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El delantal de Lilí, La espera y Extraño |
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El veranito porteño apremia, pero los estrenos rioplatenses no cesan: El delantal de Lili es la última película de uno de los pioneros de eso que se dio en llamar Nuevo cine Independiente Argentino, Mariano Galperín (1000 boomerangs). Una historia que en su entrometerse en las posibles consecuencias trágicas del desempleo en la bendita era neoliberal, se acerca a El empleo del tiempo del francés Laurent Cantet. En no menos sintonía puede leerse La espera, película uruguaya de Aldo Garay, que tiene en el "tiempo", en su incesar y angustiante fluir, su tópico, como erosionador de cuerpos y espíritus (cercanía con el desgaste sufrido por los desempleados retratados por Galperín). Luego de un largo periplo por festivales internacionales (obteniendo el primer premio en Rotterdam) se estrenó en Buenos Aires Extraño de Santiago Loza. Uno mas de los jóvenes realizadores argentinos que laureados en el exterior deben sufrir mas de la cuenta para estrenar en su país. Escrito elaborado por Maximiliano de la Puente, quien se suma a este sucinto recorrido por la cinematografía latinoamericana, que es El Tunel. Hasta la próxima y ya saben, agravios, adulaciones o sugerencias (además de posibles textos a ser incluidos en esta sección) a srusso@miradas.net. Desde la pegajosa e irresistible Buenos Aires, Sebastián Russo. * * * * * * * El delantal de Lili de Mariano Galperín (pionero del renovado cine independiente argentino) puede pensarse en relación con El empleo del tiempo del francés Laurent Cantet (autor de Recursos humanos, 1999) Ambas retratan la caída (económica en principio, pero como puntapié de caídas morales, psicológicas) de individuos fatalmente sujetos a un orden excluidor, el neoliberal. Se igualan en el retratar esas caídas de forma sutil, progresiva, y así, angustiante, perturbadora: trágicas, insalvables. Un dar cuenta de los efectos devastadores en los espíritus (subjetividades) de individuos que se ven expulsados (mansa, cortésmente) del régimen social imperante. Régimen que (como todo régimen hegemónico) se presenta único posible, indiscutido, natural. Así, estos nuevos excluidos se ven forzados (trágicamente condenados) a atravesar un lento (penoso) camino hacia la indignidad, el auto menosprecio (ya que el cinismo del régimen hace que las víctimas sean vistos por otros –y así, por ellos mismos– como culpables de sus propias desgracias: no se habrán esforzado lo suficiente, no habrán escogido las mejores de las múltiples opciones posibles) Sinopsis brevesEl delantal de Lili (2004, Argentina)Lili es mucama. Ramón cocinero. Tienen una hija. Los une una relación casi simbiótica, se necesitan imprescindiblemente uno al otro. Se sienten fuertes, felices, el mundo que los rodea resulta innecesario para sus vidas. Pero ese mundo es la Argentina post menem (o sea, post progreso, post esperanza), y en ese mundo el trabajo es un bien de lujo, y como tal, un día lo consumen, se esfuma. Los primeros tiempos como desempleados parecen disfrutarlos: más tiempo para estar juntos, búsquedas laborales compartidas, micro emprendimientos que renuevan esperanzas. Pero se sabe, el trabajo dignifica, por lo que el desempleo dehonra, desmoraliza, desalienta, humilla. Y este es el tobogán (ya no el ancestral "sube y baja" arquetípico de una sociedad de movilidad social) que los arrastra hacia la progresiva insanidad, hacia el desequilibrio emocional, psíquico, moral. Afectando irremediablemente en lo personal y en lo relacional. La desesperación, en un in crescendo gradual, angustiante, socavante de espíritus –por más vitalistas que fueren–, lo abarca todo. Marco situacional que posibilita al menos potencialmente lo impensable, lo inaudito, lo atroz. El empleo del tiempoVincent se ha quedado sin trabajo. Pero no se lo ha dicho a nadie. No puede hacerlo. Prefiere que su vida, para la mirada de los otros –anhelando un ficticio "para sí" estructurante–, simule no tener cambios. Pero para esto, debe armar un sutil pero abarcativo entramado de mentiras. La farsa, que comenzó como un pequeño engaño, se transforma, al mantenerse en el tiempo, en una inescapable y trágica historia. En ambos casos el abandono de la actividad laboral, conduce a un desbarranque –más allá del "económico" esperable– moral (las normas sociales se vuelven difusas, los parámetros colectivos, indicadores de las mínimas condiciones sociales de convivencia, se vuelven perturbadoramente, involuntariamente, ambiguos), en paralelo con un desbalance psíquico (los ejes internos de los sujetos tambalean, y cualquier acontecimiento es traducido borrosamente, irracionalmente) Silenciosas caídas que no son evaluadas ni en los cotidianos (mediáticos) comentarios, ni en los datos oficiales sobre desempleo, marginación, exclusión social. Caídas (en paralelo) que complejizan un drama que suele entenderse estadístico, momentáneo, trasvasable. Caídas que al extremo se vuelven fracturas, irremediables fragmentaciones de subjetividades, que difícilmente atraviesen la tormenta (si es que deja de llover) sin secuelas, sin huellas indelebles que modifiquen por siempre su status no solo ciudadano, sino humano. Lo humano, descarnado. Lo cultural (referido al desbarranque moral) en suspenso. Una dignidad que sin parámetros comparativos se nubla, se disuelve. El hombre, en su descarnada esencia, arrastrando vestigios de sociedad, como pequeñas (pesadillescas) actuaciones tipificadas. Un grotesco involuntario de actuar a ser –aun– individuo, ser social, parte de un algo, perteneciente a un entramado, a un colectivo. La dignidad, apareciendo como lo humano, lo intrínsecamente humano. Precisamente desde su carácter social, de relación. No ya el dinero, no ya las pertenencias objetuales, la dignidad, el ser alguien ante otros, ante uno mismo. El ser algo, con algún tipo de relación con el contexto en el que se es (o intente ser, de forma esperanzada) La angustia, el ahogo, el agobio, como signos de un mundo ultra competitivo, en donde el temor de ser excluido del sistema, paraliza mentes, satura discernimientos, y desvaría sentidos. Afiebradas críticas a los efectos perniciosos de la actual sociedad mecanizada y tecnificada sobre el alma humana. Obras que se sitúan en la confluencia de lo social y lo individual. En cómo uno se imbrica en el otro, y viceversa. En cómo las presiones sociales (en relación al prestigio, el status, la exigencia, la vergüenza) promueven la eclosión en aquellos que no pueden sostener el ritmo competitivo impuesto por la sociedad de mercado. Y en cómo estas mismas estructuras sociales se reproducen y ordenan, a partir de las masas que quedan excluidas. Francia. Argentina. El drama humano que une. El drama de los despojos (humanos) de un neocapitalismo despojado de inquietudes humanitarias. La espera (Uruguay, 2002)El tema de La espera (film realizado por Aldo Garay, y estrenado este año en Buenos Aires) es el tiempo. Un tiempo que deteriora, erosiona, socava. Minutos que avanzan ineluctablemente y acaban por cambiarlo todo, pero nunca de forma abrupta, sino silenciosa, inocentemente. La espera actúa como un péndulo que tiene predestinado su detenimiento, pero que mientras tanto juega a la eternidad. Y ese jugar, en ese mientras tanto, no es otra cosa que la vida. Pero no todos juegan de la misma forma, claro. Hay quienes proponen y construyen juegos, otros que simplemente juegan, y otros que apenas se asoman a observar el juego de otros. Los personajes de La espera, sencillamente aceptan las reglas de juegos, participando taimadamente. El tiempo, su transcurso, como parámetro de un algo por hacer, por soñar. Una expectativa sumisa que comienza por horadar bríos, ímpetus, y culmina por fracturar espíritus, dignidades. Una madre y una hija. La primera postrada por imposibilidad física, la segunda también postrada, aunque su impedancia es actitudinal, emocional. Entre ellas (además de una relación desgastada, inercial) hombres. Varones que ocupan el lugar de la pasión, de lo indómito, lo vital. Ellos no esperan, actúan. Entrelazamientos idílicos derivarán en continuos achaques a una ligazón sanguínea (parental) cada vez menos congregante. La unión filial como destino trágico: enfermizo y estructurante. Entreverando: el tiempo, fatídico, avanzando cruel. Socavando lentamente el entendimiento, la comprensión, la tolerancia: parámetros elementales del lazo social. El tiempo, erosionándolo todo, borroneando la lucidez, esfumando dignidades, palideciendo existencias. La espera y El delantal de Lili, dos producciones rioplatenses que circundan temáticas cercanas, desde estéticas diferentes, pero propuestas ambas arriesgadas, resueltas con talento. Un cine que navega por intereses que surgen de cotidianeidades propias de ciudades castigadas por un desigual reparto económico, y sus consecuencias en las subjetividades de sus habitantes, pero que se erigen como historias de tinte universalista, afincándose en problemáticas del ser, y su relación con otros. Laurent Cantet filmó (además de El empleo del tiempo, 2001) Recursos humanos, que narra sucesos (ligados a insensibles reducciones de personal en fábricas, en tiempos neoliberales) del mismo modo ocurridos en Buenos Aires y Montevideo. Una coincidencia que solo es feliz, por el hecho de formar parte de cinematografías que se ocupan de narrar el registro de lo sensible hoy. Sebastián Russo Extraño (Argentina, 2003). Escrita y dirigida por: Santiago Loza. Protagonizada por: Julio Chavez, Valeria Bertucceli, Raquel Albéniz, Chunchuna Villafañe, Jorge Prado, Eva Bianco. Producida por: Ana Laura Bonet, Francesca Feder, María Galarza. Fotografía: Willi Behnisch. Montaje: Ana Poliak. Dirección de Arte: Alejandro Taubin. Sonido: Perfecto de San José, Martín Grignaschi. Duración: 81 minutos.Intensidad. Para empezar a hablar de Extraño lo primero que se me ocurre es esa palabra: "intensidad". Asistir a la proyección de Extraño es una experiencia absolutamente intensa, sutil, delicada, "humana" (aunque me pregunto si este último adjetivo tiene algún tipo de valor o de connotación que no sea totalmente repugnante, en un país que desapareció para siempre como la Argentina) Una sinopsis de la película diría: Axel, un hombre, médico cirujano, deja su profesión. Abandona también a su hermana y a su sobrino, con quienes vive, para irse a vivir con una mujer desconocida, embarazada, sola. Se establece un vínculo entre ellos. ¿Amor? No. No y sí. No, porque no estamos hablando en este caso del típico amor romántico de pareja. Sí, porque estamos hablando aquí de afecto, compañía, contención (usted elija el adjetivo que más le guste), cuando pensamos en la unión que se establece entre ellos. Unión frágil por cierto. ¿Pero qué unión no lo es? Unión y frágil deberían ser sinónimos. Para ellos. Para todos. Algo próximo al amor es lo que los une, podemos decir. Algo próximo. Algo. Podemos también decir de Extraño que es una película de vínculos. Entre Axel y Erika (la mujer embarazada), pero no solamente, sino también entre personajes, entre "personas", con contradicciones, con deseos, con dolores, con historias, con (otra vez esa maldita palabra) "carnadura humana". Decir que es una película. Eso podemos decir. Que lamentablemente es una película. Nada más que eso. La película asume el punto de vista de Axel, acompaña su dolor silente, o su lucidez silenciosa, como prefiera (usted elige el orden). Pero también, y sobretodo, la película es el tiempo que tardan en desarrollarse cada una de las confesiones que los personajes que rodean a Axel le hacen a él, ante su impasible e imperturbable mirada. La mirada del que sabe que se acabó todo hace tanto tiempo que ya ni se acuerda. Nada. Ni lo que se acabó. Ni cuando se acabó. Nada. Película tímida, en palabras y en gestos, nos dice su director, Santiago Loza. Y uno está tentado de agregar: película maravillosamente tímida, insoportablemente tímida, en gestos, en palabras... palabras que recuperan su valor frágil, sutil, misterioso, imposible de desentrañar, pequeño regalo de estos interminables tiempos finales, para los que todavía tienen la suerte de poder ir al cine. Una cosa más: la fotografía de la película, totalmente al servicio de la narración, aporta lo suyo al clima del film, con algunas de sus escenas fotografiadas casi en la absoluta penumbra, quizás por eso mismo tan conmovedoras. Maximiliano de la Puente |