| Dia 08. 25 de Septiembre de 2003 | |
| Ya a las puertas del cierre de este festival, uno empieza a sentirse triste por tener que dejar de vivir la alegría de ver de cuatro a cinco películas al día, ir corriendo a casa para escribir la crónica, dormir de cinco a seis horas y vuelta a empezar (no es ningún logro, hay gente que duerme aún menos aunque luego las recupera en el cine). De repente, tras ocho días de festival, ahora resulta que se hace corto, vaya, que debería durar otros diez más, reduciendo el número de películas por día, hasta que uno se acostumbre a ver una sola película al día ya veréis el delirium tremens que nos entra a toda la prensa el sábado cuando ya no queden películas por ver. Menos mal que ya queda menos para Valladolid. Buen día de cine en Donosti, probablemente un preludio para lo que vendrá mañana en el que podremos ver, por fin, el último Zhang Yimou, en el que un film ha brillado con especial interés: el último Bernardo Bertolucci, The dreamers. Ya ampliamente comentada y, en general, aplaudida cuando pasó por Venecia -recuerdo una más que entusiasta aclamación a la actriz principal, Eva Green, a cargo del programa Días de Cine-, The dreamers nos devuelve al mejor Bertolucci de los últimos quince años, una obra no sólo representativa de los acontecimientos acaecidos en París en 1968 -de hecho, las escenas finales de la película en las que se contempla una manifestación desde dentro, es de lo más pobre de la cinta-, sino erigida como una obra cumbre de la cinefagia contemporánea. El realizador de El último tango en París homenajea desde el primer fotograma de la cinta, tanto al cine que nació en el París de los 60 -perfecto guiño al principio de la cinta, con imágenes de la lectura de un manifiesto a cargo del actor Jean-Pierre Leaud, imitándose luego en la ficción por el mismo actor, envejecido unos cuantos años-, como al cine clásico en general, y toda su primera hora es una cita continua de películas y realizadores por parte de los protagonistas, con un singular montaje que intercala los films de los que hablan con imágenes de los mismos (hay de todo: Fred Astaire y Ginger Rogers, Charles Chaplin, Jean-Luc Godard, Howard Hawks, Marlene Dietrich ). Creerme, es una pura delicia para el cinéfilo de corazón, el contemplar tanta cita cinéfila, en una historia de amor carnal y desmedida a tres bandas, realizadas por la mirada de un Bertolucci de pura vocación artesanal. Es una cinta que respira cine. Los tres intérpretes principales llevan bajo sus hombros los juegos cinéfilos y sexuales de la cinta con gran solvencia. Michael Pitt, Louis Garrel, y sí, sobretodo una maravillosa Eva Green, que inunda la película con sus desnudos naïf y sus andanzas sexuales, derrochando alegría y sensibilidad a cada paso de fotograma. Posiblemente, el final de la cinta, algo atropellado e inconexo, descoloque tras dos horas de pura digestión fílmica, pero no por ello logra maltratar el resultado global de la misma. Si Eva Green ha conquistado a todo la sala de prensa por la tarde, por la mañana ha sido otra Lolita francesa la que ha llevado de cabeza a todo el personal (espero que no me esté quedando una crónica muy masculina, si es así, lo siento por ello pero no puedo controlar demasiado mis pensamientos). Hablamos de Ludivine Sagnier, y el film, Swimming pool, del realizador francés François Ozon, que ya había dirigido a Sagnier en Gotas de agua sobre piedras calientes y 8 mujeres (aunque nunca tan exuberante como en esta cinta). El film de Ozon posee varias caras que acaban conjuntándose quedando un híbrido genérico muy propio del realizador galo y no exento ni de calidad ni de simpatía. La protagonista de la cinta, una espléndida Charlotte Rampling, interpreta a una escritora de best-sellers que se refugia en una casa en el campo donde convivirá con la hija de su jefe (y se presume, ex-amante), una joven aficionada al sexo rápido con extraños y con un secreto extraño escondido. Por eso, tras un arranque calmado, la cinta luego se convierte prácticamente en una comedia (cuando se da el juego entre amantes), para posteriormente entrar en un terreno algo escabroso, no del gusto de muchos, pero para los amantes del suspense y los films de género, seguro que disfrutan más con Swimming pool que con cualquier Ozon anterior. El film, que fue visto en la Sección Oficial de Cannes, ya fue citado en su día por la buena interpretación de Rampling. A Cesc Gay lo conocíamos por su interesante debut en Hotel Room, pero sobretodo, por la multipremiada Krámpack (recordemos, premiada en la semana de la crítica de Cannes del 2000), y hoy ha presentado en Sección Oficial su última realización: En la ciudad. El film, nacido a medio camino entre la horripilante Solteros de Cameron Crowe y un film ochentero de Woody Allen, es un film de personajes y sus historias entrelazadas, narradas sin ningún efectismo y, sí, tratadas con la máxima sobriedad posible, sin forzar ninguna situación, ni llevar a la estridencia ningún contexto (fallo típico del cine nacional). Cesc Gay se mueve a sus anchas por la Barcelona más cool (Gracia, Gótico, Rabal ) y dibuja historias desiguales, de las que dependen mucho la calidad de sus intérpretes, a destacar: un excelente Alex Brendemühl, un sobrio Eduard Fernández y una torturada Mónica López. La siempre interesante Leonor Watling aparece brevemente en el film, y cojo las palabras del director para describirla: "Cristina (su personaje) es como un sueño. De esas cosas que solo pasan en las películas". Siguiendo una linealidad ejemplar En la ciudad se guarda sus formas más contenidas para sus relatos más arriesgados, y acaba funcionando de manera apaciblemente óptima, en especial, con un final abierto, un acierto sin fisuras del realizador, que entiende que en las historias corales es imposible empezar y acabar todos a la vez. Una puerta abierta a futuras producciones nacionales de, como mínimo, interesante valor. Por último vimos hoy (también en Sección Oficial) Crepúsculo rojo, una cinta del realizador (para mi desconocido) argentino afincado en París Edgardo Cozarinsky, protagonizado por Marisa Paredes y Bruno Putzulo, este último visto en el último Jean-Luc Godard, Elogio del amor. Filmado en digital con asfixiantes colores cálidos, la película pretende ser una reflexión sobre (apuntar): la búsqueda o erradicación de las raíces, la adolescencia perdida, la ética en la vida, la venganza tras años de búsqueda, las falsas esperanzas, la conciencia de la existencia de la muerte y, vaya, mucho más para el espectador interesado en un tipo de cine arrogante, pedante, insultante y mangante. Es aburrida de cuidado, confusa en su narración y chillona en su estética vaya, un clásico inapelable dentro de veinte años para los Cahiers dú Cinemà. En fin, mañana ya el último día, tomen nota: Hero de Zhang Yimou y Open Range de Kevin Costner ¡¡¡un western!!! (PPA). |