| Dia 06. 2 de Diciembre de 2003 | |
| Por Susanna Farré y Alejandro G. Calvo | |
Richard Donner ha sido el encargado esta mañana de abrir las sesiones del Auditori con su último film Timeline, producción que vuelve a dejar claro que existe un tipo de cine cada vez más despreocupado por la calidad narrativa en favor de la espectacularidad y la acción en el sentido más puro del término. La película, proyectada dentro de la sección Gran Angular, que deja constancia de los próximos "éxitos" de la temporada, aterrizará en nuestras pantallas en pocos días y por lo que se prevé puede llegar a ser uno de los films de mayor resultado en taquilla. Pero, ya se sabe, el éxito comercial no tiene por qué ir ligado a la calidad, y es este caso una buena muestra de ello. Basándose en una novela de Michael Crichton, en la cinta se prescinde por completo de la importancia de un buen guión (o en la importancia del guión, a secas) para ceñirse casi de manera exclusiva en el desarrollo de las escenas de acción. Y no es que a una película de estas características se le tenga que exigir necesariamente un grado de elocuencia máximo, pero debería haber, pienso yo, un listón que separase un buen film, pese a que pueda perseguir por encima de todo un rendimiento comercial, de otro tipo de producto que se atreva a tratar al espectador de bobo o iluso.Y es que el planteamiento de una historia tan "fácil" de digerir como un viaje en el tiempo, no sólo a la Edad Media, sino a un momento histórico crucial dentro de la historia de ésta, se ventila de un plumazo en apenas un cuarto de hora y como quien no quiere la cosa, un grupo de arqueólogos se traga sin rechistar la misión de ir a rescatar al jefe de su excavación que ha quedado atrapado en el tiempo, nada menos que en la Francia del siglo XIV, y justamente el día de una gran batalla anglo-francesa. Los personajes son todos ellos unidimensionales, marionetas al servicio de una narración completamente insulsa, que se pasan la película sacando la lengua corriendo de un lugar a otro, y la coherencia argumental (que no credibilidad, pues se trata de ciencia ficción) es un término que queda muy alejado de cualquier tentativa en esta película. Pero bueno, por suerte todo tiene un final, y a esta proyección de amargo sabor le ha seguido un caramelo que bien ha valido la pena. Como una de las muestras de la sección Orient Express, hemos podido asistir por fin al visionado de la obra merecedora de la Concha de Plata en la pasada edición del Festival de San Sebastián. Memories of Murder (o Salinui Chueok, como se prefiera), ha sido dirigida por el coreano Bong Joon-ho quien ha demostrado con creces los méritos que justificaban el honorable galardón. La película, difícilmente calificable dentro de un solo género, puesto que combina de manera muy interesante el thriller policíaco con la comedia o el drama, se basa en un hecho real, el caso de un serial killer que nunca fue atrapado y que asesinó a varias mujeres en la pequeña población de Gyunggi, en Corea del Sur, a mediados de los años ochenta. La película tiene un ritmo ágil y la historia consigue despertar la misma sensación de desespero que viven los detectives protagonistas. Estos personajes, anti-héroes que contemplan con impotencia cómo la resolución del caso se les escapa de las manos, son sin duda la antítesis de aquellos super-polis a los que tan acostumbrados nos tiene el cine americano actual. A este respecto, Bong Joon-ho no duda un momento en enfatizar esta burla comparativa, mencionando incluso por boca de sus personajes la diferencia entre los miembros del FBI, quienes resuelven los casos utilizando el cerebro (intentar hacerlo yendo de un lado a otro en un país tan vasto es imposible) de ellos mismos, los cuales se ven obligados a utilizar las piernas en su pequeño y humilde entorno, identificando a los culpables sólo con mirarles a los ojos o tal vez con la confesión arrancada a un inocente a base de brutales torturas. Existe pues en el film una amarga visión de lo que posiblemente sea lo más parecido a la realidad del trabajo policial, pero endulzada con apuntes de comedia excelentes que desatan más de una carcajada y que impiden caer en la desolación que realmente subyace en la trama. Una buena obra, aunque no excelente, pero sí del todo recomendable. **************** Tras sorprender el año pasado en Sitges con la terrorífica The eye, uno de los coautores de la cinta, Oxide Pang -su hermano Danny realizó en solitario la endeble Nothing to lose-, que ya poseía una carrera en solitario mínimamente interesante (Bangkok dangerous, One take only), ha presentado este año The tesseract, una adaptación de la novela homónima de Alex Garland. El film, al igual que el Nothing to lose de Danny, viene a confirmar algunos rasgos de ambos hermanos, que ya se apuntaban ligeramente en The eye: los hermanos Pang están occidentalizando sus películas de cara a poder dar el salto al mercado norteamericano, así, en vez de mantener la alucinante estética que está presentando el reciente cine japonés, deciden abandonar sus raíces para poder obtener un mayor público, aunque sea a base de trivializar sus guiones y de exagerar su puesta en escena, a base de mantener un equilibrio entre el video-clip y el film efectista, con el que algunos se sienten más cómodos y otros no tanto, pues al fin y al cabo, se convierten en más de lo mismo, porque para hacer buen cine de terror norteamericano, estos se bastan por sí solos. Por supuesto esta opción es totalmente legítima, y además, su confirmación como cineastas internacionales, podría servir para abrir las puertas a dicho mercado a cineastas compatriotas suyos, posiblemente con más talento, como el ya multicitado Kiyoshi Kurosawa, o gente como Takashi Shimizu, Ryuhei Kitamura, Seijun Sukuzi o el terremoto Takashi Miike; lo que ocurre es que los resultados son bastante confusos, caso de The tesseract, un film hablado en ingles, con Jonathan Rhys-Meyers como protagonista, y que adapta un texto del autor de La playa. El resultado no funciona así mejor que el film de Danny Boyle, y resulta una obra muy irregular, con aciertos aislados en su diseño artístico -casi todas las escenas de tiroteo-, pero con un guión desequilibrado, que junta sin criterio temática social y diálogos marcianos con el thriller que cuenta la historia principal. Por ello aunque la cinta no resulta desdeñable sí resulta una decepción artística, para un público mínimamente exigente. A Sabu, cuyo verdadero nombre es Hiroyuki Tanaka, se le conoció el año 2000 con su film premiado en Berlín (jurado FIPRESCI) Monday, y de este realizador hoy hemos podido contemplar en la imprescindible sección de Novísimo Cine Japonés, su penúltimo film, Drive (2002), una comedia de superación con un sentido del humor brillante, totalmente autóctono, lo que significa juntar el más puro esperpento con un humor negro, que puede albergar la más sanguinolenta violencia con la particular obsesión que parecen tener los nipones con los fantasmas y los samuráis. El film de Sabu relata la historia de un joven con problemas psicológicos que le producen fuertes migrañas, derivados del suicidio de sus progenitores, que se ve envuelto en la frenética huida de un atraco de la mano de unos torpes ladrones a los que un compañero les ha traicionado. Piezas de surrealismo sangriento -toda la historia del traidor, al que se le queda un brazo atrapado en un agujero sin poder sacarlo la justicia ponitiva que menta el film- junto con delirantes secuencias cómicas que buscan romper la capa de hielo que recubre a nuestro soso protagonista. Una difícil combinación que cuando funciona bien, se convierte en una comedia con gags tan descacharrantes como los del Getting any? de Kitano o Chicken heart de Hiroshi Shimizu, y cuando funciona mal, ralentiza el motor interno de la cinta, haciéndola algo menos llevadera. Así que Sabu se convierte en otro realizador a seguir en el futuro, en el caso de que empiecen a aterrizar sus películas por estos lares. También en la sección de Novísimo Cine Japonés hemos podido ver el film de 1997 Black Angel Vol.1 adaptación del manga homónimo a cargo de su mismo autor, el japonés Takashi Ishii (Gonin, Gonin 2), que posee una continuación en su Vol. 2, aunque el primer film pueda funcionar como una cinta plenamente autónoma. Black Angel Vol. 1 hereda así cualidades del manga en una historia habitual de venganza -por algo no se para de repetir que Kill Bill Vol.1 es más un film japonés que uno norteamericano-, en la que una joven a la que han asesinado sus padres, vuelva ya crecida bajo el pseudónimo de "Black Angel", y se ponga a castigar a todos sus enemigos hasta acabar con todos y cada uno de ellos. Por suerte Ishii posee el interés necesario para obtener un film tan brillante como trágico, con grandes dosis de violencia kung-fú, tiroteos, yakuzas, prostitutas bueno, todas las constantes de un género, en el que con variar mínimamente la óptica argumental, ya resulta una obra más que estimable (es curioso como jamás se resisten a incluir pequeñas dosis de humor negro). Ishii no se censura a la hora de rodar violaciones y torturas -alucinante el plano secuencia en el que todos los yakuzas le cierran las salidas a Ikko-, o mientras teje una trama que oculta más violaciones, traiciones, corrupción policial vaya, un cocktail tóxico que hará las delicias de los amantes del género, donde la riqueza visual no desfallece ante las formas del género. |