Miradas de Cine Dias 08 y 09. 26 y 27 de Septiembre de 2002

He de reconocer que siento debilidad por Roman Polanski, así que cuando me enteré que en el pasado festival de Cannes, el jurado presidido por David Lynch, le entregaba la palma de oro a su film El pianista, me sentí orgulloso de que por fin se premiara a un realizador tan atrevido e interesante como el polaco. Hoy, una vez visto el film, uno no puede dejar de asombrarse por la exquisita sobriedad que destila su film, y es que sí algo le faltaba a los últimos films de Polanski, prácticamente desde Macbeth a La novena puerta, era una cierta tendencia del realizador a caer en el exceso formal, en algunos casos más sosegado, como en Frenético o La muerte y la doncella, en otras más acusado, como pueden ser Piratas y Lunas de hiel. Por eso, y aunque admiro mucho la figura de este realizador, siempre he preferido su etapa inicial que llegaría a su máximo con la genial La semilla del diablo, y donde realmente encontramos a un Polanski más comedido y sobrio, como en las magníficas Cul-de-sac, El quimérico inquilino y Repulsión.

Por suerte, para el cine y para nosotros, los que amamos el cine, Polanski ha sabido encontrar la difícil ecuación que conlleva el equilibrio dramático y la riqueza estética. En El pianista no sólo se hallan algunos de los mejores momentos del cine de Polanski, si no alguno de los mejores momentos de la historia del cine moderno. Escenas como en la que aparece el pianista Szpilman haciendo como si tocara el piano pero sin poder hacerlo y con el uso de la música no diegética para enfatizar el momento (si tocase el piano hubieran descubierto su escondite y lo habrían apresado) o en la que ya un casi catatónico Szpilman mueve de forma casi esquizofrénica sus manos golpeando el aire con sus dedos, mientras se halla en pleno delirio por el frío que tiene y el hambre que pasa, demuestran hasta que punto Polanski tiene pleno dominio del arte que usa, confirmándose no sólo como el gran autor que ya era, si no como un perfecto ebanista conocedor de la técnica y de las emociones humanas.

Sería, por otra parte, no hablar de El pianista sin referirnos a su protagonista, el espectacular Adrien Brody (excelente elección de Polanski, en un film plagado de caras desconocidas), que en la segunda parte del film, prácticamente es el único personaje de la historia y siempre actúa en silencio (como he comentado antes, él se estaba escondiendo de las tropas nazis que invadían Varsovia), con lo que su interpretación es puramente física, consiguiendo transmitir cada ápice de dolor o alegría que el protagonista va experimentando en su cautiverio.

El realizador de Tess filma el sufrimiento del pueblo judío de una manera mucho más realista que no la realizada por Steven Spielberg en su La lista de Schindler, film que tiene muchos puntos en común con El pianista, y que en su comparación (que ya se sabe que son odiosas) sin dejar de ser el buen film que es, si se descubre a un Spielberg más edulcorante (otros lo llaman directamente manipulador, pero ya se verá en el estudio del mes que viene todo mucho mejor explicado), pues allí donde Spielberg situaba pequeñas dosis de comedia en su film, Polanski, sin ser tan grandilocuente y sí mucho más intimista, se inclina por no mostrar ni un solo comentario fuera de lugar, haciendo del entramado del film una tragedia verista de lo ocurrido, sin héroes ni falsas esperanzas. Polanski rueda el dolor en su estado puro y jamás cae en la tonta lacrimogenia, dejándose llevar únicamente por la desesperación. En fin, un film espectacular, que sí merecería el aplauso de todos los que disfrutamos del cine como parte esencial de nuestras vidas.

En otro orden de las cosas, el último film visto por este corresponsal en el visto para sentencia 50 Festival de San Sebastián, se trata de una comedia negra alemana llamada Baby, que firma el realizador novel Philipp Stölzl, que en su currículum posee la dirección de videos musicales de Madonna y Garbage.

Su film presentado en Zabaltegi, resulta una película anodina en la que una lolita fatale decide llevar por el camino de la amargura a sus dos padres, acostándose con el que no es su padre biólogico y quedándose embarazada. El camino, obsceno y digno de las peores secuencias de Torrente, hacen del exceso su propio arte, o en otras palabras, esta película es un desastre y no tiene nada de atractivo, a no ser que se trate de su protagonista femenina (presente por cierto en el pase de El pianista, donde también se hallaba el agente de la CIA que investigó el caso Galíndez, pura anécdota), Alice Dwyer.

El patetismo que se desprende de la visión de estos personajes puramente paródicos, no dejará de tener su público, especialmente en su país de origen (supongo que si pasaran Torrente en Berlín, tampoco le gustaría a nadie, aunque si no he oído mal, Olvier Stone en persona felicitó a Segura por su Torrente II Corrupción en Marbella), donde les hará gracia por sus guiños y bromas zafias. Aquí, ni gustó, ni gustará.