| Dia 01. 18 de Septiembre de 2003 | |
| El 51º Festival Internacional de Cine de San Sebastián se ha inaugurado este año cargado de problemas. A la consabida apropiación de títulos de máximo nivel de la que hace gala Venecia, con dos secciones competitivas, restando títulos de envergadura que puedan aterrizar en el Zinemaldia, dejando una Sección Oficial, a priori poco atractiva, de la que esperamos obtener alguna que otra sorpresa para nuestra supervivencia cinefílica, se le ha sumado la problemática de la deserción del presidente del jurado, Chazz Palminteri, que ha alegado que no podía viajar a Donosti por que está preparando su nueva película, y una polémica algo absurda a propósito del documental de Julio Médem La pelota vasca, la piel contra la piedra, que ya entraremos a juzgar cuando la hayamos visto (por que Mikel Olaciregui ya ha asegurado que se verá, por más que se empeñen en boicotearla). Así que, sin intentar disimular mi tristeza, pues siento una especial simpatía y adoración, ya no por el festival, sino por la propia ciudad y la gente de Donosti, no me queda más que pensar que hay que intentar disfrutar al máximo todo el tiempo que pasemos aquí, deseándole lo mejor a la organización del festival y esperando que bajo tanto título desconocido, se esconda alguna que otra sorpresa para alegrarnos los atracones fílmicos. Hoy se ha abierto la Sección Oficial del Festival con un film de Fernando Pérez, realizador de la bastante irregular La vida es silbar (Goya a la mejor película hispanoamericana en 1998 a mi no me miren, que yo no soy de la Academia), titulada Suite Habana. Cómo ya he comentado, la Sección Oficial de este año anda coja de títulos relevantes, de hecho, si quitamos las producciones nacionales (Te doy mis ojos / Icíar Bollaín, Noviembre / Achero Mañas y En la ciudad / Cesc Gay), básicamente nos quedan dos films de interés: El último Rivette, Histoire de Marie et Julien, y el film del realizador surcoreano Bong Joon-Ho Sa-lin-eui chu-eok (no tengo en cuenta las producciones en Sección Oficial fuera de concurso: El misterio Galíndez de Gerardo Herrero y, sobretodo, Open Range, el último western de Kevin Costner). Suite Habana ha sido recibida con aplausos en el pase compartido de prensa y público (ya se me había olvidado que en estos pases se aplaude prácticamente todo), ignoro si porque el respetable se alegraba de que se acabara la película o porque realmente este experimento en formato documental les habría convencido. Fernando Pérez hereda de su film precedente el gusto por la comunicación no hablada, centrada en los diferentes sonidos urbanos que se puedan hallar en el día a día de un ciudadano cualquiera de a pie, junto con diferentes fondos sonoros, más o menos melódicos, intentando crear una especie de documental musical, donde lo que cuenta es el sentimiento que se desprende al contemplar acto y sonido sin una vía de narración plasmada en un guión propiamente dicho. El retrato de un corpúsculo de gente de La Habana (ciudad maravillosa, de la que resulta extremadamente fácil enamorarse), está teñido de sinceridad, y conjuga el contexto miserable en el que deambulan los personajes, junto con el optimismo con que intentan afrontar la vida -así es el pueblo cubano, que te saca sonrisas de donde sólo hay piedras y lágrimas-. Un proyecto noble, pero al fin y al cabo, aburrido. Tiene cinco minutos buenos de los 84 que dura, justo el momento en que se anuncia la canción "Suite Habana" y se sincroniza una orquesta con los ruidos habituales urbanísticos, es el momento 100% musical, de un documental de interesantes intenciones pero de letárgico resultado. El dúo James Ivory-Ismail Merchant, que llevan ya casi diez años ofreciendo films de calidad bastante deficiente en comparación con sus primeras obras, en especial Una habitación con vistas y Lo que queda del día, ha decidido avanzar dos siglos de golpe y abandonar sus habituales producciones decimonónicas, para construir una comedia romántica (dichoso género que casi nadie sabe utilizar con inteligencia) repleta de altibajos, de donde sobresale un reparto tan simpático cómo el encabezado por las cuatro actrices principales: Naomi Watts, Kate Hudson, Glen Close y Stockard Channing. El film, titulado Le divorce, narra las desventuras de dos norteamericanas en París, viviendo sus correspondientes fracasos sentimentales, que le sirve a Ivory para comparar ambas culturas, norteamericana y francesa, quedando la segunda bastante malparada. Sin duda lo mejor de la cinta es este desparpajo en criticar el estilo de vida a la francesa a través de sus códigos éticos y sus leyes "medievales", mucho más interesante que las relaciones sentimentales de sus personajes, que tan pronto resultan simpáticos, como tremendamente desagradables. La mejor parte del film, se haya a mitad de la cinta, justo después del intento de suicidio de una de las protagonistas y el vergonzoso clímax final -Ivory hace parecer a Matthew Modine un actor de tercera clase con un papel totalmente desquiciado y fuera de lugar- (en el que de repente aparece la voz en off de la protagonista, en una suerte de Amélié, bastante ridícula), donde ella misma parece tomarse a broma, e Ivory parece entender que cuando no se tiene una buena historia y sí buenos actores, lo mejor es dejarle el film a ellos, que con cuatro diálogos ya te alegran una cinta, coja de sentido dramático -tan sólo la secuencia en el restaurante con toda la familia reunida, ya justifica el visionado del film-. Por cierto, Le divorce, presenta un press book de lo más original, donde dentro de un bolso de papel rojo, regalan al periodista un bonito tanga rosa. ¿Se acuerdan de la ceremonia de la última ceremonia de los Goya? ¿Y de las manifestaciones que hubo en contra de la guerra? Porque de lo que sí se acordarán, es de que ha habido una guerra en Irak, y que nuestro estado ha ayudado a que esta tenga lugar. Pues bien, casi como un último grito para que a nadie se le olvide el mes y medio de manifestaciones que hubo justo antes de que los EEUU invadieran Irak, inclusive la polémica ceremonia de los Goya, el realizador Joaquín Oristrell, ha querido filmar en imágenes una ficción que recupera la lucha vivida en esos días, por aquellos que estaban en contra de la guerra y se atrevieron a decirlo en voz alta. Por supuesto, esta, ante todo, sincera propuesta llamada Los abajo firmantes presenta cosas interesantes a parte del mensaje implícito y gritado en pantalla, pero es este el que le da sentido a la misma, aunque ya de poco pueda servir. Oristrell, que ya trabajó el mundo del teatro en su anterior cinta, la interesante Sin vergüenza, filma a un pequeño grupo de teatro que decide leer un comunicado en contra de la guerra el mismo fin de semana que se entregaban los Goya más atrevidos de la historia de los mismos. Rodada en digital y con cámara al hombro (todo el film tiene un aroma a Dogma bastante interesante), Oristrell deja a sus actores improvisar y estos -Javier Cámara, Juan Diego Botto, Elvira Mínguez y María Botto- cumplen con creces sus pequeños papeles con sus correspondientes matices, para que la obra intente ser algo más que un "No a la guerra", si se quiere ver, maniqueo y subjetivo, pero evidentemente, necesario. Aunque sólo sea para que en la distribución internacional, se sepa que en España no somos todos Aznar, y para que dentro de cuarenta años queden aún grabadas las imágenes de esos Goya que tan poco gustaron al gobierno, TVE y La Razón, y que al fin y al cabo no sirvieron de nada de cara a las pasadas elecciones. Los abajo firmantes tiene momentos para todos los gustos, quedando quizás algo en evidencia al reflejar al grupo de espectadores fascistas, pero cumpliendo con creces cuando ataca con saña al gobierno, la tele basura, las tradiciones hispánicas absurdas (esa cabra tirada desde el campanario) y las propias relaciones humanas dentro del mundo del teatro. Esta claro que la trama del film al final queda ninguneada por las ganas del director de implantar su discurso, que se ve, como el resultado de la rabia y la impotencia que muchos españoles sentimos al ver a nuestro gobierno apoyando dicha invasión. Está claro que el tiempo conservará el film de Oristrell más por su carácter anecdótico que por sus valores fílmicos, pero bueno, cómo mínimo, te ofrece un digno empate (no sé si a Pumares, crítico de La Razón opinará lo mismo que yo). Por último, déjenme dedicarle dos líneas a un film totalmente horrible llamado Supertex, de, apúntenlo, por que les prometo que no van a volver a oír hablar de este director en la vida: Jan Schütte. Bien, este Supertex, no sólo es una película aburrida y mala cómo una descomposición gástrica, sino que es un verdadero insulto a la inteligencia de todos los visitantes que acuden al Festival en busca de cine mínimamente digno. No puedo comprender como este telefilm, este engendro de la cinematografía, ha podido pasar las pruebas de un comité de selección. Pero bueno, no sufran, esta película no se distribuye por aquí ni aunque sean las últimas latas de celuloide que se conservan en el planeta tierra. Mañana más y, esperemos, mejor: The station agent de Tom McArthy, El misterio Galíndez de Gerardo Herrero y Uzak de Nuri Bilge Ceylan (PPA). |