| Día 06. 7 de diciembre de 2004 | |
| Por José David Cáceres y Alejandro G. Calvo | |
La belleza del caparazón y la verborrea del espírituDía, al menos por la mañana, bastante desapacible en Sitges, no sólo por las nubes grises (y la lluvia) con las que amaneció: comenzamos con un despiste –y van unos cuantos– de la organización (la primera sesión ha comenzado a las nueve, media hora después de lo que anuncian los programas); comimos mal y deprisa; aguantamos con esfuerzo algunos pases (o incluso hubo quienes abanadonamos una proyección, por razones externas al film ciertamente). ¿Y el cine? Pues el peor día del festival en mi opinión: tres films muy mediocres y uno parcialmente interesante. Una de las películas más esperadas del todo el certamen era Ghost in the Shell 2: Innocence. Las excelentes referencias que se tenían del film y el hecho de ser la secuela de Ghost in the Shell sostenían este interés. Mis expectativas no respondían a este parecer genaralizado, ya que el primer film, a mi juicio, es una interesante propuesta, extraordinariamente diseñada y animada, si bien lastrada por el limitado alcance dramático de su base narrativa y unos diálogos excesivamente afectados de (impostada) trascendencia; además, y como consecuencia de esto, Ghost in the Shell se acerca a un pastiche a medio camino de lo expuesto en Blade Runner (y la espléndida novela de Philip K. Dick en la que se inspira), en determinada literatura de ciencia ficción (pienso en Brian Aldiss o Isaac Asimov) y en otros animes (y mangas) como el legendario (y magistral) Akira o más tangencialmente el muy interesante Grey. Esta nueva entrega no se aleja de su predecesora. Innocence es un fascinante espectáculo visual cargado de imágenes abrumadores, un alarde del virtusiosmo de dibujantes y animadores. También es un thriller de marcado contenido existencial, el cual gira entorno a la falta de humanidad que muestran los humanos frente al potente resquicio de ella que aún tienen los cyborgs; como recurso principal para transmitir esto, el film emplea largas conversaciones entre personajes, los cuales no paran de contener citas de ilustres pensadores y poetas (desde Descartes a Milton, pasando por Confucio) y típicas frases lapidarias o rimbombantes. La trascendencia buscada se queda en palabrería barata, puesta en boca de personajes irreales (aun en su contexto), que no funcionan, por esa vacuidad, ni como proyecciones accesibles de ideas más abstractas. El pastiche de Innocence se construye no sólo a partir de temas, también de detalles visuales (cfr. la dirección artística muy incluenciada por del film de Ridley Scott), que, a mi modo de ver, encogen aún más el espacio reducido, en el cual ya se encuentra la película. No obstante, no todo el bagaje del film dirigido por Mamoru Oshii (encargado también de la primera parte, hace casi diez años) sobre el cómic de Masamune Shirow (del cual parten muchos de los debes de la película) es negativo: son magníficos el trabajo creativo en el diseño de gráficos 3D (y su combinación con dibujo tradicional) y la pulcritud de la animación (algunas escenas son perfectas); utilizar, como marco referencial narrativo, el thriller es una opción en si misma muy atractiva y flexible (el desenlace del film es de puro género); existen unos cuantos momentos muy bien planificadas y cuyo sentido alegórico (inciso: para alegoría de verdad la penúltima realización de Takashi Miike, Izo, que por cierto también habla y bastante de la humanidad) va mucho más allá que los obvios diálogos (cfr. la escena en la que el protagonista se encuentra a uno de los androides defectuosos, cuya belleza y ternura exterior es un inquietante contrapunto, bien captado por el tono ilusorio con el que se trata la escena –impresionate el juego de luces–; la secuencia –la mejor de toda la película, integramente realizada por ordenador– del desfile de máscaras, acompañado de una espléndida canción; la escena que se repite a modo de bucle, a la postre innecesariamente explicada...). Bastante peor es The Grudge (El grito, título definitivo en España), en el que Takashi Shimizu rueda para Hollywood en Tokyo una nueva versión de su film La maldición. Ya hablamos de la decepción que nos supuso la última propuesta del director japonés, Marebito, que, ahora junto con El grito, evidencia las múltiples limitaciones de su puesta en escena. Un remake simplificado respecto al original, sobre todo en lo que a estructura narrativa se refiere, ya que se minimizan las historias y no existen tantos saltos en el tiempo, siendo todos además hacia atrás, pero manteniendo el esqueleto argumental y más de uno de los momentos más interesantes de aquél. La efectividad del producto se mantiene durante los cuarenta primeros minutos –aunque se denota ya cierta mecanicidad en las resoluciones (como si se aplicase un determinada fórmula ya probada, que da resultado)–, hasta que las limitaciones de Shimizu se hacen más latentes, el guión empieza a naufragar de forma escandalosa y se aprecia por completo la mediocridad de todos los actores, hasta convertir la sucesión de sustos más o menos logrados, en un precipitado film de terror, con desenlace (no muy alejado, cierto, del film original, pero sí bastante peor puesto en imágenes) aparatoso y carente de verdera tensión, que no elide, si quiera, los habituales tics del cine norteamericano, incluida la gracieta-susto final. En definitiva, esperemos, pues todos tenemos el beneficio de la duda, que el siguiente largometraje de Shimizu (The Death que se rodará a partir de la primavera del año que viene) recupere el nivel de los anteriores trabajos del realizador, o incluso los supere, ¿quién sabe?. * * * * * * * * * * Cuando estaba empezando a pensar seriamente trasladarme a vivir a Seúl y empadronarme como surcoreano, para así poder sentir cierto orgullo por la filmografía patria, dada la horrible cosecha de films españoles de este año, este Sitges ha abierto las puertas a una propuesta tan sugerente como The birthday del joven realizador (27 años) Eugenio Mira, sin duda (no es que fuera muy difícil) una de las propuestas más interesantes del cine español de este año. Cuando las propuestas de cine de género en nuestro país siguen ancladas a los productos trash que va fabricando sin pudor la Fantastic Factory, Mira ha construido un film híbrido, heredero tanto de Jerry Lewis, como del cine norteamericano comercial de los ochenta –que el protagonista sea un sorprendente Corey Feldman, no es así una elección al azar– hasta el terror más desquiciado en los últimos compases de la cinta. Rodada con un exquisito gusto por lo cinematográfico, aunque no por ello deja de caer en los excesos propios de una ópera prima, plagado de generosos planos secuencia y una irreal composición cromática, The birthday pese a ser un film irregular, plantea suficientes aciertos como para que el espectador disfrute a gusto con la obra. Con una primera parte básicamente cómica, con el sufrido protagonista empujado a su pesar por una pesadilla en el terreno de lo hilarante y con diversos apuntes que introducen un elemento turbador a la cinta, a mitad de la obra se produce el salto genérico –del que la narración se resiente momentáneamente–, para introducirse en terrenos del fantastique más desquiciado, en especial en el bárbaro último cuarto de hora, donde la frontera entre lo ridículo y lo terrorífico se bordea con una habilidad sorprendente. Rodada en inglés y con un reparto completo de actores norteamericanos, The birthday quizás peca de un excesivo metraje (dos horas, narradas en un subjetivo tiempo real), y pese a lo delirante de su trama, que recuerda al final a la memorable El día de la bestia, pero a este cronista, tras haber escuchado todo tipo de comentarios al respecto, más malos que buenos, a decir verdad, como se desprende de lo comentado, ha recibido una grata sorpresa. La mayor decepción vista de momento en Sitges, como ya se sabe, desde mi particular punto de vista y dentro de lo que he ido viendo en el festival, ha sido el film norteamericano November de Grez Harrison y protagonizado por Courteney Cox. Rodado en formato digital y amparada dentro del cine independiente norteamericano, de hecho fue una de las triunfadoras en el último festival de Sundance alzándose con el premio a la Mejor Fotografía (¿?) y el premio especial del jurado (¿?¿?¿?¿?). Presentada dentro de la sección Noves Visions, November es un batiburrillo que pretende tener ecos a Lynch –ya se sabe que cuando la atmósfera de un film está cuarteada o la trama tiene una mínima complejidad en seguida se hace referencia al autor de Mulholland Dr.– como si sirviera con poner imágenes confusas y mórbidas para darle algo de valor a una cinta. Pese a que la premisa argumental puede ser interesante –una mujer empieza a tener alucinaciones tras el asesinato de su pareja en un badulaque–, sólo le he encontrado un detalle interesante en todo el relato, y es que en la primera representación de los hechos el hombre muere por culpa de una llamada de la protagonista, insólito toque oscuro en una cinta que intenta ser compleja y acaba resultando complicada. El resto del metraje es un pretexto irrealista que aburre por encima de todo, y que dada la licencia que toma el film (es una de esas obras con "sorpresa") se permite confundir a gusto al espectador sin que esto no aporte nada ni a la trama ni a la dramática. |