Miradas de Cine Dia 01 . (26 de Octubre de 2002)

La SEMINCI 2002 ha empezado con la misma pompa y boato habituales, o sea, sin ninguna pompa. Esta es una característica habitual de este festival que prefiere atraer a aficionados al cine más que a “Corazón, corazón” y demás vísceras, y de lo cual me congratulo.

Para inagurar la fiesta del cine se ha proyectado la película 11’09”01 (11 de septiembre), cinta en la que 11 directores de distintos países y culturas dan su visión de famoso día. Como película-puzle que es, tiene momentos mejores y peores, aunque la impresión general que me he llevado es que la ha hecho gente poco acostumbrada al formato del corto, y pocos de los episodios tenían la duración que la historia exigía (todos duraban 11 minutos, 9 segundos y 1 fotograma), resultando algunos un poco largos y otros demasiado apresurados. Me han gustado particularmente el de la directora iraní Samira Makhmalbaf, que abría la película, en el que una joven maestra intenta hacer llegar a sus alumnos la tragedia pero a estos les interesan más las suyas familiares. Ken Loach, muy en su línea, recordaba el 11 de septiembre del 73, día del golpe de Pinochet amparado por el gobierno USA. Cerraba la cinta el maestro japones Shohei Imamura, también en su linea onírica y fantástica, con un soldado japones que se cree una serpiente tras salir traumatizado de la 2ª Guerra Mundial. Era el menos relacionado con el tema, pero el más hermoso para mi gusto. La mayor parte de los otros estaban más ceñidos a los hechos, y algunos de ellos parecen la materialización de las canciones del último disco de Springsteen. Hay gente desaparecida, como un joven pakistaní al que primero confunden con un terrorista y luego resuslta ser un heroe (dirigido por la india Mira Nair), otro en el que se busca la opinión de los que mueren en absurdos ataques terroristas, desde víctimas hasta hombres-bomba (el del egipcio Youssef Chahine), analizando los hechos sin maniqueismos y con crudeza.

Para olvidar el mal gusto de Alejandro G. Iñárritu, que masacrando el oído del espectador mantiene la pantalla en negro para cortarla solo con breves fragmentos macabros de gente saltando de las torres, y el de Amos Gitai, que con una idea interesante (el día del atentado hay otro en Tel Aviv), nos lo narra en un plano secuencia abarrotado de gente cuya planificación se le escapa de las manos y más aun la duración.

Al igual que otras películas del mismo formato, el resultado es irregular, pero el corsé de la duración ha perjudicado el resultado, dejando la impresión de proyecro fallido. Aun no he visto nada en este formato que me haya dejado medianamente satisfecho.

La película australiana The Tracker (El rastreador o algo así, del holandés afincado en Australia Rolf de Heer) es una de esas películas que merece la pena ver aunque sólo sea por lo divertido que es ir oyendo los comentarios de la gente, y cómo se contradicen las opiniones de todos al salir de la proyección. Trata de tres hombres blancos que con un guía aborigen intentan encontrar a otro aborigen que supuestamente ha matado a una mujer blanca. En su búsqueda por la savana australiana a principios de siglo son continuamente acosados por las tribus indígenas. El jefe de la espedición es un hombre violento y sin escrúpulos, el guía no es lo que parece y los otros dos están allí por obligación y sin entusiasmo.

La estructura de western se ve matizada por la marcada, más bien excesiva importancia de la música, que sobre todo en la primera parte de la cinta es protagonista absoluta (negativa), aunque se va moderando conforme avanza el metraje y con él el interés de la historia. En esa primera parte, un narrador omnisciente nos va narrando (quiero decir, cantando) la historia y los pensamientos de los protagonistas, un poco al estilo “la leyenda de la ciudad sin nombre”, pero mucho más machaconamente, con breves intervalos de acción entre la música. Se ve acompañada además de una puesta en imágenes bastante plana, con muchos encuadres calcados de unos personajes a otros mientras suena su parte de la música, como si el director no hubiera puesto interés en esa parte de la historia y se reservase para el final. A partir de aquí comienza a ser más narrativo y a ganar interés la acción y profundidad los personajes, dejandome al final un sabor agradable.

Lo contrario le ocurre a la última del francés Robert Guédiguian, Marie-Jo et ses deux amours (Marie-Jo y sus dos amores), título explícito donde los haya, que resume en si mismo buena parte de la película. Ella está felizmente casada con un marido estupendo y que la adora, y tienen una hija adolescente. Pero a la vez se ve con otro hombre al que también ama apasionadamente, y para el cual ella es su único amor. El marido descubre casualmente la relación, pero se hace el ciego hasta que ella, que no puede soportar más la situación, se lo confiesa.

Al contrario que en la mayor parte de sus películas más logradas, en esta se mueve en el intimismo, con pocos personajes y alejado de la lucha social que envuelve la mayor parte de sus películas, lo que agradará a los que le denostan como el Ken Loach francés. Rebosa comprensión hacia unos personajes que se mueven en un delicado equilibrio de sentimientos, magnificamente interpretados por los habituales del director, emergiendo magistral como siempre Arianne Ascaride, aunque el juego es terriblemente complejo y tras un desarroyo acertado y contenido se resiente en un final algo artificioso. Aunque el resultado general es magnífico, la dificultad y delicadeza del proyecto hace naufragar la última parte (me muero por contar lo que pasa, pero no debo, no debo), que en algunos espectadores ha hecho derramar ríos de lágrimas y en otro risas de ridiculez. El espectador deberá juzgar, aunque a mi no me ha parecido acertado.

Y fuera de concurso se presentó esta mañana la arriesgada propuesta de Manuel Gutierrez Aragón, El caballero D. Quijote, adaptación libre de la segunda parte de la obra de Cervantes, en la que destaca la presencia de un nutrido grupo de nuestros más insignes actores, especialmente Juan Luis Galiardo, magnífico como Quijote, y un sorprendente Carlos Iglesias como Sancho Panza. Como en casi todas las adaptaciones de la obra, el director no puede menos que mirar con cariño a unos personajes que se han convertido en iconos de la cultura universal, si bien Gutierrez Aragón centra su atención más en el escudero y con buen criterio renuncia a materializar en imágenes la fantasías del hidalgo, manteniendo a los personajes más en la tierra que en otras versiones.

Sin ser una película perfectamente resuelta, la cuidada producción, los interpretes y el saber hacer del director, que renuncia a ser demasiado ambicioso y cuenta funcionalmente la historia, la convierten en una pieza interesante. La duda que me asalta es por qué se hacen adaptaciones al cine de una obra que es insuperable en su formato original, y está implantada en la memoria de todos los que la puedan ver en algún momento. Me recuerda un poco a El señor de los anillos...