El pasado inquietanteDentro de la aproximación, siempre interesante,
que el cine español está realizando en estos últimos
años (y casi siempre auspiciado por Filmax, aunque también
haya obras de presupuesto más holgado como Los sin nombre, El
espinazo del diablo o la mismísima Los otros), habría
que ser más honesto y no disfrazar opciones melodramáticas
con atmósferas inquietantes para potenciar el mínimo (o
ridículo) misterio que envuelve la trama. Y es que, dentro
de las buenas aptitudes que presenta En la ciudad sin límites,
donde ya sólo la presencia de Fernando Fernán
Gómez te invite al disfrute de la actuación en mayúsculas,
resulta algo triste el disfrazar con unos buenos efectos de ambientación
una trama que no se corresponde con dicho embalaje, llevando así
a la confusión del espectador, que sediento de thriller se pierde
en los parajes de la comedia coral y en la constatación del melodrama
como herramienta insignia del film. De ahí que el film de Antonio
Hernández, realizador de la interesante Lisboa y la cachonda
e hiriente El gran marciano, se pierda en sus (correctos) intentos
de construcción del film, perdiéndose en lo que quizás
resulta al fin y al cabo lo más interesante de la película:
El retrato de una familia cuyos errores del pasado convergen con los errores
del presente, y donde la rectitud y cinismo de la madre (perfecta Geraldine
Chaplin) se transmita en infidelidades y abandonos propios de sus hijos
con sus respectivas parejas. Leonardo Sbaraglia, reciente premio Goya
al mejor actor novel por Intacto (aquí permitir que se me
escape la risa ante la ignorancia de los miembros de la academia al no
conocer la filmografía del actor de Caballos salvajes y
Plata quemada), construye un personaje muy interesante como el hijo
empeñado en ayudar al desquiciado de su padre (como he dicho, es
un placer ver a Fernán Gómez en acción), presentando
la ambigüedad de alguien que se presenta como héroe de la
historia, mientras que en su comportamiento devenga un ser antipático
ante las infidelidades para con su pareja. Así toda la historia
se tiñe de un cinismo ácido, que como digo, coronado
con el gran reparto que resulta de juntar a Alex Casanovas con Ana Fernández
y, sobretodo, a Adriana Ozores con Roberto Alvárez, hace que las
historias paralelas que envuelven el film sean mucho más interesantes
que la propia trama principal, que, y al igual que le pasaba a El sueño
del mono loco de Trueba, se pierde en toques surrealistas y psicóticos
nada veraces en relación con lo que se está contando.
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