| Dia 01. 22/23 de Octubre de 2004 | |
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La SEMINCI con mejores expectativas de los últimos años (al menos en cuanto a los grandes nombres y a alguno de los ciclos se refiere) ha comenzado de forma poco brillante con la última película del argentino Juan José Campanella Luna de Avellaneda (director de El niño que gritó puta, El mismo amor, la misma lluvia o El hijo de la novia). La película reincide en los mismos tópicos de las últimas películas de su autor y por extensión de parte del cine argentino reciente: una tierna y a la vez divertida historia de perdedores que se unen para intentar sobreponerse a una situación económica y social agobiante y bla, bla, bla Eso, lo mismo de siempre, sólo que esta vez hinchado en duración y (algo más) reiterativa en algunos momentos (y no me refiero sólo a la reiteración con otras películas). A su favor, los diálogos ingeniosos, respuestas divertidas y brillantes, un grupo de actores solventes y de gran empatía con el espectador. Por supuesto tiene sus dosis de momentos románticos, dramáticos, nostálgicos, sus discursos grandilocuentes y todo eso que hace que este cronista esté un poco rayado de ver el mismo tipo de cine procedente de allí, pues me consta que no es lo único que se hace pero sí lo único que financian y compran las distribuidoras españolas. Ricardo Darín y Eduardo Blanco hacen el mismo papel de siempre (y con igual solvencia, hay que reconocerlo). El primero interpreta a un socio vitalicio de un club deportivo y social (el que da título a la película) que emplea los ratos que le deja su miserable empleo en organizar las actividades de dicho club. Su vida se ha vuelto tan monótona que amenaza con agotar a su esposa y a sí mismo, pero un buen día, en plena crisis matrimonial, una deuda inabordable y una propuesta de compra amenazan con dar al traste con el veterano club. El resto se lo pueden imaginar. No digo que no se pueda disfrutar la película, al menos a ratos, pero es como comer hamburguesas a diario. Mucho más interesante por original y conciliadora es la película Muro (referida al muro de separación arabe-israelí) de la francesa Simone Bitton proyectada en la sección de documentales "Tiempo de historia". En ella, con un estilo visual que podría recordar al mejor Kiarostami nos va mostrando las distintas realidades de las personas afectadas por el muro, que confluyen y desde ahora se dan la espalda contra esa franja de 50 metros construida en oposición a todos los intereses y al raciocinio más elemental. La directora pasea su cámara desde el coche o la deja reposar frente al muro mientras se construye, o cuando la gente lo traspasa ilegalmente, o cuando se juega o se pasea a su lado, y deja que aquellos que conviven con él le vayan contando (y nos vayan narrando) las historias que surgen y mueren en él. Bitton usa el subjetivismo de la mirada en plano secuencia, a veces fijo, a veces en traveling, imitando la naturalidad con la que miramos las personas, sin montaje que imponga puntos de vista, consiguiendo con ello y aunque parezca contradictorio una sensación de objetividad que se refuerza al saber que no se nos escatima un solo fotograma. A la vez juega con la banda de sonido mezclando las entrevistas a pie de muro, las impresiones que le trasmite la gente al pasar, al mirar desde su ventana o su coche, y las suyas propias. Y en esas opiniones no se abren heridas porque no hablan de la maldad de los de uno u otro lado, sino de lo que está en medio, como dice la canción de Aute "que lo que nos separa es algo tan endeble como lo distinto". El muro no deja de ser una metáfora de las diferencias impuestas desde el exterior, y que la gente no percibe a pie de calle. Si, hay terroristas que se quieren inmolar matando judíos, y hay judíos que quieren exterminar a sus enemigos como ellos fueron exterminados; hay diferencias y hay mucho que trabajar, pero los que conviven con ellas se preguntan si ese es el camino para erradicarlas o más bien tenderá a acentuarlas. Israelíes que ven a los palestinos jugarse la vida para ir a trabajar a través del muro, o para llegar a sus tierras que quedaron al otro lado se preguntan por el odio y las injusticias que están creando. Palestinos que vivían en paz deseosos de reconciliación y a los que se cierra las puertas del futuro y con ello se abonan los caminos de la inmolación. Ningún muro ha servido jamás para unir a los que no se entienden. Ya esta mañana del sábado hemos visto un telefilm danés, pero que rodado bajo los prefectos del Dogma 95 (diploma incluido) lo parece menos, titulado En tus manos (en original, Forbrydelser, de la directora Annette K. Olesen, que hace un par de años ya tuvo aquí una comedia romántica igual de intrascendente). En plan drama carcelario con toques sobrenaturales, la película nos cuenta los avatares de una mujer sacerdote que entra a trabajar a la prisión justo en el momento en que se queda embarazada (a pesar de creer que no podía), pero a cuyo feto diagnostican una posible malformación. Un guarda de la cárcel que ha entrado también recientemente a trabajar y que se enamora de una de las presas, envuelta ella en un halo de misticismo y poderes sobrenaturales, y la historia de esta y alguna otra de las presas completa un cuadro que a pesar de intentar llevar un tono neutro y de una introducción más o menos interesante va perdiendo intensidad, credibilidad y solidez hasta que en la última media hora llega a rozar el ridículo. Un final precipitado, poco reflexivo y hasta absurdo buscando el drama y la emoción, pero que sólo produce estupor y casi incluso indignación, pues algunos podrán ver algo de reaccionario en él. Sólo las interpretaciones resultan realmente interesantes en una cinta que tal vez veamos algún día en Telecinco a las 15:30. Mañana, Jarmuch y Wong Kar Way. |