| EL EMBRUJO DE SHANGHAI, de Fernando Trueba |
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El perfume de GraciaViendo el último film del oscarizado Fernando Trueba resulta inevitable, aunque sea obligado separar ese pensamiento, dibujar las hipótesis de que hubiera dado de sí el film, si se hubiera fraguado bajo la mano del, apartado de la producción, Víctor Erice, tras su enfrentamiento con el productor Andrés Vicente Gómez(1). Realizador, por otra parte, que pese a su incuestionable estilo narrativo, muy alejado de cualquier otro realizador español, mantiene curiosas semblanzas con el cine de Trueba, en cuanto a ambientación de historias (usualmente la posguerra) y motor de las mismas (la iniciación en un mundo adulto, tras el desengaño de la infancia: Desde El año de las luces de Trueba a El espíritu de la colmena de Erice) se refiere. Sin embargo, el film es de Trueba, y por lo tanto, ha de ser aceptado, estudiado y disfrutado como tal, y en tales circunstancias, Trueba, ha llevado a su particular dominio narrativo la novela de Juan Marsé, si bien alterando el interés entre las dos historias que circulan por el film, manteniéndose en cuanto a acontecimientos y personajes se refiere tremendamente fiel a la novela, condensando en 120 minutos todos y cada uno de los capítulos que conforman El embrujo de Shanghai. Sin embargo y pese a la excelente labor de dirección artística y música que posee el film, así como la maravillosa interpretación de Fernando Fernán Gómez (él solito condensa lo mejor del film/novela: su capitán Blay desborda humanidad y simpatía, y si hay algún momento tierno en el film, más allá de la sosa relación entre los jóvenes, es cuando Blay se increpa a sí mismo por la desaparición de su hijo en la guerra. "Al menos, nos podrían haber dado sus prismáticos"), y el buen ojo de Trueba para la filmación, El embrujo de Shanghaies un film inconstante, algo endeble, que ni con todo el brillante reparto que posee (algo habitual en los films de Trueba) consigue despertar más sentimientos y simpatías, de lo que a priori se esperaba de ella. En esto ha afectado y mucho, la desgana con que Trueba realiza la idílica aventura del Kim (Resines) en Shanghai que Forcat (Fernández) cuenta a los chicos. Esta parte del film, realmente intrigante en la novela de Marsé, pese a su buena caracterización, rodado en B/N con decorados de cuento infantil e imaginería romántica, es en manos de Trueba, un intermedio de la historia de los jóvenes, que más que ayudar a comprender tanto la necesidad de Susana por su padre como la extraña y fascinante personalidad de Forcat, acaba convirtiéndose en un estorbo narrativo, que entorpece el seguimiento de la historia principal sin llegar a biseccionarla: no hay pasión en la aventura del Kim, tanto es así, que cuando se descubre el final de la historia de manos del Denis (buen Jorge Sanz, en un arriesgado giro interpretativo), al espectador ya casi no le importa, pues la veracidad del relato había ido perdiendo significado por el camino. Así, el verdadero interés de El embrujo de Shanghai permanece en esa descripción del barrio de Gracia barcelonés en la posguerra y en el maravilloso personaje del Capitán Blay, un viejo anarquista, ácrata y protestón, empeñado en cerrar las fábricas que a su parecer acabarán envenenando a toda la ciudad con sus gases invisibles. Es en ese ambiente y en ese barrio, donde Trueba se mantiene más cómodo, filmando con dinamismo las situaciones, decorando las calles del precioso barrio barcelonés como si de un pueblo se tratara, coronado por el cine Rovira donde Anita (Gil) es taquillera, y donde se pueden ver films de Otto Preminger y Fritz Lang. He de reconocer que pese a la simpatía de obras como El año de las luces, Belle epóque y La niña de tus ojos, de la obra de Trueba, sus films que más conseguidos me han parecido han sido los menos ambiciosos. Sin nada que ver entre ellos, Ópera prima y Calle 54, me parecen lo más acertado de este director, enamorado siempre de personajes, músicas e historias, con un ojo apuntando al cine negro norteamericano y el otro apuntando al cine romántico francés. Así El embrujo de Shanghai se queda varado en ese grupo de films románticos sobre el proceso de perversión de la juventud, sea para bien, como en Belle époque, o para mal, como en El año de las luces. Todo interés posterior se pierde en el desaprovechamiento de las posibilidades que podía presentar la novela de Marsé, en especial en ese misterioso personaje que es Forcat, al que Eduard Fernández compone acertadamente llenándolo de silencios y de mirada oblicua, que si bien en la novela arrastra la acción con sus palabras y gestos, en el film permanece más plano, en el fondo como todos los personajes de la obra. Excepto Blay, claro. (1) A los que le gusten los "si hubiese..." pueden leerse el guión publicado por Erice "El perfume de Shanghai". |