| Dia 04. 20 de Septiembre de 2004 | |
Woody vs GodardAl margen de los tres films vistos hoy en San Sebastián, para este cronista lo más llamativo del día ha sido, sin ningún género de duda, el cortometraje de Jean-Luc Godard entrevistando a Woody Allen de nombre Meeting WA -englobada en la retrospectiva dedicada al cineasta neoyorquino-. Os cuento, que esto tiene miga. Allen acababa de rodar Hannah y sus hermanas y Godard estaba empezando con la producción marciana de El Rey Lear -ignoro si alguien ha podido ver este film-. Así que decidió llamar a Allen y pedirle que actuara en su película, que no le llevaría más de dos horas. Allen, que siempre había admirado al primer Godard, acudió y además accedió a someterse a esta tortura-entrevista que le propina el realizador de Al final de la escapada. En los 26 minutos que dura Meeting WA, es impagable la cara que ofrece Allen ante las rebuscadas y muy complejas preguntas de Godard, contestando la mitad de las veces "pues no lo sé". Otras Allen dice que lo que le gusta de hacer películas es cuando las ideas le vienen a la cabeza y que luego, las va destrozando poco a poco, a medida que va escribiendo, rodando y montando. Godard le dice sin embargo que él hace primero las películas y luego busca que éstas tengan un sentido. Por lo que para él, lo importante es el montaje. A la pregunta de si no le gustaba el montaje a Allen, este contesta: "Sí, porque hace menos frío". Impresionante. Evidentemente, todo montado con la técnica de inserción de intertítulos de Godard, jugando al antojo con la imagen de Allen y añadiendo diferentes fotos manteniendo el sonido diegético, como siempre, entre la extravagancia, la pretensión y la belleza. Y bueno, pues también ha habido alguna película hoy. Concretamente tres: Sueño de una noche de invierno (SO) de Goran Paskaljevic, Diarios de una motocicleta (Z) de Walter Salles y Carta de una desconocida (SO) de Xu Jinglei. Como se observará, este año ando algo renqueante en cuanto a número de films vistos, lo sé, soy consciente y asumo mi gran parte de culpa. Espero que a medida que avance el festival me anime un poco más y pueda congeniármelas para abarcar más films. Lo prometo. Empezamos por Paskaljevic. No hemos visto el último film hasta la fecha del interesante realizador serbio titulado Time of Miracles, pero sí hemos podido disfrutar de dos películas que consideramos dignas de una recuperación -esto lo digo, porque hoy parecía que nadie conociera a este realizador, y me refiero a la prensa, así va la cosa-: La otra América y El polvorín. Es por ello que esperábamos con muchas ganas el nuevo film de Pasklajevic; sin embargo Sueño de una noche de invierno nos ha parecido una película fallida, pese a contar con un buen argumento de partida -la relación entre un ex-presidiario con una madre y una niña autista en la serbia de la posguerra- y siendo Paskaljevic un director que traza muy bien las relaciones entre sus personajes mezclando con sabiduría amargura, melancolía y cariño. El inicio y el desarrollo de la trama iban creciendo con el metraje, importunado por pequeñas aclaraciones directas a cámara que deberían ser innecesarias, pues cuando la metáfora se explica, desaparece la misma. Es entonces cuando aparecen escenas ridículas -Cf. La del exorcismo de la niña- y exageradas -Cf. El relato de la deserción-. Pese a todo esto, el film sería más que correcto, con más de una memorable escena, en especial aquella en la que celebran una fiesta familiar muy parecida a como les gusta resolverlas a Kusturica e Ioselliani, si no fuera, porque tras un aparente final, al realizador le sale una vena a lo Kitano que se sale de toda pauta lógica y narrativa. El final verdadero del film nos ha parecido de un forzado (o de un gratuito) tremebundo, por más poético que pudiera resultar si estuviera bien engarzado. Del realizador Walter Salles, actualmente preparando el remake del excelente film de Hideo Nakata Dark Water, sólo conozco la sobrevalorada Estación central de Brasil, un film que de tan bonito acaba por oler un poco a rancio. Ahora ha llevado al cine el popular diario que escribió Ernesto Guevara "Che", cuando él y su amigo Alberto Granado recorrieron media sudamérica en una motocicleta. Para cualquiera que haya leído los diarios del Che, le quedará claro que ese viaje fue vital para lo que sería su posterior vida como idealista y revolucionario. La conciencia ética que adquirió al entrar en contacto con las clases obreras en Chile y Perú, hicieron de él el principio de la leyenda que es ahora, es por ello que un material tan jugoso sólo podría ser llevado al cine por un blockbuster sudamericano como Salles. El realizador impone al film un tono muy formal, de buena manufactura y un resultado encomiable dentro de lo explotable comercialmente. Por eso aunque la primera media hora del film es intragable, pues retrata a unos jóvenes que igual se podrían llamar Ernesto y Alberto como Pepe y Tato, con el típico retrato costumbrista de la pubertad para crear bromas fáciles sobre los mismos temas de siempre. Es mediado el film, cuando este se convierte en una guía turística con conciencia social, cuando el contexto empieza a ganar forma sobre los personajes, y es justo cuando ya este contexto está instaurado y ha hecho algo interesante la narración, cuando los personajes entonces nos empiezan a importar. Hasta llegar a un clímax en el hospital de leprosos, donde Salles, pese a jugar con fuego, sale mínimamente vencedor; pero esto es básicamente por la honestidad que se transmite de sus imágenes, no por su talento como guionista o realizador. Gael García Bernal compone un Che al que sus diálogos lo hacen figurar como un símbolo -¿pero qué es el Che Guevara si no eso?- mientras que Rodrigo de la Serna prácticamente es el secundario cómico para hacer amena la función. Como se ve es una obra plenamente cuidada para agradar, lo que no quita que tenga aciertos aislados y, supongo, en el fondo, buenas intenciones. Acabamos con una interesante. Todos los que conocéis el film de Max Ophüls Carta de una desconocida sabréis reconocer que es una de las mejores (si no la mejor) representaciones de lo que significa amar que jamás haya dado el cine. Es por ello que cuando se realiza, no un remake, si no una nueva adaptación del relato de Stephan Zweig, lo primero que hay que hacer es olvidarse del film de Ophüls. Básicamente por dos razones: porque es un clásico, y además, por que es una obra maestra inapelable. Por eso para juzgar el film de Xu Jinglei, su segundo como directora, he hecho una verdadera cura de conciencia, y me he dedicado a juzgar los valores del film por sí mismos. A ver si lo he conseguido. Es interesante remarcar que el film de Jinglei es la primera película oriental que vemos en el festival, nada baladí, pues ahora mismo el mercado de oriente es el más llamativo en todo tipo de festivales. San Sebastián, pese a todo, ni es Venecia, ni Cannes, vaya, ni Sitges, ni Gijón, pero siempre logra colar alguna pequeña joyita de oriente en su programación -el año pasado sin ir más lejos pudimos ver Memories of murder de Bong John-Ho y Primavera, verano, otoño, invierno y primavera de Kim Ki-Duk-. Además, ahora mismo, al cine oriental, se le exige ya no una buena historia, si no un atrevimiento formal que parece que en occidente no acabamos de poseer (de hecho, hay gente, que ni siquiera lo acaba de entender). Jinglei correspondería así a la sexta generación de realizadores chinos (la quinta era la de Yimou y Kaige), lo que no es fácil para ella, teniendo en cuenta que en dicha quinta hay gente como Jia Zhang-ke, Zhang Yang o Li Yang. Todo esto lo cuento, porque vista Carta a una desconocida, queda claro que a Jinglei las nuevas estéticas le atraen más bien poco, pues su obra posee una estética clásica muy lograda, aunque por ello le lleguen flechas de los exegetas del modernismo. No tengo mucho que discutir, a mí el cine o me gusta o no, y no me suelo imponer barreras por número de planos, técnicas de story-boards o necesidad de un guión lógico, en absoluto. El film de Jinglei estudiado por sí mismo, es una obra muy sencilla, y digo esto, con toda la complejidad del término. Pues hacer de una obra de tanto peso dramático una película tan ligera tiene mucho mérito, aunque la película tarde en interesar al espectador y en ocasiones resulte poco creíble. Al final, sin embargo, gracias a la magnífica fotografía de Li Ping Bin y a la interpretación de la misma Jinglei (la desconocida), se alcanza una última media hora final brillante -y eso que el film está poblado de afiladas elipsis que pese a cortar la narración no influye demasiado en su dramática-, con un clímax realmente emocionante. ¿Lo veis? No he hablado de Ophüls, porque si no |