Miradas de Cine EL BUSCAVIDAS
(The Hustler, 1961. Robert Rossen)
MdC
Por José David Cáceres


Cartel del film















Miradas de Cine © 2002

Una impenetrable oscuridad

Se hace muy difícil expresar en palabras todas y cada una de los aciertos de un film tan monumental como El buscavidas (The Hustler, 1961), y no por el espacio disponible (limitado como puede imaginar el lector), sino por una razón, que ahora mismo se me antoja insalvable: las imágenes y los diálogos del film expresan y explican todo de forma concisa, magistral, irrepetible; ¿cómo se puede, entonces, trasladar todo eso en un escrito cuando ya está perfectamente explicado en la película, sin caer irremediablemente en la repetición, en lo evidente? Consciente de ello intentaré exponer en las siguientes líneas algunos de los aspectos, que en mi opinión, son los más relevantes de una película, que ya invito a (volver) ver al lector, pues, insisto, lo mejor que uno puede hacer ante algo tan extraordinario es saborearlo una y otra vez, pues siempre se tiene la sensación de estar viéndola (disfrutándola mejor dicho) por primera vez.

La secuencia que abre el film, aun antes de que aparezcan los genéricos, define en apenas cinco minutos quién es el protagonista (Eddie "Relámpago" Felson: posiblemente nunca Paul Newman ha estado mejor) y a qué se dedica: en una parada en el camino él y su socio, Charlie (Myron McCormick), toman unas cervezas en un bar y aprovechan para jugar al billar; todo no es más que una artimaña para sacarle el dinero al pobre primo, en ese caso el camarero, que apostará contra Felson una jugada. El magnífico retrato que Robert Rossen, director y co-guionista del film, realiza del submundo del juego, de pequeñas mafias y de unos personajes memorables, se aprecia ya en este conciso y magistral prólogo.

Felson, un tahúr del billar, tiene un objetivo: desafiar al "Gordo de Minnesota", considerado el mejor jugador y que no ha perdido una partida en los últimos diez años. El enfrentamiento entre ambos no se hace esperar y llena el primer acto del film, que no sirve para mostrar simplemente las cualidades de ambos (el billar siempre es el fondo de la narración, una mera excusa, que resulta, de todos modos, fascinante) sino que define ya por completo a Eddie Felson: su carácter prepotente, ya intuido en los primeros diálogos arrogantes del joven especialista antes de iniciar la partida; su obsesión de equipararse en todo momento al "Gordo" y derrotarlo definitivamente; su falta de sentido común en el momento cumbre. Y aunque pudiera parecer que sólo existe el personaje protagonista como tal en toda esta parte, no es así: el propio "Gordo de Minnesota", en su aparente esquematismo es un personaje espléndidamente descrito gracias a la genial composición de Jackie Gleason, y a aspectos, a priori, poco relevantes, como su vestimenta, sus gestos, convirtiéndose en el perfecto contraste frente al joven buscavidas; incluso Charlie se perfila como algo más que el simple socio capitalista, en su intento de proteger su inversión, sin dejar por ello de sentir aprecio por el jugador. Del mismo modo se introduce el mundo donde se desarrollará todo el film, caracterizado por el juego, el alcohol y el dinero, perfectamente ubicada en una sala de billares y modélicamente iluminado por Eugen Shuftman.

Tras caer derrotado ante el "Gordo" y quedarse con tan solo doscientos dólares, Eddie Felson abandonará a su socio, con un único objetivo: conseguir el suficiente dinero para volver a desafiar y demostrar(se) que es el mejor.

En esta búsqueda conocerá a Sarah Packard (interpretada por una portentosa e inolvidable Piper Laurie) en la cafetería/bar de la estación de autobuses, en una escena memorable, edificada sobre una estudiada puesta en escena, en la que apenas cuatro o cinco planos describen el acercamiento de los dos. Si en un principio Sarah desconfiará del joven buscavidas y le rechazará, ella misma regresará en su busca a la misma cafetería en una escena extraordinaria, en la que perfectamente se define la atracción que se profesan y la necesidad que uno tiene del otro, y que concluye magistralmente con ese plano de los dos abandonando la estación abrazados, iniciándose así su tortuosa relación. El excelente sentido elíptico de Rossen se puede apreciar ya en este momento, pues la inmediatamente posterior escena presenta a Sarah llevando la compra y dirigiéndose a su casa, en la que Eddie la espera, pues están viviendo juntos; subrayado ese paso del tiempo de manera sutil y hábil mediante algunos diálogos (1).

La relación entre ambos es, en primera instancia, fría y distante, pero la necesidad de tener a alguien es mucho mayor y ambos se enamoran, por mucho que sólo sea ella quien lo exprese abiertamente. La aparición de Charlie, en busca de estabilizar de nuevo su sociedad con Eddie, sirve para que se refuerce la relación entre éste y Sarah -ella conocerá por fin a qué se dedica Eddie (2)-, aunque de pie, primero, a una fuerte discusión entre ambos, y de paso para mostrar la larga separación entre Eddie y su socio, que buscan metas distintas y que obviamente les llevará a la ruptura definitiva, marcada por el desprecio y la continua arrogancia del tahúr, que le despedirá con un "muérte ya".

El buscavidas sigue de manera ejemplar una estructura causa-efecto: cada plano es consecuencia del anterior y, a su vez, germen del siguiente. Un ejemplo sería cuando Eddie se encuentra de nuevo con Bert Gordon (George C. Scott, ofreciendo su hosco y antipático rostro -y sus excelentes dotes interpretativas- a uno de los malvados más inolvidables que ha dado el cine) tras conocerle en la partida contra el "Gordo", que, con cierta superioridad le asegura que ha nacido para perder, ofreciéndole una asociación, que Eddie rechaza. La siguiente escena es determinante: el buscavidas vence a un nuevo pardillo en uno de esos bares de los barrios bajos que frecuenta, pero en esta ocasión su arrogancia le pasa una mala pasada y es víctima de una paliza por parte de un grupo que exclama que no quieren buscavidas en su bar, y que consiguen fracturarle los dedos. Su intento de buscarse la vida por su cuenta no sólo no fructifica sino que acaba mal como le había advertido Gordon y, es más, el tono agrio entre Sarah y Eddie que dejó su anterior discusión que mantuvieron antes del accidente, se torna en mutuo acercamiento, tanto en la magistral escena en la que Eddie deja que Sarah le abroche la camisa, como en su picnic en el campo donde cada uno expresa sus sentimientos y dudas, adelantándose a una posible reflexión del espectador sobre lo sucedido justo antes, mostrando a unos personajes tan cercanos y auténticos que es imposible no sentir ni sufrir con ellos. Este encadenado de secuencias, que duran lo justo y resultan admirables por todo, y las dependencias entre una y otras, son un claro ejemplo de narración cinematográfica y prueba que Rossen no sólo era un excelente guionista (3).

Como no podría ser de otra manera Eddie finalmente aceptará la propuesta inicial de Gordon y se irá con él y Sarah para enfrentarse a un tal Findley. Será este "viaje" definitivo para que "Relámpago" Felson madure como jugador de billar y como persona, pero a un precio muy alto. La perfecta descripción que hace Rossen del nuevo trío y sus trágicos acontecimientos tiene tres momentos claves, cada uno consecuencia del anterior, en esta tercera y penúltima parte del film. 1. Debido a la lógica desconfianza que Sarah siente por el mezquino Gordon, y la intención de éste por proteger su inversión, buscando librarse, por lo tanto, de ella, en la fiesta que da Findley, Gordon procura sacar de quicio a la muchacha, que no para de beber, murmurándola algo al oído -que queda en off, de manera muy inteligente, pero que permite imaginarnos, aproximadamente, lo qué le dice-, consiguiéndolo: un ataque de histeria de la muchacha, que terminará descansando en una cama de la mansión. 2. Mientras Sarah pasa su resaca, Eddie juega contra Findley. Es un desastre: Gordon le asegura, nuevamente, y entre cierta desilusión, que ha nacido para perder y que se acabó. En ese momento, entra Sarah, que solicita la compañía de Eddie y que vuelva con ella al hotel. Sin embargo él no quiere, está obsesionado con la partida. Es entonces, cuando el carroñero Gordon aprovecha la breve, pero grave discusión entre la parejea, y el estado de ánimo de él, para apostar de nuevo: Eddie termina aplastando a Findley. 3. Gordon llega al hotel sólo y aprovecha para deshacerse de la muchacha asegurándola que es lo que quiere Eddie. Tras una elipsis genial se devela lo sucedido: Gordon habla con unos policías, en el baño el cuerpo inerte de Sarah, que ha decidido quitarse la vida. Eddie, lleno de una insondable tristeza se abalanza contra Gordon, pidiéndole explicaciones...

Los tres mil dólares ganados a Findley permiten a Eddie desafiar de nuevo al "Gordo de Minnesota", derrotándolo ante la mirada de Bert Gordon, que reclamará su parte, pues entiende que continúa siendo su socio. Sin embargo, el recuerdo de Sarah, de lo sucedido y las palabras de Eddie, no dejan ni siquiera indiferente a una persona como Gordon, incapaz de sentir amor, incapaz de poder sufrir por otra persona, pero, muy posiblemente, incapaz también de olvidar e, incapaz de enfrentarse a alguien que no le importa seguir vivo, pues en su camino hacia el cielo ha atravesado las profundidades del infierno. Una antológica secuencia que concluye una película perfecta.

(1) Hay otros ejemplos de empleo de elipsis, incluso encadenados sucesivos de elipsis, como cuando rompen los dedos a Eddie y su paulatina rehabilitación, mostrada en varias escenas consecutivas, que se integran de manera perfecta en el devenir de la historia.
(2) Más adelante, Eddie conocerá la verdad respecto a Sarah, justo antes de que él le diga que se va unas semanas y ella teme que no volverá. Esta escena es asombrosa.
(3) Robert Rossen (1908 - 1966) antes de dirigir demostró sus cualidades como escritor en, por ejemplo, su colaboración para el libreto de Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939), una de las varias obras maestras de Raoul Walsh o en los guiones de A Walk in the Sun (1945) y El extraño amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers, 1946), ambas de Lewis Milestone. A pesar de ser víctima de la vergonzosa "caza de brujas", Rossen antes de morir pudo realizar dos films únicos e irrepetibles -el que ha originado estas líneas y Lilith (id., 1964)- demostrando que fue un excelente director, que, tal vez, en otro lugar y/o en otro momento, podría haber dado mucho (todavía) más de sí.