| EL CINE ESPAÑOL |
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La realidad supera a la ficción«Dudo que alguien mínimamente exigente que vea películas españolas con asiduidad y perspectiva histórica pueda llegar a la pintoresca conclusión de que, como algunos dicen, y a lo mejor hasta padecen tal espejismo, nos sobra talento.» (1) Estaba deseando escribir este artículo. Me podéis creer. Un lector de Miradas de Cine, más o menos aficionado al cine, y más menos que más aficionado al cine español, no se puede hacer a la idea de lo que es estar pendiente de prácticamente todos los estrenos cinematográficos españoles de la temporada (2). Ir viendo, semana a semana, mes a mes, la horrorosa producción de cine patrio, acompañada además de unas temibles campañas publicitarias –sin nombrar la intimidatoria apisonadora maquinaria de Sogecable– y, lo que es más preocupante, la sumisión activa de la crítica cinematográfica a productos más precocinados que los congelados de un supermercado, inaudito incluso para los que pecan de amiguismo, o los que simplemente no ven diferencia alguna entre la leche y la horchata. A este cúmulo de despropósitos (e hijoputadas), se le puede añadir la consecuente dosis de ninguneo a los escasísimos productos nacionales dignos de interés. Parece ser que en este país si no eres nadie no te molestes en hacer cine, porque no sólo no se va a hablar de ti, sino que, si lo hacen, dará la sensación que te estén perdonando la vida. El tema de la crítica, como digo, me preocupa especialmente, pero eso ya será cuestión de estudio en los venideros números de nuestra revista, ahora permitidme equilibrar la balanza. Si antes he acusado directamente a la crítica de aplaudir películas indignas, igualmente tengo que reconocer, que una de las más manidas quejas de muchos de los directores que realizan películas olvidables al día siguiente del estreno es echarle la culpa a la crítica. Vergonzoso, pero cierto. Teniendo en cuenta que la crítica, como mucho, debe influir al 7% de los espectadores a la hora de ir a ver una película. Si esto es verdad, entonces ¿es condenable los que alaban por extrañas razones bodrios como Di que sí, Roma o Cosas que hacen que la vida valga la pena, porque influyen poco en el espectador? No tiene nada que ver. Mi queja hacia la crítica que se arrodilla ante cualquier productor, director, empresa, actor o actriz es derivada del atentado moral que eso presupone. No confundamos las falacias de unos, con las felaciones de los otros. Sin embargo esta es la visión de un urbanita de aquí integrado en el sistema. Intuyo que en Dusseldorf, Rótterdam, Lyón, Chicago y Montreal, la visión que poseerán sobre nuestro cine será de éxito absoluto en el 2004. ¿Cuándo si no España ha conseguido colocar dos de sus películas en las listas de lo mejor del año? ¿No se siente uno como cuando la selección nacional llega a cuartos de final en un mundial? ¿O cuando Induráin iba a conseguir otro Tour? ¿O cuando Penélope gritó Pedroooooo? ¿O…? ¿O…? ¡Por favor! El abanderamiento del arte es tan repugnante como la propaganda política disfrazada de entramado dramático, ya lo haga Sáenz de Heredia, Mariano Ozores o cualquiera de los muchos realizadores de Hay motivo. De hecho estoy en contra de este tipo de artículos que estudian el cine a nivel nacional, no como un estudio etnológico o antropológico, sino puramente nacionalista, y es que puedo entender que alguien sienta favoritismo por el cine japonés por encima del francés, o viceversa, pero creer que España va bien porque Alejandro Amenábar puede ganar un Óscar, es más o menos lo mismo, que creer que uno es medio rico porque conoce a alguien que le ha tocado la lotería, en fin, un pensamiento digno de Méndez-Leite. Pero centrémonos un poco más en los títulos y en sus firmas porque es relevante la constatación de la terrible calidad media del cine español: este año no sólo han estrenado nuestros tres directores oscarizados en activo –Trueba, Garci y Almodóvar– sino que también ha estrenado la gran esperanza blanca del cine comercial español, Alejandro Amenábar. Además hemos tenido coproducciones latinoamericanas con realizadores de la talla de Patricio Guzmán y Adolfo Aristaráin, y coproducciones norteamericanas con realizadores como Brad Anderson o actores como Robert DeNiro o Harvey Keitel. No se puede pedir más, el 2004 sobre el papel debía haber sido el gran año del cine español, pero a la hora de la verdad ¿qué nos queda? ¿Dónde están esas obras de arte que se aplauden con tanto fervor desde Fotogramas, la Guía del Ocio o Cinemanía? Hemos llegado a un punto que ya da igual si hay crisis o no en el cine español, pues está claro que si hubiera cuatro Mar adentro por año, no sólo no existiría dicha crisis, sino que además se obtendrían jugosos beneficios para productoras, distribuidoras, exhibidoras y prensa afín. ¡Qué más da que el film de Amenábar sea maniqueo, tramposo, de la peor lacrimogenia –cine de boticario diría Monterde–, aburrido, tan sutil como un pepino, con un guión tan estudiado que el academicismo deviene en un formalismo A (situación trágica) + B (situación cómoda) = C (satisfacción en el espectador), con un uso de la música garciniano y, por cierto, muy bien interpretado! Lo que cuenta es el resultado, y la realidad, es que Mar adentro, premios aparte, ha aguantado en cartelera el suficiente tiempo como para desbancar a producciones norteamericanas, lo dicho: ¡una obra maestra!. Si nos fijamos ahora en el resto de realizadores de renombre, no sólo han estrenado los oscarizados, figuras clave del cine español como Alex de la Iglesia, Jaime Chavarri, Felipe Vega, Carlos Saura y Joaquín Oristrell, también han estrenado con distinta suerte este año. Dejando El milagro de Candeal de Fernando Trueba para el párrafo que dedicaré a los documentales –donde ya avanzo, se encuentra el mejor film del año, de largo, de nuestro cine, De nens (De niños) de Joaquín Jordá–, nos quedan La mala educación de Pedro Almodóvar y Tiovivo c.1950 de José Luis Garci como los títulos de los realizadores de mayor renombre a nivel de galardones. De La mala educación ya hablé largo y tendido en su día, y hoy poco podría ya añadir, quizás sólo remarcar la peligrosa tendencia de Almodóvar, un realizador que por otro lado me suele parecer brillante, a repetirse, siguiendo la tendencia de otros laureados directores en festivales como Wong Kar-wai, Emir Kusturica, Tony Gatliff o Robert Guédiguian. Con esto no quiero decir que no me guste La mala educación, pero no me parece suficiente alabar un film por mínimos momentos plásticos de interés y un guión sólidamente construido. La emoción en el cine es algo más y de eso Almodóvar sabe bastante. Peor y mejor es el caso de José Luis Garci. Volver al cine del realizador de Volver a empezar es definitivamente un ejercicio exasperante. Es evidente que Garci se aprendió al pie de la letra “la política de los autores” y por ello no se desplaza un ápice de su posición como homenajeador de una época y un cine hoy en día totalmente desclasados. A priori este anacronismo cabezón del director del programa ¡Qué grande es el cine! podría resultar simpático, en especial, en este Tiovivo c.1950, que con todo lo poco interesante que me parece, sí que creo que es lo mejor que ha filmado Garci desde El crack. La dispersión narrativa y la baraja de múltiples argumentos y personajes hacen del último Garci un producto, como siempre en él, a contracorriente, y como siempre en él, repetitivo. No creo que Tiovivo c.1950 sea un mal film, en especial teniendo en cuenta su acabado técnico, simplemente me parece una obra irrelevante, una fotografía más de una época a añadir en el álbum de fotos polvoriento de la filmografía de José Luis Garci. ¿Cuáles son entonces los films de ficción realmente interesantes del año? Mejor reduzcamos el abarque de la pregunta: ¿Hay algún film de ficción interesante? Por supuesto que sí, interesantes hay muchos, pero logrados, inteligentes y, al fin y al cabo, brillantes, sólo uno: Nubes de verano de Felipe Vega. El reencuentro con el autor de El techo del mundo ha sido sin duda el gran momento del cine español de este año, un ejercicio paralelo, que no similar, a cuando en el 2003 descubrimos Las horas del día de Jaime Rosales. Su Nubes de verano, un ejercicio con imponente aroma al cine de Rohmer y algún que otro guiño a los entramados hitchockianos de Claude Chabrol, es un film excelente, sólidamente construido, con un guión inteligente y unas interpretaciones que desbordan naturalidad, que no realismo, que son dos cosas bastante distintas. Film ignorado por prensa y público, Nubes de verano radiografía la solidez de las relaciones a través de elementos difícilmente enjuiciables pero claramente perturbadores; diálogos sobre la tentación, el aburguesamiento moral o la compleja línea que divide la confianza, son ingredientes de una película mayúscula pese a su miniatura, una película que respira por sí sola, justo la antítesis de Mar adentro. Antes he establecido una diferencia entre Las horas del día y Nubes de verano, dicho hecho es debido a que el brutal film de Serrano se asemeja en filosofía más a otra interesante obra estrenada este año: Astronautas de Santi Amodeo. Este film, junto con El séptimo día de Carlos Saura y Crimen ferpecto de Alex de la Iglesia, serían lo más relevante del año dentro de la ficción de la cinematografía española. Pero más que alegrarnos porque Saura haya vuelto a encontrar cierta inspiración perdida durante buena parte de la última década, o por la confirmación de la madurez de Alex de la Iglesia como el gamberro comercial más interesante –y de los que mejor ruedan– del cine español, mi mayor sorpresa fue sin duda esa obra pop, descaradamente chillona y ácida que es Astronautas, donde Amodeo se aleja del tono amateur a lo Danny Boyle de El factor Pilgrim, y construye una tierna historia romántica/esquizofrénica, con algún que otro eco a uno de los mejores films del 2003: La flaqueza del bolchevique de Manuel Martín Cuenca. Amadeo indaga en la búsqueda de una estética llamativa pero eficiente y consigue retratar muy bien el que posiblemente ha sido el gran tema del año a nivel cinematográfico: la incapacidad de las personas –uno solo (2046), en pareja (¡Olvídate de mi!, Lost in translation ) o en grupo (El bosque, Whisky, Los increíbles )– para relacionarse con el mundo exterior, para funcionar en apariencia normal, lo que lleva a la incomunicación y a la soledad. Antes de pasar a los documentales, posiblemente un formato que ha dado más obras interesantes que el terreno de la ficción, quizás citar la simpatía que puede despertar el último film de Oristrell como realizador, Inconscientes, nada que ver con su guión para la terrible película de Manuel Gómez Pereira Cosas que hacen que la vida valga la pena, cuyo visionado, incluso para alguien descaradamente de izquierdas, provocan unas incontrolables ganas de votar al Partido Popular. La sorpresa que supuso descubrir que el debut de Pablo Carbonell como director, Atún y chocolate, en vez de derivar a terrenos propios de su amiguete Santiago Segura –responsable por cierto de alguno de los más irrelevantes films del año: Una de zombis de Miguel Ángel Lamata (curiosa, just for freaks) , Isi/Disi de Chema de la Peña (abyecta) y El asombroso mundo de Borjamari y Pocholo, de Juan Cavestany y Enrique López Lavigne (no he tenido valor para verla)– o a otros productos patrios tan olvidadizos como Torapia de Karra Elejalde –de nuevo otra apología del actor de La madre muerta por las drogas– o directamente productos cancerígenos como Plauto, recuerdo distorsionado de un tonto eventual de David Gordon y FBI de Javier Cárdenas; como decía, Carbonell, curiosamente, se halla más cerca de cierto espíritu a lo Berlanga que a cualquiera de las chabacanerías citadas antes. Atún y chocolate se descubre así como un film cuya falta de ambición choca con muchos logros formales, en especial, todo lo que envuelve la descripción de personajes, tanto principales como secundarios, y cuya globalidad, lejos de descomponerse, posee una cohesión tragicómica bastante encomiable. La productora Fílmax, que ya nos avisa sobre sus próximas bodrioproducciones: Rottwailer y La monja en sendos carteles-cameos vistos en El maquinista, filma su mejor obra de la mano de Brad Anderson, en especial por la solvencia de la cámara y la descarnada interpretación de Christian Bale. Poco más, al tratarse de un film de suspense altamente previsible, la historia se desinfla a las primeras de cambio. Romasanta de Paco Plaza aguanta mejor el tipo, aunque el estilo frío y distante del realizador de El segundo nombre se convierte en su mejor sello estético, pero también el principal punto para que el espectador no acabe de conectar del todo con su obra. De lo que queda hay de todo un poco, pero sobre todo mal cine. Quizás se pueden salvar partes de filmes como trozos de pastel: la apuesta argumental de Fuera del cuerpo de Vicente Peñarrocha (por más que luego no se explote), el hacer chufa de las etnias y del conflicto palestino-israelí en Seres queridos de Dominic Harari y Teresa Pelegri o los breves momentos en que aparece José Sacristán en Roma, este último, sin duda, uno de los films más sobrevalorados del año, y seguramente, lo peor que ha rodado el director de Martín (Hache). Y de películas como Di que sí, Mala uva, Iris, Cámara oscura o El año del diluvio… sinceramente, prefiero ahorrarme comentarios, que es feo que un crítico pierda la compostura Vamos con el mejor film del año, que ya toca hablar de los documentales: De nens (De niños) de Joaquín Jordá, y voy a empezar diciendo que peor no se podría haber tratado a esta película. Ninguneada por prensa, lastimosamente distribuida –únicamente en Barcelona y Gerona con una copia y no más de dos semanas en cartel–, la magnífica aproximación de Jordá al juicio del caso de pederastia del Rabal es una muestra más de los inhóspitos caminos de la no-ficción, siendo además un verdadero varapalo para todas las instituciones judiciales, un ejemplo de cómo ser punitivo sin ser ni estridente ni maniqueo ni sensacionalista. De nens es un viaje de ida y vuelta de tres horas de duración sobre cómo la realidad supera a la ficción y ni el lirismo más vanguardista puede suavizar la injusticia social; Jordá, como ya hiciera en la magnífica Monos como Becky establece un diálogo entre lo real y la representación, a través de vasos comunicantes no siempre cómodos o atractivos, punteado con canciones de Albert Pla, esta radiografía del barrio chino de Barcelona es perfectamente compatible con el gran último film de José Luis Guerín En construcción. Los últimos meses del lamentable gobierno del Partido Popular llevaron a gran parte del colectivo cultural del cine español a pronunciarse en su contra. Todo el mundo tiene derecho, desde mi punto de vista, a pronunciarse políticamente pero, por más que uno comparta ideología y carácter, eso no implica el poder disfrutar con esa gran tontería colectiva que es Hay motivo. Más cercano al panfleto que a una obra artística, este extenso catálogo de directores en contra del PP, construyen un seguido de cortometrajes a cual más absurdo, del que quizás salvaría el de José Luis Cuerda por mostrar de forma abierta las mentiras de Aznar, y también quizás el epílogo que realizó Diego Galán con la complicidad de la narración de Fernando Fernán Gómez a propósito de, de nuevo, la desfachatez de los gobernantes tras el trágico atentado del 11-M. Puestos a ponernos políticos, dejadme decir que 200 Km. de Discusión 14 o Perseguidos de Eterio Ortega Santillana me resultan obras mucho más interesantes, la primera, siguiendo la marcha de los trabajadores de Sintel desde distintos puntos de España para llegar a Madrid exigiendo lo prometido por el gobierno y nunca realizado; la segunda, la nueva producción de Elías Querejeta (recordemos Asesinato en Febrero, también de Ortega Santillana) abordando el tema del terrorismo, esta vez tomando el punto de vista de dos concejales amenazados por E.T.A. Para acabar tres documentales bien interesantes: Las cajas españolas de Alberto Porlan, Viaje a Narragonia de Germán Berger y El milagro de Candeal de Fernando Trueba. El primero fue una de las gratas sorpresas de la SEMINCI de este año, Porlan nos muestra un trabajo de años de investigación sobre el recorrido de las obras del Museo del Prado salvadas por el ejército republicano durante el final de la guerra civil. Una película minuciosamente construida, aportando multitud de datos y que pone de relieve, de nuevo, la injusticia para muchos de los que perdieron la guerra (argumento que es el centro de otro documental de este año: Rejas en la memoria de Manuel Palacios). Viaje a Narragonia es un interesante experimento producido por Héctor Fáver, que funciona tanto a nivel argumental (un grupo de desclasados viajan por el mar en busca de una utopía) como estético, una mirada radical sobre la rareza de lo humano, que Germán Berger, en su debut cinematográfico, nos ofrece con una opción moral sin ningún tipo de complejo. Film extraño, pero sugerente, pasó totalmente desapercibido para todo el mundo. El último Fernando Trueba sí que era un producto que esperaba con más ganas que menos, pues me resultan mucho más atractivos sus documentales (Mientras el cuerpo aguante, Calle 54), que sus obras de ficción. Además, un film en el que aparecen Bebo Valdés y Caetano Velhoso, ya tiene cierto atractivo de por sí. Sin embargo el viaje turístico de Valdés bajo la cámara de Trueba con el patrocinio de Carlinhos Brown acaba resultando tedioso, algo sorprendente, teniendo en cuenta que el film está continuamente animado por canciones más cercanas a uno de los héroes del Forum que al pianista cubano. (1) MARÍAS, Miguel. La culpa ajena. Cultural de El Mundo. 29-1-2004. (2) Aquí habría que decir que dentro de la exhaustiva recopilación de títulos nacionales para elaborar este artículo, hay algunas carencias, de las que cito las que creo más importantes: Héctor, de Gracia Querejeta, Lobo de Miguel Courtois y Horas de luz de Manolo Matji. |