| Actualidad: WHISKY |
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Elogio de la sencillezDemasiado acostumbrados estamos a dejar que el cine nos hipnotice con historias ajenas a nuestro devenir cotidiano; cuentos que, aunque a menudo se parezcan a los nuestros, e incluso a veces hayan sido vividos muy de cerca, vistos u oídos en algún medio de comunicación, siguen siendo las historias de otros, realidades con las que nos identificamos –en el mejor de los casos– sólo relativamente, pensando a lo sumo que quizás algún día podría pasarnos algo similar, suspirando seguidamente con alivio o languidez según sea la suerte del protagonista. Lo cierto es que, sea para darnos cuenta de que somos afortunados, o sea para descubrir que algo podría cambiar, el cine es para nosotros una experiencia atractiva por sus diferencias comparativas con nuestras vidas. Esa es la magia que emerge de la pantalla, lo sabemos perfectamente, y así lo asumimos con gusto al acomodarnos en el asiento de una sala oscura, de espaldas al caprichoso tragaluz. La vida tiene demasiados enigmas para dejar que nuestra imaginación o nuestros sueños se vean empañados con las incómodas preguntas sin sentido que se desprenden de nuestra rutina diaria. Mejor es que nos asomemos a la pantalla como a un mirador imaginario, una discreta puerta de acceso a un mundo en el que dejamos de vivir nuestros problemas para hacer lo propio con los de otros, personas –o más bien personajes– cuyas vivencias son, sino más interesantes, sí al menos más intensas que las que nos suceden la mayor parte de nuestros días. Pero no siempre es posible sentirse a salvo en el espacio que hay más allá de la cuarta pared, y a veces asistimos a la proyección de películas que nos hablan de nosotros mismos, de la sensación de tedio insoportable que a menudo invade nuestros días, y de los problemas que, por tristemente comunes, nos parecen demasiado insignificantes para ser representados en forma de película –¿quién no se ha preguntado si su vida podría resultar interesante para un guión? ¿cuántos piensan que sí?–. Y eso es lo que ocurre cuando vemos un filme de Kaurismäki, una película de Jarmusch o de Fernando León. Los personajes no viven grandes conflictos, y si es así, éstos no son lo importante en la narración. Lo que cuenta no es la dramatización de las situaciones, sino la de las emociones, las evidentes y las supuestas, sobretodo estas últimas. El drama interior que viven estos seres no es más que el que supone intentar sobrellevar las dificultades que la vida misma imprime en sus tristes miradas, marcados quizás sus recuerdos con el estigma de alguna desgracia ya pasada que pese a su importancia no suele ser protagonista por sí misma, sino que es sólo una muesca más en el conjunto de cicatrices que han conseguido ajar los desilusionados corazones de estos personajes. Whisky es uno de estos filmes. Su historia es la de tres personas: dos hombres y una mujer ya maduros, tres visiones diferentes de una misma realidad, tres opciones posibles de ver la vida a una edad en la que las ilusiones han perdido su brillo juvenil para convertirse en pequeñas gestas a conseguir para tratar de hacer los problemas más llevaderos. Jacobo (Andrés Pazos) es el dueño de una modesta fábrica de medias en Montevideo, un negocio familiar que le vino impuesto por herencia y que trata de mantener como buenamente puede. Marta (MIrella Pascual) es una de sus empleadas, la más antigua y la que ejerce de mano derecha indispensable para él y para el negocio. Ambos están solos en la vida, sus días se suceden lenta y silenciosamente acompañados de una mecánica rutina, coreografía de pequeñas acciones repetidas a diario y asumidas con los años como reacciones casi instintivas, a veces vividas individualmente, otras compartidas entre ambos durante las horas de trabajo en la fábrica. Este ritual de nimiedades es prácticamente el único lenguaje entre Marta y Jacobo, un vínculo secreto de silencios aceptados y asumida comprensión que ambos reconocen como el centro de su triste dependencia mutua. Un día, el hermano de Jacobo, Herman (Jorge Bolani) anuncia su llegada desde Brasil, país en el que vive desde hace años y en el que ha conseguido un relativo éxito profesional y personal. Herman vuelve para redimir la culpa que siente por haber huído años atrás en busca de un futuro mejor y haber abandonado así a su madre, recientemente fallecida tras una larga enfermedad, y a su hermano Jacobo, quien, a diferencia de él, eligió seguir con la modesta fábrica y cuidar de su madre, renunciando así al sueño del éxito conseguido por Herman. El conflicto, que es más bien una excusa argumental para el desarrollo de la trama, se produce cuando Jacobo le pide a Marta que finja ser su esposa ante Herman, intentando ocultar así a ojos de su hermano el fracaso que supone para él el haber llevado una vida triste y solitaria. Marta accede a ayudar a Jacobo, mostrando una vez más su lealtad hacia un hombre al que entiende por propia empatía, la amargura del cual sabe y reconoce como suya propia. Pero Marta no se conforma con su tristeza, y por ello ve en la alegría de Herman, en su vitalidad y su optimismo, una posibilidad de encontrar de nuevo la felicidad. Whysky habla de la soledad del ser humano, del hastío al cual puede conducir el rendirse a la amargura y a la incapacidad de enfrentarse a la vida por considerarla un rival demasiado poderoso. Y ni siquiera se trata ya de delegar en el azar la única responsabilidad de salir de este abandono existencial. Hay ocasiones en las que la suerte juega en favor nuestro, como le ocurre a Jacobo en un momento del filme. Pero un golpe de fortuna no es la solución al problema, y la felicidad no surge de la realidad material sino que ha de estar presente en el corazón del que la espera. Jacobo lo sabe, y por ello decide cederle a Marta una oportunidad que para él ya llega demasiado tarde. Morir en vida es el peor de los destinos y Jacobo, como los personajes jarmuschianos de Dead Man (1995) o Ghost Dog (1999) no es más que un ser que se mueve a la deriva esperando irremediablemente el momento de su extinción. Marta decide ser más valiente y, recordando en este caso a Ilona y Lauri en Nubes pasajeras (Aki Kaurismäki, 1996) o a María en Solas (Benito Zambrano, 1999) decide luchar por conseguir salir adelante, pensando con acierto que nunca es demasiado tarde. Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll son los dos directores de Whisky . Con tan sólo una obra en su haber, la espléndida 25 Watts (2001), estos jóvenes realizadores han conseguido volver a demostrar que el cine uruguayo tiene mucho que decirle al mundo. Lejos de ser una obra pesimista, pese a tratar un tema tan triste como la soledad humana, Whisky posee una sencillez y un sentido del humor exquisitos, consiguiendo a su fin dibujar en el rostro del espectador una sonrisa que es la prueba inequívoca de que el verdadero mensaje del filme ha llegado a su destino. La vida sólo tiene sentido si se conserva la ilusión por una felicidad posible, siendo ésta tan sólo el resultado de una actitud positiva ante la amargura dejada por los avatares vitales, parecen decirnos Rebella y Stoll. Lo verdaderamente importante en este filme, al igual que lo es en las obras de los realizadores comentados más arriba –o en las de otros que injustamente no menciono– es la meritoria capacidad de estas historias por hacer importante lo insignificante, por conseguir hacer del material de nuestra existencia cotidiana un relato atractivo e interesante sin necesidad de cambiar el más mínimo de los detalles. La dramatización, entendida ésta como estilización de las situaciones para lograr una mayor conexión sentimental con un público que, como ya hemos comentado, reacciona por rechazo o afinidad ante lo que ve, es en este tipo de filmes prácticamente inexistente, y las situaciones que en otras obras serían el centro de los conflictos dramáticos, quedan en estas ocultadas o reducida su presencia a las secuelas que se entreven en las personas que las han sufrido o a las consecuencias que estas situaciones han generado en sus vidas. Estos relatos asientan entonces sus bases en la disección, normalmente nada explícita y casi siempre adivinada o intuida por el espectador, de la piscología de unos personajes que no tiene nada de extraña o complicada, puesto que suelen ser tan extraños o complicados como nosotros mismos. La verborrea de los jóvenes de 25 watts, aunque igualmente desilusionados y desorientados como los personajes de Whisky, deja paso al silencio de éstos, un incómodo vacío sonoro en el que Jacobo se esconde para ausentarse quizás de un mundo al que siente ya no pertenecer, un silencio del que Marta huye refugiándose en otra habitación, manteniendo una conversación imaginaria cada tarde, a la salida del trabajo, con los personajes de las películas que ve en el cine, o jugando a hablar un lenguaje inventado a base de invertir el orden de las letras. Herman viene a suplir a esta especie de amigo invisible que Marta se había inventado para huir de su soledad y así, su presencia será para ella el detonante de un cambio poco probable pero al menos posible, y eso ya es mucho. Whisky es una obra sencilla pero que consigue cautivar desde su inicio, una pequeña joya en el cine de este año que ya termina sus días. Quizás, como se ha dicho, lo que cautiva de ella es la osadía de plasmar la insignificancia de unos fragmentos de vida cualesquiera a través de unos personajes tan "poco importantes" como nosotros mismos; en expresar, sin necesidad de contarlo, unos pensamientos sobre la vida que todos hemos compartido en algún momento en mayor o menor grado y que al fin y al cabo todos reconocemos. En definitiva, la magia de este filme está en hablar sin necesidad de decir nada, en utilizar el silencio como transmisor de las preocupaciones que asaltan a todo ser humano y que se reducen a una sola idea: las difícil tarea de aprender a vivir. |