| ESCALOFRÍO, de Bill Paxton |
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En el nombre de DiosEl debut como director del actor Bill Paxton ha sido toda una sorpresa para los amantes del fantastique, con un film de terror, que sobresale aún más en el actual estado en que se encuentra el género, mucho más preocupado en volver a confiar, como a principios de los ochenta, en subproductos como el slasher (cfr. la bochornosa saga de Scream y sus aún más lamentables "hijos") o el tono paródico del género, con ninguna fortuna por el momento (cfr. Scary Movie 1 & 2 o Cherry Falls). No obstante Escalofrío no es un horror film en un sentido estricto, aunque la indudable inquietud que crece tras su historia llega a producir, en algunos momentos, la mayor de las turbaciones. Su cadencioso ritmo, su eficaz uso de la elipsis y su ambigüedad inicial, le sitúan en los lindes del psycho-killer, pero del bueno, del representado por la excelente Henry, retrato de un asesino, con la que no guarda parecido temático alguno, aunque sus formas llegan a converger. La primera parte del film, que funciona a modo de introducción, resulta excelente por cómo sabe reflejar la aparición de lo extraño en un marco cotidiano: una familia modesta formada por un padre (Paxton) y sus dos jóvenes hijos (Fenton y Adam Meeks, respectivamente Mathew O'Leary y Jerry Sumpter) de repente ve truncada su existencia por la aparición de Dios, que les encarga la misión de eliminar a los demonios vestidos de personas que habitan en nuestro mundo; el padre habla con Dios y hace, primero, partícipes a sus hijos de lo qué ocurre, y, posteriormente, también de los crímenes que irán cometiendo El retrato inicial de esta familia carente de una madre, que vive en una de esas típicas comunidades rurales norteamericanas caracterizadas por grandes casas y amplias calles, se presenta en apenas un par de escenas que, rápidamente, tras la aparición, tienen su contrapunto, su lado oscuro (y no se me entienda mal). Repasemos un par de ejemplos: (a) las dos escenas en las que el sr. Meeks lleva a sus hijos al colegio camino del trabajo aparentemente iguales tienen una evidente diferencia, no sólo por lo que sabemos ha sucedido, también por el rostro de Fenton, el hermano mayor, que temeroso y en parte aliviado por lo que cree que ha sido una pesadilla, se torna en auténtico horror -trasladable al espectador- cuando el padre al despedirles les recuerda que no cuenten nada de lo que les contó la noche anterior; (b) el regreso a casa de los muchachos tras la aparición contiene una extrañeza absoluta, tanto por la negativa de Fenton a ir por el atajo que toman él y su hermano habitualmente, como por la sensación de desconfianza y misterio que presenta ese camino ahora; (c) la secuencia que encadena el final de lo cotidiano con el principio del horror, realmente espléndida: Fenton y Meeks se van a la cama y su padre les acuesta, apagando la luz de su habitación, a continuación con el mismo encuadre la luz se enciende y su padre entra alterado en la habitación y les cuenta su visión: ya nada será como antes y la apacible vida de los Meeks se convertirá en un tortuoso recorrido en el nombre de Dios. Apenas dura la introducción unos veinte minutos, que resultan vitales -y así lo ha comprendido Paxton- para crear el clima necesario de tensión que permita mantener el interés, e incluso elevarlo, por los acontecimientos posteriores. Hay un elemento, en este sentido, que dota al relato de una mayor densidad y atmósfera y que se encuentra en la ambigüedad de los hechos: la incertidumbre de saber si en efecto el padre está loco o por el contrario en realidad posee los poderes, que dice Dios, le ha dado (al tocar a los presuntos demonios con sus manos puede ver las atrocidades que éstos han cometido en vida), basada en la subjetividad de la historia al ser contada en flashback por Fenton de mayor y la incredulidad de éste ante los hechos, frente a la certeza de Adam que sí cree a su padre y qué también asegura ver a los demonios. Al contrario de lo deseable, la estructura en flashback -por lo demás muy bien articulada, a pesar de alguna (asumida) falta de rigor- deviene, en realidad, en un truco, que no trampa, que encaja a la perfección eso sí, para destapar, hacia el final, la caja de sorpresas y liquidar la agradecida ambigüedad existente hasta entonces. El resultado aún así es notable, pero uno hubiera preferido mantener la incertidumbre más allá de los créditos finales. Se hace necesario, a mi entender, exponer, antes de concluir, otros de los aciertos de un film, que no se olvide, es una ópera prima y que permite mantener fundadas expectativas en el futuro como director de Bill Paxton. La acertada utilización de la elipsis se ejemplifica en todos los asesinatos que tras el consecuente hachazo pasa al entierro de los cuerpos en bolsas de basura La contención narrativa que no se recrea en el terrible y escalofriante impacto psicológico en los chavales co-autores, en realidad, de los crímenes; aquél es perfectamente comprensible en los rostros de los niños (el miedo hacia su padre en caso de Fenton, el pavor de Adam ante todo lo que ocurre) y en su diligente colaboración con su padre en la captura, destrucción y entierro de los presuntos demonios La excelente dirección de actores, todos espléndidos, en especial Mathew O'Leary, el joven Fenton, que acertadamente conjuga, desconfianza, temor, entereza e ingenuidad a su torturado personaje; pero también el propio Paxton, que consigue humanizar al monstruo que ha creado, sobre todo cuando muestra el temor a poner las manos desnudas en los demonios que elimina La concepción de lo sobrenatural y/o del horror, apreciable, además de las escenas iniciales ya apuntadas, en dos momentos antológicos: la visión que el padre tiene, mientras trabaja, de un ángel que preside un decorado que se asemeja al techo de una iglesia o catedral; la señal que le indica donde encantar las primeras armas para su misión, una luz divina entra en un cobertizo y revela un hacha y unos guantes |