| EN LA HABITACIÓN, de Todd Field |
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El melodrama elípticoTengo que reconocerlo, si hay un género que me da aún más miedo que la comedia romántica, este es el melodrama llorón y simplón, por lo general siempre forzado y tramposo, que busca como único fin el uso descarado del kleenex y la lágrima fácil en el espectador. Films tan bochornosos como Cuando un hombre ama a una mujer, Quédate a mi lado o la reciente Yo soy Sam, prueban que el cine dramático cuando únicamente trata de exagerar situaciones desgraciadas y/o desesperadas acaba convirtiéndose en films sin contenido, vacíos, teniendo que complementarse con la complicidad del espectador de a pie (que es, con todas, el mayoritario), siempre o casi siempre favorable a que se les engañe de tal manera. Y es desde esta vacuidad donde nacen todas las excelencias de En la habitación, film que más allá de las escalofriantes y miméticas interpretaciones de Tom Wilkinson y Sissy Spacek, es un perfecto ejemplo de cómo no mostrando se consigue más que enfatizando el drama. Ante una premisa de argumento simple cercana a cualquier telefilm de sobremesa: Un matrimonio vive la desgracia de perder un hijo asesinado a manos del exmarido de su amante (el clímax final sería lo único que se alejaría de este tipo de films). Field convierte lo que sería un melodrama típicamente norteamericano, mediante el único uso de una exquisita caligrafía cinematográfica, en un trabajo sensible, en ocasiones durísimo, de una frialdad y una sequedad tan afilada, que acaba transformando los tranquilos parajes de Maine en un verdadero cuento de horror, en una disección del dolor sin tener que enfatizar ni ninguna lágrima, ni ningún grito, guardando un inquietante equilibrio entre contención y dolor patente en cada uno de los fotogramas del film. Desde luego, seguimos en el terreno melodramático, pero esta aproximación casi asiática al retrato del dolor más profundo (desde el cine elíptico de Wong Kar Wai hasta el uso de la imagen sugerida, no mostrada, de Takeshi Kitano), convierte En la habitación, en un film paradigmático, en ocasiones sobresaliente, donde la excelente labor interpretativa tanto de Sissy Spacek como de Tom Wilkinson, acaban convirtiéndolo en un film imprescindible, no ya para el espectador de a pie o el cinéfilo de gafas de pasta, si no para cualquiera que disfrute de las emociones internas, esas que no se pueden mostrar, las que en silencio van de fundido en negro a fundido en negro. De alguna manera, estamos cerca del dolor del Dogma 95, pero sin estar tan obsesionados en el plano bizarro, también estamos cerca de La habitación del hijo de Nanni Moretti (en especial por el uso del silencio para describir el dolor) y, también, quizás sin saberlo, nos hallamos en una nueva historia de fantasmas (internos) sacada del mundo terrorífico que Stephen King ha hecho de la Nueva Inglaterra norteamericana. Así Field acaba dibujando un film fotográfico, de imágenes tremendamente duras y, sin embargo, puramente narrativas: El cuerpo de Ruth derrotado en la cama, Matt abrazando la almohada donde dormía su hijo, la expresión de Natalie (Marisa Tomei, en su mejor interpretación) cuando habla con su exmarido (William Mapother), etc. Pese a todos los aciertos, el film, si se pusiera en una balanza, quedaría descompensado, en cuanto al diferente interés que presentan las estructuras del mismo: inicio (presentación de los personajes), desarrollo dramático (aceptación, o no, del dolor proveniente de la muerte del joven) y clímax final (fin ¿abierto? de la historia), saliendo claramente vencedora la segunda mitad del film, es decir, la que engloba desarrollo (ojo a la expresión de dolor contenida de Wilkinson durante toda esta parte) y clímax (un final sorprendente, tanto por su inusualidad como por su brutalidad). No faltaran los que no entiendan En la habitación, es decir, los que disfrutan llorando a moco tendido con Russell Crowe imaginándose que le grita Ed Harris, pero qué queréis que piense. Seguramente es mejor así. |