Miradas de Cine PERSONA
(Persona, 1966. Ingmar Bergman)
MdC
Por Javier Castro
































 

 






Miradas de Cine © 2002

La libertad de la expresión

¿Que es un clásico? Muchos denominan así a las películas que se realizaron hasta mediados de los 70, donde un par de (por entonces...) genios llamados George Lucas y Steven Spielberg estrenaron dos películas que cambiarían la concepción del cine como espectáculo: La guerra de las galaxias (Star Wars, 1977) y Tiburón (Jaws, 1975). Para bien o para mal, el cine no ha vuelto a ser el mismo desde entonces. Los objetivos, la industria y, no nos engañemos, el público, son los que han conducido al cine a lo que es hoy en día. En esta redacción, este es más o menos el criterio que hemos usado para distinguir "clásico" de "cult", aunque con mucha manga ancha.

En realidad la expresión "cine clásico" se refiere al cine americano realizado mediante el método de estudios hollywoodiense, que comenzó a ser cuestionado a partir de 1950 y que directores como Hitchcock, William Wyler y Billy Wilder fueron arrinconando (aunque aprovechándose de algunas cosas) en su denominado "cine posclásico", coincidiendo con algunos movimientos europeos como la Nouvelle Vague o el Neorrealismo Italiano.

Desde luego, uno siempre piensa en el cine clásico como en un cine narrativo, estructurado en tres actos (presentación, nudo y desenlace), con una interpretación y una ambientación realista (incluso en la ciencia-ficción más descabellada) y que, salvo honrosas (o a veces horrorosas) excepciones, sigue siendo el tipo de cine dominante en la actualidad. Y no es extraño, ya que ha dado y sigue dando con regularidad resultados excepcionales (los Griegos que inventaron la tragedia estaban muy adelantados en cuanto a gustos), o si no, vean películas de "inspiración" clásica como Sin perdón (Unforgiven, 1992) de Clint Eastwood o Una historia verdadera (A Straight Story, 1999) de David Lynch, aunque se podría hablar bastante al respecto.

Por eso es sumamente inapropiado echar a la película que nos ocupa en este saco. Pocas de las características antes mencionadas se pueden imputar a este trabajo, salvo la fecha de su producción y, quizá, los decorados. Para empezar, no va a producir opiniones unánimes acerca de su calidad (incluyendo la falta de ella), pues este tipo de propuestas arriesgadas pueden emocionar mucho a algunas sensibilidades y a otras aburrirlas mortalmente. Y quien quiera dar una opinión absoluta deberá enfrentarse a la cruda realidad. Suponiendo que yo tuviera la retórica necesaria para convencer a alguien de que la viera (está disponible a la venta en video y DVD, ambas en VOS, y en algunos cines de grandes capitales), seguramente un tercio de los que la vieran me lo agradecería de por vida, otro tercio estaría aturdido durante unos días, y luego se uniría a uno de los otros dos grupos (este fue mi caso), y los demás desearían tener un tiesto con una secuoya milenaria que poder tirarme a la cabeza. Yo tampoco la consideraría mi película favorita, aunque me entusiasma, pero considero que esta sección hay que aprovecharla para reivindicar ese cine difícil de encontrar y de interpretar, más que para comentar películas mil veces vistas y estudiadas. Así que, y ya era hora, comencemos.

La película comienza con una serie de imágenes inconexas que parecen no tener mucho sentido: Un arco de carbón que se enciende (un tipo de foco que se usaba hasta hace unos años, que da una luz muy agradable para filmar, y se usaba también en los proyectores), un proyector, dibujos animados, un pene erecto, cine mudo, una araña, un niño delante de la imagen de dos rostros desenfocados (que luego reconoceremos como las protagonistas), etc.... Sin embargo, durante la parte central y más amplia de la película se nos desvelará gran parte de sus significados.

Elizabeth Vogler, primera colaboración con Bergman de la que luego sería su gran musa y compañera, Liv Ullmann, metida en la actualidad a directora de los guiones de su ex, como Confesiones privadas (Enskilda Samtal, 1996) o la reciente (Infiel/Trölosa, 2000) se ha callado (por cierto, una actriz que basaba gran parte de sus magníficas interpretaciones en su voz, desgarrada y quebradiza, pero que en esta cinta sólo pronuncia una leve interjección). Su silencio no sería un gran inconveniente si no fuera por que es actriz, y le ocurrió en medio de una representación. Curiosamente representaba la Electra de Sófocles (en algún momento se sacará partido de esto). Lleva una temporada en un hospital y los médicos sugieren que se vaya a una isla en compañía de una enfermera (interpretada por otra gran actriz bergmaniana, Bibi Andersson). Esta es una muchacha joven, con poca experiencia, y enseguida se confía a la enferma, intentando que con sus intimidades reaccione y comience a hablar. Pero su confianza se verá dramáticamente traicionada cuando Elizabeth le cuente en una carta estas confesiones a su médico, haciendo un análisis tosco e hiriente de su enfermera. A partir de aquí será la enfermera la que pasará al ataque. Al final, nos muestra de nuevo imágenes aparentemente banales pero que complementan y clausuran las del comienzo de la cinta.

Pero si la historia es de por sí interesante, y el análisis de las personalidades es penetrante y perturbador, con un conocimiento (supongo...) del alma femenina rayano en la entomología, es la puesta en escena la que domina y envuelve de calidez e hipnotismo esta historia. Apoyado en un impagable trabajo de fotografía en blanco y negro del genial Sven Nykvist, que se mueve en la oscuridad y en los grandes contrastes de luz como Bergman en las almas de sus mujeres, el director va montando un juego de espejos que aproxima a ambas mujeres hasta fundirlas en un memorable plano final en el que fabrica un rostro con la mitad del de cada una de sus protagonistas. En sus conversaciones huye de la convención plano-contraplano para mostrarnos siempre ambos rostros a la vez, ya sea porque una da la espalda a la otra, o porque se miran en un espejo, o porque el perfil de una tapa la mitad del rostro de la otra (ya sabéis de donde sale el famoso video de "Mamma mia" de Abba).

Quizá haya una palabra que define con exactitud la impresión que produce en el espectador: desasosiego. Tanto que en algunos sitios he llegado a ver como se comparaban las sensaciones que produce con el buen cine de terror. Y lo cierto es que a menudo esta es la impresión que produce, ya que la situación de las dos mujeres solas en la casa solitaria, maltratándose psicológicamente a veces con crueldad, otras con inocencia, en un ambiente de tinieblas y música que explota esas sensaciones, incomoda y asusta al espectador. Puede que el reflejo de nuestras propias miserias y angustias sea más penetrante en nuestra conciencia que las que atormentan a esas mujeres.

A pesar de ser una película heredera de la mentalidad a veces cursi, manierista o torpemente transgresora que en los 60 condicionó gran parte de las obras de arte perjudicándolas y haciéndolas envejecer con rapidez, la película no adolece de ninguno de estos defectos. Conserva una modernidad y frescura tanto en la puesta en escena (quizá debería decir "puesta en imágenes") como en la historia y tratamiento de los personajes que la hacen superar a la mayor parte de las películas de su época, desde la Nouvelle Vague hasta algunas propuestas de apariencia rompedora pero que han envejecido peor como La naranja mecánica (A Clockwork Orange, 1971), del casi siempre genial Kubrick. La película se ve como hecha hoy en día, o más bien como si siguiéramos allí, pues los problemas de las personas siempre han sido los mismos. Ahí es donde está el secreto del éxito que sigue teniendo hoy en día el cine clásico, y quizá sea esta la cualidad que más acerca a esta película a los grandes clásicos americanos.

Ingmar Bergman, autor de obras maestras como El séptimo sello (Der Sjunde Inseglet, 1956), Sonata de otoño (Herbstonate, 1978) o Fanny y Alexander (Fanny och Alexander, 1982) dijo acerca de esta película en su libro "Imágenes" (1990): "Tengo la sensación de que en Persona he llegado al límite de mis posibilidades. Que en plena libertad, he rozado esos secretos sin palabras que sólo la cinematografía es capaz de sacar a la luz. Y es que cuando el genio se libera de los convencionalismos y las ataduras, es capaz de penetrar hasta los rincones más ocultos de la mente y convertir sus sensaciones en imágenes".