| Dia 10. 6 de Diciembre de 2003 | |
| Se acabó lo que se daba. Hoy el Festival de Sitges ha cerrado sus puertas (mañana ya sólo quedan las maratones cinematográficas) y nos ha dejado a todos los acreditados la habitual cara de tristeza cuando termina un evento de dichas características. Así que ahora, ya de vuelta a la realidad, uno se da cuenta de lo fugaz de la experiencia, pese a lo intenso de la misma. Siempre me ha parecido que cubrir un festival es introducirse dentro de un huracán que te arrastra sin tiempo a pensar ni a vivir otras cosas que no sean sólo "cine", es por ello que cuando sales escupido del huracán y pones los pies en el suelo, el vértigo se apodere de tu persona durante algunos días, así que, antes de cerrar esta última crónica, sólo me gustaría expresar una vez más el placer que he sentido al pasar diez días de mi vida en Sitges, rodeado del mejor cine fantástico y de algunas piezas del mejor cine de autor que se pueda contemplar hoy en día (ya aviso que de la sección Seven Chances tendremos un artículo en exclusiva del compañero Manuel Yáñez, donde podrá comentar las magníficas obras vistas de Alexander Sokurov, Kim Ki-duk y Michael Almereyda, entre otros). El film de clausura del festival ha sido la norteamericana 11:14, escrita y dirigida por el novel Greg Marcks, en una trama de historias cruzadas que confluyen todas en un accidente automovilístico acaecido en la hora del título del film. La construcción de este puzzle cinematográfico, una vez contadas las cinco historias centradas en sus correspondientes personajes, acaba por quedar perfectamente cerrada, e incluso, con un final excesivamente feliz, dado el carácter inquietante de la primera parte de la cinta, donde el drama (y algo de terror) daban pie a una resolución abierta del evento. Con todo, 11:14 es un film estimable, con un humor negro bastante digno, que discurre veloz por la pantalla, dando orden al desconcierto inicial de la cinta. Una obra de tintes comerciales, pero con la calidad suficiente como para que el espectador se sienta atraído por ella, y con un reparto lo bastante autoparódico (Barbara Hershey, Patrick Swayze, Hilary Swank, Rachael Leigh Cook, Henry Thomas ) como para que el espectador degluta sin problema la conjunción de situaciones cómicas deviniendo en sucesos trágicos un poco, no lo neguemos, a lo Tarantino, donde lo absurdo siempre encontraba su sitio pese a hallarse en un agujero de violencia. Y como último film y verdadera traca final, hoy en el Auditori del Gran Melià de Sitges hemos disfrutado de una de las mejores obras del año: The saddest music in the world, del realizador canadiense Guy Maddin, ganador el año pasado del festival con su film Dracula: Pages from Virgin's Diary, que aún se encuentra esperando que alguna distribuidora los suficientemente valiente lo compre para su exhibición comercial en nuestro país. El film proyectado hoy con un pleno absoluto de la sala, es sencillamente maravilloso. Una obra tremenda, de lo más inteligente que he podido ver en todos los festivales a los que he acudido este año. Una cumbre de la estética postmoderna del cine, donde se combina con absoluta perfección: la fotografía de grano ancho y las formas del cine expresionista alemán, con la cinética narrativa de films como Moulin Rouge The saddest music in the world lo tiene todo: un guión imaginativo con un sentido de lo melancólico propio del mejor Tim Burton, una fotografía en blanco y negro de otra galaxia, una estructura de musical que deja aturdido al espectador, recibiendo mucha información en poco tiempo, y sin embargo, con una fluidez intrínseca que abotarga los sentidos del mismo. Todo en la obra de Maddin es fruto de un cálculo y de una premeditación que asusta, y lo más sorprendente, es que dicho barroquismo formal, llegue al espectador con la facilidad que lo hace. Una película optimista en un mundo pesimisita, con unos personajes en el linde del suerralismo, que tejen una bella historia sobre las personas y sus sentimientos, basándose en un argumento en el que se da pie a un concurso internacional para ver quién compone la canción más triste del mundo Guy Maddin debe ser un cineasta a reivindicar desde ya mismo, pues es la constatación de que algo no funciona en nuestra cartelera, cuando nos perdemos obras de este tamaño. The saddest music in the world es una obra que habla del futuro del cine desde las raíces del mismo, una muestra clara de que el cine no sólo no está muerto, sino que su evolución está entrando en un punto interesantísimo, y todos, pero en especial la prensa especializada, debería remarcar y aplaudir esta tendencia para evitar que el cine se convierta en un agua estancada, y demos pie al descubrimiento del nuevo arte dentro de lo fílmico. Maddin es la prueba de que el cine de autor más radical puede congeniar con un público medianamente interesado: al final de la proyección, la ovación fue unánime. |