Miradas de Cine Dia 02. 20 de Septiembre de 2002

Antes que nada, me gustaría pedir disculpas a nuestros lectores, por haber empezado esta crónica un día después de haber empezado el festival, con lo que en principio, los films proyectados en la apertura, van a quedarse sin ser analizados, aunque prometo hacer todo lo posible por recuperarlos, cosa que se presenta difícil dado el cúmulo de films que este año se presentan en el festival. Dicho esto, empieza la crónica:

El primer film visto por este corresponsal ha sido la obra de Farhad Mehranfar The Winter Song, seleccionada para la Sección Oficial del festival, el film vendría a ser un paso más del cine iraní –que junto con la cinematografía india parece estar viviendo un redescubrimiento por parte del mundo occidental, por otra parte, no algo exenta de esnobismo- en su plena continuidad de cine denuncia, de estilo sosegado y naturalista, con un sentido del humor dulce y humilde, tanto a la hora de reír como a la hora de hacer llorar.

La obra de Mehranfar está más cerca de Abbas Kiarostami que de Jafar Panahi, aunque no llega a las cotas de silencio y reflexión del realizador de El sabor de las cerezas. De hecho, si pudiera conseguir una pócima que diera como resultado The winter song, habría que añadir una porción de Kiarostami y otra de Zhang Yimou, y es que el sentido de la belleza como representación de la inocencia, tan habitual en Yimou, entronca directamente con la obra de Mehranfar, en especial, todo lo que podría ser la primera parte de la maravillosa Ni uno menos (sin embargo Mehranfar elude todo tipo de tragedia que pueda llevar a la lágrima, todo es más contenido, más suave, más dulce…).

Por supuesto este no es un film fácil para el público (las fugas de la sala fueron continuas), pues se trata de un tipo de cine que pide especial atención y cariño por parte del espectador y no es hasta estar desarrollada la película que empieza forjarse un interés más hallá de la cinefilia, para entrar en terrenos de lo metalingüístico. Así, el film de Mehranfar va creciendo a medida que avanza el film, tanto éstetica como formalmente, hasta llegar a un final donde la belleza se hace presenta para el deleite de nuestros, más bien atrofiados, sentidos.

Sin duda el film del día ha sido la espectacular 24 Hour Party People del brutal Michael Winterbottom, presentada en Zabaltegi, el film es una obra atractiva e imaginativa, y aunque no se halle exenta de discontinuidades, resulta toda una alegría volverse a encontrar con un realizador como Winterbottom. Su film, es un homenaje en toda regla al nacimiento del sonido dance críado en Manchester (por favor, no confundir con el tecno) y al culto de los pequeños freaks (y no me refiero a los artistas, si no a productores, músicos y ayudantes, estos monstruos, verdaderos rebeldes imaginativos dispuestos a todo para conseguir su ideal vital y, por añadidura, musical, se encuentran reflejados a la perfección en el papel de Tony Willson (un cachondo Steve Coogan), una figura que fue tanto marioneta como marionetista de los grupos que apadrinó) que idearon el punk, lo mezclaron con el rock y el pop y acabaron por convertirse en íconos culturales, desde Sex Pystols a New Order, pasando por todos los caminos posibles: Iggy Pop, The Clash, Join Division… y un largo etcétera que de alguna manera enlazaron la música con las drogas de diseño y diversos derivados del éxtasis, pasando por el sempiterno vicio a la cocaína y el más puro culto al hachís y la marihuana.

Winterbottom fotografía el film como si de un falso documental se tratara, aunque se halle basado en hechos reales, conjugándolo con algo de recreación histórica y con mucha dosis de comedia (el personaje principal es simplemente delirante, un filósofo de concierto punki, que igual cita la Biblia que a El hombre que mató a Liberty Valance, y cuyo innegable talento siempre parece tapado por un halo de exquisita esquizofrenia), todo ello rodado en una gama de cromatismos y estilos visuales muy acelerados, a medio camino entre Oliver Stone y Lars Von Trier, pasando por la batidora de Darren Aronofsky, quedando así un resultado muy modernista, que bueno, a algunos complacerá y otros, en cambio, lo odiarán.

Guste o no guste, la realidad es que Winterbottom saca ventaja a muchos realizadores coetáneos, y estoy pensando en otros apasionados por la música como Alan Parker y Stephen Frears, y se ha labrado una filmografía, que pese a tener una variedad genérica y temática que podría parecer incoherente, consigue dotar a todas sus obras de una exquisitez (evidentemente variable en función del film) tanto formal como estética, aunque varíe formatos y esquemas en cada film, realmente brillante. Y es que desde Jude a Wellcome to Sarajevo o desde Wonderland a El perdón, ustedes apunten…

Interesante también parecía la obra The Sea Watches de Kei Kumai, presente en la Sección Oficial, basada en un guión, atención, de Akira Kurosawa, inspirado en los relatos del escritor Shuguro Yamamoto, que el realizador de Los siete samuráis tenía en mente rodar cuando le sobrevino la muerte. Así, como mínimo, es de alabar que un realizador como Kumai se enfrente a heredar dicho proyecto, aún sabiendo la consiguiente comparación y, por lógica, defenestración de su film a favor de lo que habría hecho Kurosawa. Pero como eso a mí, me importa más bien poco, no pienso ni nombrarlo, pues me parece una tontería establecer este tipo de comparaciones, entre realizadores, además, tan distintos.

Hablando sobre el film cabe decir que Kumai no llega a controlarlo en ningún momento de la narración. Así como sobresale en el film una cuidada estética, con una dirección artística impresionante, recreando un pequeño barrio de burdeles de una isla de japón a la perfección, con un tono repleto de fantasía y alegría, y también se puede apreciar el buen gusto del realizador al situar la cámara, así como la correcta labor de los intérpretes, el film no acaba de funcionar. ¿Por qué? Sencillo, la obra está estructurada en tres actos, que prácticamente se situan en un mismo escenario, un burdel donde conviven cuatro geishas más la dueña, posee un primer acto maravilloso, muy bien llevado dramáticamente y en el que se descubre a un Kurosawa más femenino que nunca, al construir diálogos entre jóvenes repletos de vida y alegría, se explica la desilusión de una de las jóvenes por salir de ese trabajo y llevar una vida estable con un joven samurai del que se ha enamorado.

Realmente el film pintaba bien, hasta que se abre el segundo acto y aparece un flash-back de cartón piedra con intención de emocionarnos, que resulta totalmente irreal. A partir de ahí la película se pierde, hasta el punto de que sólo se recupera el interés cuando se abre el tercer acto, donde interviene el mar y la lluvia, pongamos, como protagonistas principales. Pero nada, era un espejismo, al final el clímax nos remite a lo emotivo cuando cae en lo ñoño y piensas que qué pena, no pudo ser.

Aún así, el film de Kumai deja buenas imágenes y recuerdos, en especial el ya comentado primer acto, y algunas instantáneas, como los dos jóvenes batiéndose a muerte bajo la lluvia, o cualquiera de las escenas que comparten las jóvenes, transmitiendo un humor, como si fueran chiquillas inocentes, y no mujeres dedicadas al servicio del hombre.

Voy a dedicarle pocas palabras al último film visto hoy por este paciente corresponsal. Presentado en Zabaltegi, Vylet (Some secrets), es una muestra de lo terrible que puede ser a veces ser corresponsal. Una película checa, dirigida por una debutante Alice Nellis, que bajo el disfraz de “road movie” con humor negro, nos presenta una “horrible (leer jorribel) movie” con ningún tipo de humor, o vaya, un humor con el que se podrían entender desde los espectadores de Cine de Barrio hasta los seguidores de Torrente (que no son pocos).

En fin, un placer. Mañana más y mejor (PPA).