Miradas de Cine De niñas mágicas y guantes santificados

Hay (por más que muchos se enreden en discusiones clasificatorias) un cine argentino renovado. En los ultimos quince años han surgido numerosas películas de jovenes directores con estéticas, formas de narrar y temáticas novedosas. Si todos responden a un mismo núcleo creativo y representacional, si existe algo asi como un movimiento cohesionado que pueda ser nominado bajo un mismo rótulo, o si solamente es una burbuja efectista tras intereses de algun tipo, son cuestiones que han sugerido largos debates en la cinefilia argentina. Pero más allá de encendidas y solemnizadas diatribas, es de una evidencia incontrastable la irrupción en los años noventa de nuevas formas de mirar, hacer y pensar, en un cine nacional que apenas sobrevivía empantanado entre formalismos estéticos y tópicos redundantes.

Esto no significa necesariamente que el cine argentino pos noventa haya mejorado –o empeorado–. Significa que han sobrevenido cambios (que no es poco). Cambios que parecen encaminarse a delimitar un antes y un después de algo, pero que aún no se instituyen paradigmáticos. Entre estas tansformaciones (y adentrándome finalmente en la temática que quiero abordar), me centraría en lo que se refiere al distinto enfásis que se otorgó a la relación entre lo estético-formal y la narratividad, en los directores de la "nueva ola" argentina. Pero como este escrito no pretende ser un ensayo teórico cinematográfico, voy a contentarme solo con comentar dos films de estreno reciente (y casi simultáneo) en la Argentina, pertenecientes a este llamado "Nuevo cine argentino", y desde esos comentarios tratar de desentrañar algunas de las ideas antes sugeridas.

Uno es La niña santa, segundo largo de Lucrecia Martel, aclamada directora de La ciénaga. El otro, Guantes mágicos, del prolífico Martín Rejtman, uno de los precursores de la mentada nueva camada de directores.

Ambos films contienen una factura formal destacada. En otras palabras, otorgan a aspectos estructurales énfasis preponderante por sobre los narrativos. O en todo caso, la narratividad esta constituída predominantemente por dichos aspectos formales (cuidadas puestas en escenas, una cámara nunca encuadrando sin puntillosidad estética, diálogos en donde el cómo decir es más relevante que lo que se está diciendo, etc), más que por un desarrollo de una historia ventualmente intrigante, atrayente, cautivante. De todas formas, aunque en dichos planteos ambas peliculas parecen coincidir, se distancian en lo central: en una la operación artística funciona, en la otra no. (Funcionar, en el sentido de generar una cohesión, una unidad significtaiva medianamente distinguible, o vivenciable). Los elementos formales de un film, no podrían estar desligados de la historia que se intenta narrar. Al menos que deliberadamente se intente desligarlos, y tal desfasaje sea un elemento constitutivo en la construcción semántica de la obra. Esta (la inconsistencia entre forma y contenido –más allá del tufillo anacrónico que esta díada puede despedir–, entre estética y narración) es la problemática que más frecuentemente acosa al nuevo cine argentino.

La niña santa es un film desmembrado, pero no por eso inconsistente. Lucrecia Martel ha sabido en apenas dos films (sí, solo dos) engendrar un estilo propio (sí, propio). Ya en La ciénaga (quizás el mejor film argentino de los ultimos diez años) la fragmentación aparece como marca distintiva, como elemento constitutivo de una obra que es conformada por diversas historias que confluyen, en virtual conflicto, en un todo inarmónico (y por tanto vital). La niña santa mantiene este tono de tensión constituyente, para describir relaciones humanas no en menor grado de fragmentación, e individualidades al mismo nivel de desmembramiento. Una apuesta formal que en nada se desliga del relato intentado: fragmentos de historias que dan cuenta de historias (des)trozadas.

Un desgajado hotel de pueblo, una mediocre convencion de desairados médicos, niñas en su despertar sexual, madres menopáusicas en plan de divorcio, y un clima de constante incomodidad, de insalubre bienestar. La relación entre un médico cuarentón y una niña de doce, relación que se percibe (se sabe) prohibida, pero que no es así vivida por sus protagonistas, ni así entendida en la lógica de la comunidad retratada. Un desfasaje moral que no es más que la confrontación ética del espectador con el tabú. Lucrecia Martel engendra un micromundo donde estas relaciones son posibles, y si no logran concretarse, se debe a fallas comunicativas, o azarosas, nunca morales.

Un pequeño universo, de singularidades propias, a la vez que extendibles y palpables desde un estrato común, inconciente, preformativo. Relaciones que en su misma imposibilidad se fundan, crecen y mueren. Relaciones en conflicto infinito: la armonía es utópica, solo asequible por efímeros intantes, pero siempre augurando el fluir de una nueva contrariedad.

Guantes mágicos, por su parte, el último film de Martín Rejtman (en su haber Rapado –uno de los puntapie iniciales del "nuevo cine"– y Silvia Prieto), está centrada en la abúlica existencia de un remisero, devenido luego en importador de guantes (de presunta magia, por el dinero que redituaría el negocio), rodeado por un grupo de personajes, de similar inercia existencial que aquel. Y practicamente no mucho más puede decirse del argumento del film. Imposibilidad argumentativa (la mía) que no es más que una muestra de la operación que sostiene a la mayoría de los films contemporáneos argentinos (y no hay en esta sentencia, una aseveración valorativa).

Operación destinada, como ya fue dicho lineas atrás, a resaltar cierta estética, en desmedro del relato. Pero la instauración de esta operatoria no siempre logra desarrollarse, florecer. Guantes mágicos es un ejemplo de ello.

No es la primera vez que Rejtman utiliza a Vicentico (líder del grupo de rock latino –ex ska– Los Fabulosos Cadillacs) como protagonista de sus films. Por lo que es de suponer que no es la primera vez que Rejtman lo ve actuando. Convengamos algo: Vicentico actúa mal. Y no es problema suyo, el tipo no es actor, el problema es de quien lo elige, y elige, y no para de elegirlo. Pero aquí es donde la operación mencionada aparece con cierto esplendor: Vicentico actúa mal, es indiscutible, pero a Rejtman (a su cine) no le importa, es más, le importa (a su cine) que Vicentico actue mal.

Podría pensarse (mal) que estamos ante un cineasta vanguardista. Los problemas empiezan a emerger cuando entran "actores" a escena. Es decir, en determinado momento tenemos a gente que actua, y gente que no, en una misma escena: la inconsistencia infuncional resplandece. Porque no es un ejercicio de estudiantina proto cineasta ante mesa evaluadora, sino un largometraje estrenado en salas comerciales, es decir, gente paga para verlo. Y tampoco es (nunca llega a serlo, porque tampoco es su intención) una comedia satírica, donde la burla –el absurdo– funcione como elemento constituyente.

Es un film, que se ha abocado a retratar en imágenes la vida mediocre de un sujeto (cosa que en alguna medida podría haber funcionado, es decir, como película no hablada, ya que la factura estética es impecable), pero desde recursos que imposibilitan el ligarse con tal propósito, ante la falla de la primigenia condición que cualquier obra debería contemplar, como es la representación actoral (si es que se pretende que sea un film guionado con actores, como es la intención de Rejtman), de los personajes a representar.

Por otro lado, ambos films parecen estructurar la narración de manera similar. Es decir, relatar, desde el acumular anécdotas, desde el amontonar pequeñas escenas sin estrecha ligazón. Este cúmulo de "triviales" excusas –anécdotas– conforman, en el caso de La niña santa, un todo equívoco, ambiguo, indefinido, pero de cohesión empíricamente significante, vivencial.

Suma de charlas en apariencia intrascendentes, obtienen estatuto de observacion sensible de la realidad. Lucrecia Martel encuentra –descubre, delata– en conversaciones anodinas, gestos mínimos, y posturas corporales, huellas de verdad, de profunda e intensa humanidad. En Guantes mágicos, el cúmulo de situaciones fragmentadas es solo cúmulo, sin construcción conceptual, sin unidad aparente. Bajo la mirada de Martín Rejtman no conforman más que lo que son, intrascendencias acumuladas sin un sentido congregante. Un nihilismo experiencial y angustiante contra un nihilismo de salón, adolescente.

Nihilismo como temática común (tópico recurrente en este "nuevo cine", véase Nadar solo, Sábado, entre otras), como invocación a la nada instituida, que puede rastrearse además, en el tipo de relación que los personajes generan entre sí. En La niña Santa, la incomunicación se respira en el marco de la comunicación. La gente logra elacionarse, entrelazarse, pero sin ceder en su monolítica individualidad, nunca nadie consigue entregarse al otro, nunca la comunicación logra olverse comunión. La soledad como contexto basal, como cimiento ncuestionable. Y el intento por la relación, por la transacción con el otro, como esfuerzo vital, como única elección posible.

En Guantes mágicos el quiebre relacional también es evidente, los personajes solo hablan para sí mismos (incluso, o sobre todo, cuando están con otros). Hablan, como autómatas, no se escuchan, no se entienden, pero siguen juntos, la nada atosiga alla afuera. Problemas individuales que no parecen tener, por otra parte, conexion –articulacion– con un contexto –conflicto– social.

El concepto de una fundante incomunicación en las relaciones humanas actuales, es frontalmente encarada por el director. Pero curiosamente (aunque a esta altura no hay contingencia que valga) la incomunicación entre los personajes de la pelicula de Rejtman, se instaura por que cada uno solo parece ocuparse de decir su libreto, o sea, por los escasos recursos actorales desplegados. Fatalidad, pericia?, quien sabe, en el mundo posmoderno todos pueden ser artistas, y por tanto, nada merece –puede– ser criticado.

Un cine nacional que reverdece, una camada de jóvenes que hurgan por novedosas propuestas, un grupete de especialistas que se empantantan en eruditas argumentaciones, una masa de espectadores que sigue eligiendo siempre lo mismo, una pantalla que no deja de mostrar formas distintas de entender –e incidir sobre– la realidad, y una pontificada niña que ya –adulta– no necesita de mágicos guantes para provocar atención.