Miradas de Cine Dia 01. 17 de Septiembre de 2004

Cañonazo de salida

La vida, en ocasiones, es extraña de narices. He de reconocer que la combinación que ha hecho posible que me halle, un año más, en esta ciudad de belleza perenne que es San Sebastián, en un estado más que febril –del que supongo daré buena cuenta en esta primera (y esperemos que no única) crónica–, ha sido la más rocambolesca de los últimos seis años. Estar de nuevo en un festival, aunque sea en un lamentable estado de forma, he de reconocer que constituye toda una experiencia casi erótica, y es que, además de poder satisfacer nuestra naturaleza yonki con la pantalla grande, el regresar a San Sebastián implica encontrarse con buenos amigos –algunos además buenos profesionales–, disfrutar del contacto con los autores –la rueda de prensa de Woody Allen ha sido una de las mejores a las que he asistido, y podéis creerme que el asistir a estos actos no es algo que me agrade especialmente, dado el altísimo nivel de mentecatismo que hay entre buena parte de los periodistas acreditados– y además de enterarte de filtraciones tan interesantes como las que he podido escuchar casualmente en un bar: que Tropical Malady y The Brown Bunny estarán seguramente en el próximo festival de Sitges… seguro que mi desnutrido compañero–cronista Manu Yáñez se lleva una buena alegría.

Pese a todo, el escepticismo que poseía frente al festival de San Sebastián no había decaído a lo largo de agosto, cuando se hizo publica la interesante sección oficial, pese a que esta contara con nombres como Woody Allen, Robert Guediguian, John Sayles, Adolfo Aristaráin, Michael Winterbottom, Goran Paskaljevic, Victor Gaviria e Istvan Szabó, entre otros; y es que los dos últimos años la calidad media de los films presentados en dicha sección dejaba bastante que desear (ya ni recuerdo el título del horrible film que ganó el año pasado la Concha de Oro). Sin embargo, por el arranque del festival –y no creáis que mi pasión es fruto de la enfermedad derivada de los inconfesables excesos–, yo diría que este va a ser uno de los mejores de los últimos años, y es que solo con los tres films con que he podido combatir hoy, puedo avisar que la cosa se pone muy seria: Vera Drake de Mike Leigh, Nuestra música de Jean-Luc Godard y, esto sí ha sido una sorpresa, Melinda y Melinda de Woody Allen, nos han hecho poner en pie de alerta, a no ser que este sea el mejor día de todo el festival y a partir de aquí se deshinche.

He de reconocer que siento, como tres cuartos de mundo, una especial devoción por Woody Allen, por más que creo que desde Desmontando a Harry su filmografía ha ido cayendo en picado, rozando extremos tan lamentables como La maldición del escorpión de Jade o Un final made in Hollywood, aunque su último film estrenado en nuestro país hasta la fecha, Todo lo demás, recuperaba un cierto encanto del Allen pasado, que pese a todo, no era suficiente como para firmar la renuncia del divorcio. Por todo esto, el visionado de Melinda y Melinda, que ha sido el film que ha abierto el festival, ha resultado toda una revelación: Allen, no sólo recupera su más ácida mordacidad y sus réplicas más destructivas, sino que construye un film que recupera la experimentación a nivel formal que podían tener películas tan diferentes como Annie Hall, Maridos y mujeres, Otra mujer o Desmontando a Harry. La película conjuga dos vías de narración para una misma historia, pero rodada con distintos actores –con la excepción del personaje de Melinda–, ambos relatos arrancan al igual que en Broadway Danny Rose desde una conversación entre amigos en un bar discutiendo sobre que representa mejor a la vida, si la comedia o la tragedia. Así la misma historia se nos revela en paralelo, una en clave cómica, otra en clave dramática –hay que reconocer que a medida que avanza el metraje ambas empiezan a poseer más similitudes que diferencias, con lo que la premisa pierde algo de fuerza–, poseyendo una gran cantidad de rimas estéticas que ayudan tanto para crear bromas metacinematográficas, como para conjugar elementos internos del relato sin que sea necesario exponerlo por duplicado. Además, el film juega con una baza que se me ha revelado como una verdadera sorpresa, y es que un actor que hasta la fecha me había parecido tan cargante como Will Ferrell, literalmente, borda un papel que sin duda habría sido de Woody Allen hace treinta años. Ferrell, que evidentemente participa de la parte cómica del relato, se hace suyo el guión de Allen y llega a construir gags verdaderamente antológicos.

Con la sonrisa en el rostro tras disfrutar del film de Allen, y entre visitas a la farmacia y a los bares de la zona, nos adentramos en el último film de otra de nuestras debilidades: Mike Leigh, cuya Vera Drake viene directamente de Venecia, donde se ha alzado con el León de Oro a la mejor película, por delante de films presuntamente mejores (pienso en Hsiao-Hsien o en Miike) y por delante de películas tan sobrevaloradas como la española Mar adentro. Pese a conocer parcialmente la filmografía de Leigh, donde tiene películas tan incontestables como Naked o Secretos y mentiras, este realizador se nos antoja más que interesante –pese a que haya más de una voz que lo tilda con los mismos exabruptos que a Ken Loach–, y aunque de su último film estrenado hasta la fecha, Todo o nada, me queda un magnífico recuerdo de su media hora final, no lo es tanto el que poseo del resto del film. Participando de esta tesitura Vera Drake posee un cierto parentesco con Todo o nada, es un film que se toma su tiempo para presentar personajes y contexto, y llegando al final del film, tiene al menos un par de escenas realmente memorables –de nuevo, los actores (y su dirección) en Leigh son básicos para ello, tanto Imelda Staunton como Phil Davis, resultan escalofriantes en sus roles–, pese que este se alargue en exceso cayendo en una reiteración algo molesta. Film que destila emoción por fotogramas, se nos antoja menos maniqueo de lo que algunos comentaban a la salida de la proyección –al fin y al cabo, Leigh no es Amenábar– y por supuesto, poseedor de una inquebrantable solidez narrativa y dramática de un corte bastante clásico –además de unos secundarios, que en ocasiones, parecen salidos de un film de Aki Kaurismaki–; es una lástima, que el final el film acabe por parecer una reivindicación del derecho al aborto, porque la seriedad de buena parte del mismo está bastante alejada de la edulcoración, por ejemplo, de Lasse Hallstrom o Stephen Frears.

El último film de uno de los pocos grandes maestros del cine que siguen en activo, el siempre inclasificable, pedante, contestatario, complejo, poético y aún revolucionario, Jean-Luc Godard, a sus 74 años, ha obtenido el premio FIPRESCI 2004 que otorga la crítica cinematográfica internacional. Nuestra música, y lo escribo con el título doblado porque ya posee distribución en nuestro país, es la última propuesta de este terrorista de las formas cinematográficas, un ejemplo más en su carrera, de cómo obtener de la abstracción pura poética, o vaya, de cómo confundir al público a base de atacarlo con un lenguaje tan sobrecargado que deja la intelectualidad a la altura de los films de Joel Schumacher. El despiste que crea la singular obra de este padre del cine moderno, se puede ver reflejada en casi todas las crónicas del Festival de Cannes de este año, donde la mayoría de medios se limitaba a citar el pressbook del film. Como considero este acto totalmente necio, espero que tanto el lector como el amigo Jean-Luc me perdone si en mi aproximación al film estoy totalmente equivocado.

Nuestra música es una obra segmentada en tres partes: (I) El Infierno, 8 min (II) El purgatorio, 60 min (III) El Paraíso, 10 min. El primer capítulo, es una acumulación de obras fílmicas –tanto documentales, como films de ficción, algunos reconocibles, otros imposibles– con un montaje de sonido que varía del silencio a un acompañamiento de piano. El magnífico resultado es igual al no menos excelente corto del realizador L'Origine du XXIème siècle, con el cambio temático de un siglo plagado de desgracias a la representación de un infierno en el que sólo habita la guerra (de hecho ambos films comparten alguna imagen). En la segunda parte de la obra, Godard se muestra directamente a la pantalla para ofrecernos una clase maestra sobre la ética, la filosofía y la estética. El purgatorio se halla desarrollado en Sarajevo, pero el conflicto humano que nos lleva a estudiar, siempre en clave elíptica (poética para algunos, directamente inaguantable para otros), los conflictos marcados por el odio en la sociedad actual, aunque estos merezcan ser retratados a partir de la insensatez pasada. Un conflicto multicultural que conlleva la integración y desintegración de razas y pueblos, y el enfrentamiento entre hermanos y vecinos. No todo el lirismo de Godard es comprensible, al menos en los diez primeros visionados, por ello se resguarda de poner en boca de su protagonista: "Si me has entendido, es que no me he explicado bien". Sobran las palabras. El tercer y último capítulo, es en apariencia el más bonito –no en vano representa el paraíso– y en el se escenifica dicho estado mental de algún profeta pasado de ácido, como un bosque habitado por jóvenes y protegidos por marines norteamericanos. El acierto o no de la ironía de Godard es discutible, pero su talento y su capacidad de producir belleza y horror, es innegable.