Miradas de Cine

Familia rodante y Un mundo menos peor.

Uno está en alza, el otro, en baja. Fácil fórmula (de metáfora financiera) para dar cuenta de dos de los más importantes exponentes de cine argentino actual. Uno, el que cotiza en alza, Pablo Trapero, estrenando su tercer largometraje, Familia rodante, certificando las expectativas puestas en él desde su primer film Mundo GrúA, revalidadas en su segundo, El bonaerense. Todas historias donde lo marginal (temática paradigmática del nuevo cine argento) es abordado aceptando la mirada subjetiva (muchas veces el estereotipo), sin hipocresías objetivistas, ni amaneramientos estilísticos. El otro, al que sus acciones en bolsa caen y no dejan de caer, Alejandro Agresti, estrenando Un mundo menos peor, otra obra (lejos de la genial Buenos Aires Viceversa) que explicita aun más su inesperado itinerario: de joven prodigioso a aburguesado cuenta cuentitos.

Hasta la próxima… y ya saben, agravios, adulaciones o sugerencias (además de posibles textos a ser incluidos en esta sección) a srusso@miradas.net.

Desde la primaveral metrópoli porteña, Sebastián Russo.

Familia rodante (Argentina, 2004). Escrita, dirigida y producida por: Pablo Trapero. Protagonizada por: Graciana Chironi, Liliana Capurro, Ruth Dobel, Federico Esquerro, Bernardo Forteza, Laura Glave, Leila Gomez, Nicolás López, Sol Ocampo, Marianela Pedano, Carlos Resta, Raúl Viñona. Producida por: Hugo Castro Fau, Martina Gusman. Fotografía: Guillermo Nieto. Montaje: Nicolás Goldbart. Dirección de Arte: Sergio Hernández. Vestuario: Marisa Urruti. Maquillaje: José Luis Catania.

Calor/familia/ardor. Ternura/familia/pesadumbre. Cualquier conjunto de características que se piense para definir la úlitma película de Pablo Trapero, tendrá la palabra familia, rodeada de alguna otra que denote regocijo y otra fastidio. La familia, presente como instancia mediadora entre el placer y el displacer, como institución anhelada, torturante, reivindicada, traumante: hogar y cárcel. Familia rodante se entromete con la célula estructurante de la sociedad, y lo hace desde un terreno dificil, el del estereotipo. Trapero construye una familia típica, con sus personajes típicos, y sus típicos conflictos. Pero el director de Mundo Grúa y El bonaerense hecha mano (filma, compone) y el estereotipo se vuelve recurso, táctica, mecanismo, nunca estigma. Insumo invaluable, aunque fácilmente resbaladizo hacia los senderos del cliché, del lugar común, sendas que Trapero supo (sabe) aprovechar (esquivar), jugando con y desde ellas.

Otros son también los (riesgosos) tópicos que Trapero aborda, promotores de no menos típicos cuestionamientos: ¿Cine costumbrista? ¿Populista? ¿Argentinista? Si por argentinismo entendemos algo así como resaltar, destacar cierta idiosincrasia argentina; si por costumbrismo, enfatizar aquellos aspectos que tienen que ver con los hábitos (como no decir "costumbres") de ciertos sujetos de cierto lugar; y si por populista resuenan propuestas demagógicas, que se llevan a la práctica apelando a temáticas conmovibles, fácilmente identificables: entonces estaríamos ante el famoso costumbrismo argentino de corte populista. Etiqueta que por ejemplo le atribuyen a las películas del bueno de Juan José Campanella (El hijo de la novia, El mismo amor la misma lluvia). Pero si de comparar se trata el más que bueno de Trapero sale (más que) a flote. A ver: los recursos estilísticos utilizados por Trapero son diferentes de los que Campanella pone a su disposición en sus films. Primerísimos planos (y no jodo, toda una pantalla de cine con la cabeza de una cotorra, la patita de la cotorra, una palanca de cambio, un muñequito), cámaras en mano que se mueven y tiemblan al compás del traqueteo de la casa rodante, composiciones poco tradicionales, planos estrechos y circunstancialmente desenfocados, una música que no solo acompaña –interrumpe, irrumpe, sacude, problematiza la imagen–, una edición de poética nerviosa: son algunos de los recursos que caracterizan la estética Trapero. Y no solo estética es la diferencia, aunque sea lo estético (o más precisamente lo formal) lo que otorga una significatividad particular a sus films, o a este, Familia Rodante, el del costumbrismo argentino. Esta impronta formal, sumada a una singular (personal, autoral) elección de momentos a retratar (mostrar, construir), genera una concepción fragmentada de la historia, una versión múltiple, subjetiva del relato. Así, la estética que propone Trapero, su forma (cinematográfica) de contar esta historia, coadyuva a la conformación de la misma, sin entorpecerla (con esteticidades vanas), ni auxiliarla decorativamente. Constituyendo una narración firme, de inexpugnable coherencia interna, que tropieza con huellas de una realidad contingente, y que se va construyendo, lenta, intrincadamente en la misma arena de lo "real", socavando los límites de la ficción, adentrando al espectador en la caótica vida de una familia cualquiera, identificable al instante, aunque de irresistible fascinación, generada por este juego cinematográfico que propone Trapero de mediaciones aparentemente invisibles (talentosa táctica del director de construir su propia desaparición, logrando que la historia fluya como si nadie la estuviera edificando).

Breve sinopsis (siempre útil): La abuela de la familia (abuela de Trapero en la real life) es elegida madrina de un casamiento que se llevará a cabo en la provincia de Misiones, y sugiere (obliga amorosamente) a sus hijas, yernos, nietos, y más, a acompañarla en el acontecimiento. Ellos viven en el Gran Buenos Aires, por lo que deciden desempolvar la casa rodante, y emprender el viaje todos a bordo del achacado vehículo. Las cosas (los 1500 kilometros dentro de la calurosa y no tan cómoda casa rodante) no empiezan bien, ni siguen, ni tampoco terminarán como la abuela hubiese deseado. Pero la familia es lo primero, así que los conflictos se transformarán en avatares, y a seguir tirando pa´ delante…

La construcción de personajes, es otra característica destacable de Familia Rodante (y del cine de Trapero) Anclados (dinámicamente) en el fragmentado mundo que les impone el director, ganan en complejidad, en indeterminación. Si los personajes de Campanella parecen arquetipos que llevan en sus espaldas el peso de su esperado comportamiento, los de Trapero lejos de afectaciones solemnes, y cargas morales, transitan como pueden las circunstancias que viven: con dudas, errores, probando, satisfaciendo deseos (a veces), reprimiéndolos (otras). La infidelidad, por ejemplo, como instancia disruptiva, pero incluida en el contexto familiar, moral. También el sexo, la atracción, el deseo, como irrefrenable impulso, aunque arrepentible, vergonzante. Relaciones humanas complejas, atravesadas por el deseo, el amor, el odio, pero negociando, viviendo, resistiendo, con presión (arterial), accidentes, revelaciones, contingencias. Todo apoyado en una lúcida elección de actores (la mayoría no muy reconocibles), de sorprendente gracia interpretativa, cooperando en la credibilidad de la historia.

Familia Rodante, es un homenaje a la familia argentina, sin caer en los típicos estigmas limitantes de una significación polifónica, rica, emotiva. La familia, tópico bastardeado por excelencia, tanto en cine como televisión, encuentra aquí, un espacio en donde redimirse, en donde explayar toda su (necesaria e intrínseca) contradicción.


Un mundo menos peor (Argentina, 2004). Guión y Dirección:
Alejandro Agresti. Protagonizada por: Mónica Galán, Julieta Cardinali, Carlos Roffé, Ulises Dumont, Mex Urtizberea, Lidia Catalano, Rodrigo Noya. Fotografía: José Manuel Cajaraville. Música: Philippe Sarde. Duración: 91 minutos.

La historia se sitúa en un lugar de veraneo, sin veraneo. En una de esas ciudades de veraneo, fantasmagóricas sin veraneo. Ciudades que ya deprimentes en verano, pueden producir un efecto demoledor en espíritus sensibles fuera de la época estival. Un fuera de época que podría también atribuírsele al Agresti actual (porque hubo otro Alejandro Agresti, el que irrumpió como enfant terrible en la escena local, con su Buenos Aires Viceversa, fundante en actitud, ruptura formal, y temática marginal, de los rasgos que luego caracterizarían al llamado "Nuevo cine argentino independiente") El Agresti de hoy día, y ya desde Una noche con Sabrina Love y Valentín, parece desear emular a cierto cine argentino ochentoso, cimentado en estereotipos y lugares comunes. Desdichado periplo "madurativo" el de Agresti, de joven talentoso y provocativo a gentilhombre aburguesado.

A la mencionada ciudad de veraneo (sin veraneo) arriba un trío de mujeres: madre (separada, depresiva, de progresismo –digamos– kirchneriano), hija mayor (en actitud de "nada me importa" –mientras Ale me siga convocando–, interpretada por Julieta Cardinali, de una preciosura igualable a su falta de justeza interpretativa), hija menor (en edad de preguntarlo todo) Y como estamos ante la última versión de Agresti, estos rasgos se remarcan hasta convertirse en indelebles patrones de conducta. Trío femenino que en cierta tensión interna, ha llegado en busca de un hombre: padre, esposo, ex militante, de apatía e indiferencia bordeando la psicosis (a la llegada al pueblo, veinte años atrás, se inventó –hasta creérsela– una historia negadora de su pasado proto revolucionario), interpretado por el bueno de Carlos Roffé (esta vez no haciendo de hijo de puta, evidenciando, además de su habitual intensidad interpretativa, ductilidad) Acercamientos cautos y relativos retrocesos, se irán alternando, hasta que la cosa (el ansiado reencuentro familiar) se resolverá tal como mi tía abuela podría haberlo sospechado.

Con Mónica Galán (como la esposa –siempre– despechada y depre), Ulises Dumont (siempre genial, interpretando a amigo fiel), Mex Urtizberea (en su acostumbrado papel de tipo atolondrado, gracioso y tierno), el mencionado Roffé (otro genio) y el nene de su anterior film Valentín –Rodrigo Noya– (ya un –fácil– recurso agrestiano, usado como muñequito generador de ternura y risa cariñosa) El elenco se completa con un ex combatiente de Malvinas, una pareja lesbiana, y muchas viejas chismosas.

Una historia principal (la del trío de féminas tras el padre/esposo), que en su andar se ve borroneada por historias secundarias que la atoran. Finalmente erigiéndose dentro del género de "historias entrañables", de amores (en principio) no correspondidos, con (intuible) corolario correspondencial brindado en cantina.

Deliberadamente emotiva. Repleta de clichés. Estrenada en plena primavera argentina, Un mundo menos peor (historia invernal en ciudad de veraneo), evidencia la fase otoñal (de marchita palidez) de un director que jactanciosamente supo prometer.