| Dia 01. 25 de Octubre de 2003 | |
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Comenzó el Festival de Cine de Valladolid continuando la tradición de los últimos años; con la última gran película de Lars Von Trier, en esta ocasión Dogville. Se trata, como siempre que trabaja este director, de una propuesta arriesgada y original cuyo objetivo -al igual que el de las demás películas de Trier- es impresionar, dejar anonadada a la gente, y pasear su interminable arrogancia por cualquier pantalla que se precie. Y lo más triste de todo es que triunfa, pues como siempre ha conseguido entusiasmarnos a muchos, desquiciar a otros, y dejarnos boquiabiertos a todos (aunque a algunos a base de bostezos). Merece mucho la pena escuchar las reacciones y opiniones de público y crítica sobre esta cinta. Desde luego no es una obra maestra, pues el director de Rompiendo las olas tiene al menos otras dos o tres películas mejores, pero la calidad de la propuesta, cuya audacia va mucho más allá de los tan cacareados decorados (o la falta de ellos), la convierte en la obra más interesante vista en muchos meses, y sin duda la mejor contribución al arte cinematográfico vista por este redactor desde hace años. Las tres brevísimas horas de Dogville nos pasean por un pueblucho del interior más cerrado de los Estados Unidos. Sus gentes son pobres material y espiritualmente. Sus personalidades, arquetipos de hombres y mujeres cuya mezquindad interior traiciona la fachada impoluta que intentan ofrecernos. Parece una fábula, una parábola sobre la condición humana, los valores, la justicia, no sobre personajes o historias concretas. Tras presentarnos el pueblo, cuya decoración se reduce a dibujos en el suelo y algunos, pocos, elementos imprescindibles de atrezzo, llega al pueblo una bella y enigmática joven, genialmente interpretada por la muy valiente Nicole Kidman. Su llegada fue precedida por unos disparos, y acompañada por algunos individuos de aspecto mafioso que la perseguían. A las gentes del pueblo les cuesta aceptarla, pero tras un tiempo de aclimatación su presencia se hace imprescindible. Pero en el carácter de Dogville no todo lo que esconden las almas de la gente es tan bello como lo que muestran. A partir de aquí cada uno puede interpretar lo que quiera. Que se trata de una historia sobre esos personajes, o que son un símbolo de la bondad, la justicia, o las diferentes actitudes ante los nuevo o lo conocido, mucho se podría hablar. Las innumerables referencias literarias, pictóricas o mitológicas, y los muchos niveles de lectura que tiene el argumento, harán las delicias de los elucubradores más exigentes. Esos planos cenizales que tanto entusiasman al director de Europa o Medea se mezclan con una cámara al hombro que, al igual que en Bailar en la oscuridad, taladra los rostros, los gestos, las emociones, y que por gracia de una puesta en escena y de unos decorados transparentes nos introduce dentro de las casas, de los objetos, haciendo visible la vida cotidiana desde un punto de vista antes inimaginable. Al principio descoloca el juego que nos propone, pero tras unos minutos empiezas a asumirlo, y luego a ver la potencia del efecto, como en la escena de la violación o en las reuniones de los vecinos. Un juego que si te arrastra te llevará cerca del éxtasis, y que tal vez en la inesperada última secuencia y en los títulos de crédito tiene algún traspié. Mucho me gustaría hablar acerca de esta gran película, sobre la cual sólo he dado los primeros balbuceos sobre lo que (me) sugiere, pero el resto del festival también exige mi atención. La proyección fue seguida por un par de documentales, uno sobre el rodaje de Dogville y otro sobre el movimiento dogma 95, ambos bastante prescindibles. Respecto a la sección oficial a concurso, hasta ahora han sido proyectadas dos películas de escaso interés para mi gusto. La española La suerte dormida de Ángeles González-Sinde es una película de tesis que gira en torno a dos ejes. El primero y mejor tratado es la falta de seguridad en las minas (en este caso, a cielo abierto). El segundo, la reconstrucción de la vida de una mujer que ha perdido marido e hijo. Ella se entera un día de la muerte del hijo de unos amigos en un accidente con un camión en la mina. Decide involucrarse en el caso e intentar hacer justicia volviendo a su antigua profesión, la abogacía, que había abandonado tras el accidente de su familia. Conoce a un joven y poco a poco comienza a recuperar las ganas de vivir. El problema de la cinta es que no está bien dialogada, ni los actores bien dirigidos. Las conversaciones afectadas, con unas reacciones exageradas e injustificadas, desaprovechan a un buen elenco de actores, encabezado por la estupenda Adriana Ozores, y un argumento a priori interesante. La coproducción entre Noruega y Suecia Salmer fra kjokkenet (Historias de cocina) de Bent Hamer podría haber resultado interesante si no fuera por el lento desarrollo y el exceso de metraje (al menos, para lo que quería contar). En la Suecia de los años 60 una empresa pretende realizar un estudio sobre los hábitos de los hombres solteros en las cocinas. No tanto lo que comen, sino cómo se mueven, para aprovechar mejor el tiempo y el espacio en esta imprescindible pieza de la casa. Para ello, lo que hacen es poner "vigilantes" apostados en las casas de los voluntarios para que examinen sus movimientos, con la condición de no interferir ni relacionarse con el individuo observado. La relación entre uno de estos voluntarios, al principio bastante receloso, y su vigilante, irá haciéndose más estrecha hasta poner en peligro el experimento. Si bien tiene momentos divertidos, y algunos tiernos, se hace demasiado larga, aunque recibió bastantes aplausos no entiendo bien por qué razón. Mañana, la esperadísima película de Sofia Coppola, Lost in translation, aclamada por muchos en Venecia. |