerosos movimientos, cruzados en pos de algo tan inasible como lo verdadero. El cinema verite, la nouvelle vague, el Dogma 95 y antes que todos el neorrealismo propugnaban justamente una "vuelta a los orígenes", una desprofesionalización del medio para lograr, justamente, involucrar mucho más al espectador, meterlo dentro de unas tramas que podrían tenerlo como protagonista. Pero... ¿nos aproxima eso a "la verdad"? ¿Es, por sí misma, siquiera deseable? ¿Tiene acaso mayor valor -en términos de representación- que la ficción? El público que abarrotaba los nickelodeones en aquellas sesiones pioneras -¿iban a ver el nuevo invento o a escuchar el piano que invariablemente acompañaba a las imágenes?- aceptaba de idéntico buen grado los reportajes exóticos y los sketches cómicos. Revisando ahora muchas de aquellas bobinas donde se rememoraban coronaciones de zares o grandes batallas marítimas -cine "serio"-, resulta que eran completos y rotundos fakes; puestas en escena cuidadosamente calculadas o zozobrar de embarcaciones recreado con ingenuas maquetas. En definitiva... mentira. Cuando hablamos de la democratización del cine -después de media década cohabitando con "lo digital", no parece que los cambios vayan a ser tan inminentes ni cruciales como presumíamos-, nos referimos más bien a la reválida del amateur, a la transformación del aficionado en autor. De hecho, uno de los primeros legajos que nos dejó el celuloide lo motivó la necesidad de un padre de inmortalizar a su retoño mientras comía... y visto casi 110 años después, continúa teniendo una extraña fuerza, una innegable atracción. Reconocida pues la potencia del cine para convertir cualquier acto -incluso el más cotidiano y en apariencia banal- en una representación sublimada y falsamente eterna, es evidente que los poderes fácticos («aquellos de los que nunca hablamos») no iban a tardar en adueñarse del invento, en adiestrarlo y dirigirlo a su mayor gloria, siempre con aviesas intenciones. Adentrémonos en El bosque (The Village, 2004. M. Night Shyamalan), una de las producciones más recientes que podría ilustrarnos sobre este particular. El concelebrante en esta liturgia del miedo -el director-, propone en cada proyección un juego bastante parecido en su perversidad al que organizan aquellos lares protectores con sus familiares y demás víctimas: agitar algo en nuestro interior –emociones de muy diversa naturaleza–, instándonos a aparcar nuestro raciocinio durante el periodo en que se prolonga la ceremonia (¿o trance?). Así pues, la cinefilia terminaría siendo una cuestión de fe, tan inexplicable como absorbente: un engaño edificado sobre otra falsedad que nos permite... ¿eludir la realidad? Pero... ¿qué ocurre cuando un tanto por ciento muy elevado de la población entiende que la realidad no merece ser vivida? No, este no es un brindis a favor de la alineación, es la simple constatación de un hecho. Porque es innegable que desde los medios de comunicación (alentados por esas instancias políticas a los que la mayoría, no lo olvidemos, rinden pleitesía) se nos habla de un planeta cochambroso y que amenaza ruina, asolado por guerras, fanatismos, miseria... lo que el protagonista de Collateral (id., 2004. Michael Mann) resumiría en su "nadie conoce a nadie", ese nihilismo de parvulario del que muchos beben y que les permite justificar parte de sus injustificables actos. Para nosotros, esa realidad novelada y televisada es tan "cierta" como cualquiera de las ficciones que llegan semanalmente a nuestro multisalas más cercano. El ojo que todo lo ve -aunque para nada nos ayude a entender lo que ocurre- nos nutre de imágenes emotivas, violentas, brutales, intrascendentes, pocas veces alegóricas, nunca imprescindibles. Decía Carl Bernstein que «cuando la televisión informa sobre algún hecho marginal, en ese momento deja de serlo». Hechos marginales montados para ser fácilmente consumibles, que sólo necesiten de un mínimo comentario en apenas 20 segundos por parte de un locutor que, a su vez, no hace sino leer las noticias que otros redactan para él. Hasta el mediador de esa "verdad" está condicionado... El menú Super Size de las televisiones erradica cualquier posibilidad de reflexión. Y la onda expansiva propiciada por esta cosificación de la imagen afecta, como no, al modo de ver cine o "lo que le pedimos" al mismo. Súmese a ello la sempiterna globalización, que nos permite tener prácticamente el mismo top ten de libros vendidos que los británicos, disfrutar de las mismas exposiciones que los franceses y compartir, a la postre, la misma información que los canadienses. Información no tanto manipulada –no nos pongamos paranoicos– como preparada, amasada por unas manos demasiado acostumbradas a moldear la harina... aunque sea de otro costal. En Triple agente (Triple Agent, 2004. Eric Rohmer), un personaje invierte media película en hablar, en contarnos su verdad o la parte de la misma que le conviene compartir con nosotros. Y lo que resulta sorprendente es que... nos aburre. ¿Nos estamos desacostumbrando a escuchar? La desorientación inicial deja paso a una actitud defensiva: nos sorprenden y creemos firmemente que lo que están haciendo es engañarnos. Otro ejemplo reciente: bandadas de tortolitos acudieron a ver Antes del atardecer (Before Sunset, 2004. Richard Linklater), para salir zureando (o cualquiera que sea el equivalente al cabreo en el reino de los trinos y las plumas) tras comprobar que se contaba una historia de amor en la ciudad más romántica del mundo... ¡a través de una conversación intrascendental, sin romance, sin glamour, sin violines de fondo! ¿Demasiado parecida a esas divagaciones que algunos ejercitan con su pareja? ¿En qué quedamos, pues? Las opciones "realistas" nos incomodan. Los personajes que se miran y no se besan, las caricias que no llegan, sólo insinuadas... sugerir ya no es nada "cool". Nos vamos al otro extremo: hoy en día se pueden intercalar hasta nueve coitos entre nueve canciones. Pero entonces (¡pobre Winterbotton!) le echaremos en cara al demiurgo que «no ha sabido explicar los vínculos emocionales de la pareja»... perdidos entre los límites de "lo representable" y la representación de los límites. ¿Límites, qué limites? Los que nosotros nos imponemos, se entiende. Volvemos a la desconfianza. En nuestros gobiernos, en nuestro ejemplar sistema. Spartan (id., 2003. David Mamet) o la inminente The Manchurian Candidate (2004. Jonathan Demme) –obviando otros argumentos claramente politizados, que tenían como horizonte final el 2 de noviembre y el trono de la Casa Blanca– abundan en la descripción del Estado como un Saturno dispuesto a devorar a hijos (incluido los bastardos), parientes, meros simpatizantes o incluso a un señor de Murcia que pasaba por allí. La corrupción en las grandes instituciones se da por sentada, ha quedado plenamente asumida. Y no hablamos tanto de una corrupción delictiva ("meter la mano en la caja", para entendernos), como de una podredumbre moral. Asimilado el lema de Maquiavelo (aunque continuemos desconociendo los fines, no descartamos ya ningún medio), han terminado por agotar nuestra capacidad de sorpresa: lo inconcebible es ahora factible, lo imposible, una casilla más a tener en cuenta en la semiesfera de la ruleta. Llegamos así a la más terrible de las imposturas: aquella que tiene lugar en nuestro propio hogar, en nuestro entorno más cercano. La terrible posibilidad la aborda una de las joyas de la temporada, Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004. Michel Gondry). Acostumbrados a ver invadido el ámbito de la privacidad de la mano de personajes que se prostituyen diariamente en la televisión, se nos había pasado por alto la posibilidad de que alguien desee prescindir del recuerdo de nuestra propia persona, violentando por siempre jamás algo tan inasible e intransferible como la memoria. Que para alguien, de repente, estemos de más. La eliminación de un recuerdo (provocado por el olvido o la enfermedad) me sigue pareciendo el más terrible de los accidentes que puede sufrir el ser humano. Quizás por eso exista el cine (el engaño): para hacernos creer que la felicidad puede encapsularse en menos de 800 megas, al alcance de la mano y el play del reproductor. ¿Es el arte algo más que un intento desesperado por "tratar de dejar constancia"? ¿De qué, si a la postre acabaremos todos a dos metros bajo tierra, junto a nuestra subjetiva verdad? Abocados a medio plazo a la desaparición (del mismo modo que el formato video deja paso al DVD... y así hasta el final de los tiempos), el cine ha logrado lo impensable: inmiscuirse en nuestros propios recuerdos, de tal modo que cuando la abrazamos entre el oleaje de la playa ya no sabemos si es ella o Deborah Kerr, cuando la conocimos, ¿dijo que se llamaba Amy?, ¿era Ilsa la chica del otro día, junto a la barra de "El limón negro"? ¿Qué hace esa madre gritándole al niño en plena calle, gesticulando al más puro estilo Anna Magnani? Para engañar a alguien hay que contar con algo mucho más importante que con su ingenuidad o inocencia. Es imprescindible contar con su consentimiento. No nos engañan. Nos engañamos. «La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés». Antonio Machado. |