Miradas de Cine Dia 01. 30 de Agosto de 2003

En un magnífico día de grandísimo cine, pudimos ver en Venecia las últimas películas del veterano director portugués Manoel de Oliveira (sección oficial), del siempre mediático Lars Von Trier (Controcorrente), esta vez en condición de co-director junto a Jorgen Let, del malayo Tsai Ming Liang (sección oficial), del canadiense Guy Maddin (Nuovo Territori) y del japonés Kazuyoshi Kumakiri (Controcorrente).

Y empecemos con lo más importante, la nueva película del maestro Oliveira. En su cita anual con los grandes festivales, hemos tenido la suerte de poder gozar en Venecia de uno de sus filmes recientes más ambiciosos en lo que se refiere a su visión del mundo actual. Un Film Falado es la historia de una maestra y un alumno cuya curiosidad es infinita. Una madre y una hija. Un viaje por la historia de las culturas occidentales de la mano de una profesora de historia de la universidad de Lisboa. Ella y su hija embarcan en un crucero por el mar mediterráneo que las debe llevar finalmente al encuentro del padre y esposo que las espera en Bombay. Sus breves y efímeras visitas a diferentes puertos, como Marsella, Atenas o Istambul van configurando un recorrido por la historia de las civilizaciones que construyeron lo que hoy conocemos como Europa y que duermen casi soterradas en un mundo que nunca mira atrás. En las efusivas despedidas que se producen en cada puerto, Oliveira marca intensamente el paso del tiempo que se volatiliza en un espacio flotante de la gran embarcación que surca el mar intemporal. Un Film Falado es también la metáfora del encuentro entre las diferentes culturas mediterráneas. En cada uno de los puertos Oliveira pone el acento en la llegada de una mujer al crucero. Ellas, invitadas especiales del capitán (John Malkovich) conversarán sobre todo aquello que las une y separa, cada una de ellas en su propia lengua, cada una con sus penas, remordimientos y alegrías. Oliveira explota a conciencia el carácter particular de cada una de sus actrices, y juega (siempre el juego) con la frialdad de la Denueve, con el divismo de Irene Papa o con la triste ternura de Stefanía Sandrelli. En ese espacio casi abstracto que sirve como escenario, la aparición violenta de las huellas del exterior, permitirán una reflexión final sobre la condición actual del mundo, un mundo a la deriva, un mundo que se empeña en invocar el final de la historia. Un Film Falado es una gran película, una película importante y necesaria, una nueva muestra de la sabiduría de uno de los espíritus más jóvenes y combativos del cine actual.

A continuación acudimos al pase de Bu San, Goodbye Dragon Inn de Tsai Ming Liang. El de Ming Liang, es uno de esos nombre que resuenan invisibles como uno de los grandes directores desconocidos en España por culpa de la distribución. Pese a actos reivindicativos como la aparición de un dossier con el repaso a toda su filmografía en el último número de la revista argentina El Amante debemos aceptar que es casi imposible poder ver sus filmes en todo el territorio hispanoamericano. Ante esta situación, era obligado asistir a la proyección de su última película. El primer adjetivo que se me ocurre tras el visionado de Bu San es el de radical, genuino y auténticamente radical, coherentemente radical, en los contenidos y en las formas. Huyendo continuamente de los parámetros narrativos convencionales, Ming Liang nos conduce a través de una danza de imágenes asfixiantes por un universo de contemplación y libertad. Libertad que debe ser asumida por el espectador para poder enfrentarse y disfrutar de unas imágenes que se fortalecen gracias a su capacidad para contener en su interior el intenso eco del paso del tiempo. Toda la acción de la película sucede en el interior de un viejo, viejísimo cine que ha perdido casi totalmente su condición de sede del espectáculo cinematográfico para convertirse en un lugar en el que gozar de encuentros sexuales. Pero la película no sólo es eso, todo su cuerpo se haya teñido de una intensa sensación de nostalgia. La tristeza que produce el recuerdo de algo bello que se ha perdido, eso melancolía a la que hace referencia el título de la película (Dragon Inn es un lugar geográfico en la película que se va proyectando eternamente). Toda la película se haya plagada de cuerpos que divagan sin destino por las diferentes estancias del cine, cuerpos fantasmagóricos que se observan y desean, que se encuentran y desencuentran, que se rozan, se hieren o se ignoran. Personajes con los que no podemos empatizar, pero que reflejan una sensación de necesidad y soledad que resulta universal y conmovedora. Bajo un deslumbrante trabajo de fotografía que aprovecha con maestría la poca luz que atraviesa los rincones y recovecos de los escenarios, Good Bye Dragon Inn es el homenaje a un cine viejo, ruinoso, antiguo y olvidado.

Siguiente estación: Lars Von Trier. Von Trier es el nombre del momento. Uno de los pocos capaces de capitalizar toda la atención de un festival pese a su ausencia física, se ausencia de la sección oficial y su rol, únicamente, de coautor de una obra como The Five Obstructions. Unas colas colosales y más de algún codazo (además del numerito de algún fan golpeando las puertas de la sala durante la proyección como acto de protesta) para poder entrar al último pase de su película lo demuestran, así como el vacío casi total de la rueda de prensa sobre el filme, y es que solo estaba Jorgen Leth, codirector y auténtico protagonista de la película, y Jorgen no es Lars. Pero vayamos a lo importante, la película. The Five Obstructions empieza con una escena en la que dialogan Jorgen Leth y Lars Von Trier, en ella Von Trier le confiesa a Let la profunda admiración que siente por un antiguo corto dirigido por el segundo titulado The Perfect Man de 1967. Más que admiración, podría llamarse obsesión, ya que Von Trier admite haberlo visto más de veinte veces. Entonces surge la idea: a Von Trier se le ocurre proponerla a Leth la reconstrucción de su corto en la actualidad. Pero no una vez, sino cinco veces, y además Leth deberá asumir para cada uno de los cinco encargos los mandatos del dios Von Trier. La propuesta empieza siendo interesante y divertida (ver a Von Trier haciendo de villano cruel e impiadoso tiene su gracia), pronto pasa a resultar desconcertante, no sabemos muy bien donde radica el auténtico interés de la obra, en las penurias que pasa el pobre Leth para seguir los mandatos impuestos, en las estrategias fílmicas que sigue para solventar sus problemas o en la continua referencia al maestro. Y termina resultante algo aburrida y previsible, está claro que Von Trier no es dios y que aunque le proponga a Leth que haga una pésima película este no será capaz de cumplir sus deseos, suficiente tiene que soportar con hacer un corto con ningún plano de más de 12 fotogramas, otro en el lugar más miserable del mundo u otro en dibujos animados. La película termina con la última versión dirigida por Von Trier resultando algo pretenciosa y narcisista.

Siguiente parada: Guy Maddin. Existen pocos directores de cine a los que puedas identificar con la única observación de un fotograma de una de sus películas. Sin ser un gran conocedor de la obra de Maddin (solo he visto Drácula, pages from a virgin's diary y The Heart of the world) me atrevo a afirmar que éste es uno de ellos. Otro de los grandes directores radicales o experimentales del panorama mundial, el canadiense Guy Maddin continúa con su exploración de las formas del cine en blanco y negro, en imágenes que nos remiten a los orígenes del séptimo arte. Fotogramas porosos y decorados acartonados en blanco y negro o coloreados apuntan a una mirada nostálgica de una forma de expresión que en su progreso ha perdido una cierta esencia representativa. The saddest music in the world, pese a estar protagonizada por actores y actrices de renombre como Isabella Rossellini, María de Medeiros o Mark McKinney, no ha perdido un ápice de la radicalidad de la propuesta Maddin. Año 1993, Winnipeg. Pocos años después de la gran depresión, un fabricante de cerveza local decide organizar un concurso para encontrar la música más triste del mundo para que sirva para publicitar su producto. Al concurso se presentarán un fracasado empresario de Broadway, su amnésica novia, el hermano del primero y olvidado ex-marido de la segunda, el padre de primero y tercero y muchos más. En una rocambolesca y aceleradísima narración que nos remite por momentos al frenético ritmo de The Heart of the world, asistiremos alucinados al torneo musical que eliminatoria a eliminatoria nos irá deleitando con números musicales absurdos y encantadores. Además de su cara más alegre y ligera, encontramos otra cara más triste y melancólica, bañada por referencias a la gran depresión, que encuentra en la melancolía de la forma de la película su molde perfecto. Coproducida por Atom Egoyan, The saddest music in the world sabe aprovechar totalmente la belleza genuina de sus primitivas imágenes. Si pueden verla, comparen la estela que deja en la mente con la que produce el poder gozar de la pesadilla pre-navideña de Tim Burton.

Para terminar con este agotador día comentaré las impresiones respecto al filme Antena de Kazuyoshi Kumakiri. En esta irregular película se exploran con intensidad pero cierta dispersión temas tan diferentes como la pérdida, la presencia de lo fantasmagórico (ambos recurrentes en el reciente cine oriental y occidental), la esquizofrenia y el sadomasoquismo. La dispersión provoca que no se acaben de apuntalar vertientes narrativas que, en un principio, arrancan de una manera interesante pero se van difuminando y deformando fatalmente. La película habla sobre las repercusiones de la pérdida de un miembro de una familia (la hija pequeña) sobre el resto de sus miembros. Una década después del trágico suceso el hermano mayor (el protagonista, cuya magnífica interpretación revaloriza constantemente la obra) ha decidido abandonar el destrozado hogar familiar y el hermano pequeño sufre un problema de personalidad provocado por la presión por parte de la madre para que adopte la de su hermana. La película discurrirá fundamentalmente por dos vías: una la marcada por la relación del hermano pequeño con madre y protagonista, y dos la que mantiene el protagonista con una prostituta que ejerce el sadomasoquismo. La segunda historia, que irrumpe súbitamente en el relato, pese a introducirse como un elemento de distracción respecto a la primera acaba ofreciendo los momentos de mayor intensidad dramática y sexual con imágenes que, por su carácter intensamente explícito, resultan casi insoportables. Una película irregular para estómagos resistentes y mentes abiertas. Un director al que seguirle la pista.