Miradas de Cine No es fácil olvidar "Cahiers du Cinema"

Y volver. Después de más de un año de silencio, volver. No sé, la verdad es que no le encuentro ningún sentido a escribir aquí de nuevo, salvo el de la autoterapia, pero el caso es que quizás debía de volver, aunque sostenga firmemente la máxima de Frodo de que no hay regreso posible después de emprender el viaje.

El caso es que a veces existe un cierto vínculo de extraña admiración que te une a personas a las que nunca en tu vida has visto, y no sé, puede que en el fondo notes que son muy parecidas a ti, o que en otras circunstancias temporales y geográficas seguramente serian amigos muy cercanos y especiales. Cuando una de esas personas te pide algo, es muy difícil negarse, y es por lo tanto de esta manera, que se hace realidad un regreso imposible. Regreso que no se cuanto tiempo durará, puesto que una vez que abandonas un lugar, es para siempre.

Lo mismo me pasó con el cine. Mi amigo Sergio Zapatero lo tiene más claro, y dice que con el final de El retorno del rey, concluía la experiencia cinematográfica de su vida, puesto que sabía que ningún otro trozo de celuloide le iba a poder aportar nada más, ni más grande. Juntos habíamos vivido la espera de ocho años viviendo día a día, cada linea de guión, cada fotograma filmado por Jackson en Nueva Zelanda, y una vez concluido el viaje, volver a la sala oscura tras esa culminación, carecía de sentido.

Y siendo esta postura radical, algo de eso hay en mi alejamiento de las salas. Nunca he asistido tan poco a la cita oscura como este año, y lo poco que he visto me ha disgustado enormemente. Los vacíos que dejan las películas, son como los que dejan las personas tras una relación, y yo he sufrido ambos en un corazón que dificilmente sabe afrontar las ausencias y en un alma que nunca ha aceptado lo irreversible. El vacío que deja la emoción vivida un 17 de diciembre de 2001, cuando delante de mis ojos Hobbitton se hizo realidad, la emoción experimentada, dificilmente será superada por nada en una sala oscura en esta vida. Mis tardes con A., nuestras películas juntos en el sofá de casa, casi siempre abrazados, o nuestros paseos por la arquitectura de fantasía, nuestras conversaciones sobre cine y sobre la vida, son luego silencios que matan despacio por dentro…

Pero la vida sigue, y sigo pensando en la poca utilidad práctica de la crítica de arte en general, y de la de cine en particular, al menos más allá del comentario entre dos personas en torno a una taza de café, donde la experiencia en la pantalla es compartida y se enriquece mutuamente, donde el arte no es desmenuzado en un fútil ejercicio forense, sino vivido, aprehendido e interiorizado y por supuesto puesto en práctica para mejorar la vida de cada uno y su ser, donde la palabra biunívoco cobra vida. En este sentido, discutir sobre cine o sobre arte, me parece ya algo completamente carente de utilidad, si no está destinado a completar la experiencia del otro, o a mostrar puntos de vista que abran la mente y los ojos de la otra persona en un sentido distinto a aquel que el ve, pero siempre como opción, nunca como imposición.

No es mi intención, reafirmarme a mí mismo en lo sucesivo, hablando del trabajo de otros, sino creando yo algo, creando una realidad que no nazca con otro objetivo que no sea el de sentirme vivo y sentir que me muevo.

En estos años, he aprendido a amar y a odiar al cine por iguales, de tal forma que mentalmente he llegado a tatuarme cual cazador nocturno, las palabras Love y Hate en mis puños. El cine me ha dado mucho durante muchos años, a veces una razón para seguir adelante, y otras, simplemente las experiencias que yo no era capaz de vivir; pero como todo lo antinatural, eso ha tenido una dura contrapartida. El cine ha nublado de alguna manera mi entendimiento y me ha deformado notoriamente la conciencia de lo real. De esta forma, me he observado adquiriendo un sentido mucho más dramático respecto a los acontecimientos que se sucedían en mi, adquiriendo absurdas formas solemnes y trágicas propias del diálogo cinematográfico, y es más, las he observado en otros, que como yo, han vendido su alma al proyeccionista para sentirse elevados de la miseria en la que se desenvuelven sus vidas.

Cuando uno sigue solo, esta forma de ver el mundo, no puede ser más que anecdótica, pero el problema de confundir el cine con la realidad, se convierte en algo bastante complejo y poco recomendable en el caso de tener que interaccionar con el prójimo y no digamos ya de entablar una relación con alguien que no ha vendido su cordura a cambio de emociones enlatadas. Porque eso es lo que he hecho yo durante años, abrir una lata para cenar todas las noches, para no sentirme sólo, para no sentirme muerto… y atado allí, en la sombra de la caverna, he elucubrado con las sombras proyectadas del exterior, del mundo real.

Como todas las adicciones, y la cinefilia es una de ellas, como puede ser la de cualquier narcótico, uno vive y piensa para el siguiente estreno, el siguiente festival (una maravillosa reunión de cinéfilos anónimos sin intención de desintoxicarse sino todo lo contrario, de autoafirmarse), la siguiente dosis, y en verdad salir de la caverna platónica, se torna experiencia dura y traumática.

Eso sí, quizás me haya salvado el encontrarle una utilidad al cinematógrafo, la de a través de él, enseñarles a los demás a vivir. En ese sentido, el invento de los Lumière me parece la forma más eficiente de educar utilizando las propias trampas que el artefacto tiene. Si el cine basa su aceptación en la autoidentificación del individuo con lo que pasa en la pantalla tal y como creo, es fácil y casi irremisible construir el experimento "Ludovico" en el aula, con los niños perdidos, y de esta manera transmitir una serie de valores, de esos que ya nadie defiende, ni siquiera las iglesias y religiones.

En parte, me he sentido realizado, sobre todo, porque he conseguido conectar las imágenes de la caverna con la realidad, y utilizar de entre todas esas imágenes proyectadas, las que me servían para afrontar el mundo real, y para ayudar a los demás a afrontarlo.

No es fácil aceptar al inmigrante que se sienta a tu lado todos los días, sin saber de dónde viene, lo que piensa, o el viaje que ha hecho, y el cine, al menos, ayuda a meterse en su piel por un instante y a comprender al otro un poco más. No sé puede hablar de maltrato y violencia de género sin antes conocer a Osama, o sin sentirse como Carmen Maura ejerciendo de ama de casa en una España no muy lejana. Y ni siquiera se puede hablar del matrimonio o la adopción por parte de homosexuales, sin conocer el infierno por el que pasa un chaval de quince años, cuando descubre que sus gustos son diferentes a los de la norma establecida, y vislumbra las consecuencias que ello va a tener en una vida, que será desde ese momento, más dificil que la de los demás.

El cine, con una utilidad clara y positiva, no fantástica, ni de huida y evasión, ni distorsionante, sino ejerciendo un papel contrario para el que se creó, paradojas de la vida, en lugar de ayudando a evadirse de la realidad, ayudando a afrontarla.

Y sí, establecer esa conexión entre cine y realidad puede ser gratificante, nunca es suficiente, porque hay heridas que no curan, como aquella de La Cima de los Vientos, como la de la cinefilia. Soy consciente de que durante toda mi vida, añadiré mentalmente estrellitas a una película al finalizar una proyección, y de que al igual que Matt Dillon en el final de Drugstore Cowboy, añoraré esos atracones de drogas, que era el cubrir los festivales.

Nunca tendré una percepción exacta de lo que me rodea, puesto que siempre estará contaminada por las sombras vividas en el silencio. Y los diálogos a veces sonarán a películas de Garci, y todos mis amores siempre estarán comparados con el de Casablanca.

Es por ello, que humildemente pediré perdón a quien tenga que compartir su vida conmigo, durante poco o mucho tiempo, pediré perdón por confundir el cine con la realidad.

Como decía Aute, no es fácil olvidar Cahiers du cinema.