Miradas de Cine SESSION 9, de Brad Anderson   MdC

Cartel de la película

Por Alejandro G.Calvo

USA, 2001. T.O.: Session 9. Director: Brad Anderson. Productores: David Collins, Dorothy Aufiero y Michael Williams. Producción: Scout Productions para USA films. Guión: Brad Anderson y Stephen Gevedon. Fotografía: Uta Briesewitz, en color Foto-Kem. Diseño de producción: Sophie Carlhian. Música:Climax Golden Twins. Montaje: Brad Anderson. Duración: 97 minutos. Intérpretes: Peter Mullan (Gordon Fleming), David Caruso (Phil), Stephen Gevedon (Mike), Josh Lucas (Hank), Brendan Sexton III (Jeff), Paul Guilfoyle (Bill Griggs), Lonnie Farmer (Doctor), Sheila Stasack (Weny), Jurian Hughes (Mary Hobbes), Larry Fessenden (Craig MCManus).

Miradas de Cine © 2002

La restauración del horror

Ya es por todo el mundo lícito la aceptación de la muerte del género cinematográfico como tal, causada, no tanto por la escasa viabilidad económica de los productos, si no por la subdivisión de este en múltiples subgéneros de muy distinto interés. Así, los antiguos films de terror, siempre de la mano del fantastique, ya desde los setenta se empezaron a desclasificar de manera alarmante al incluir en sus tramas cada vez personajes más simples en situaciones más inverosímiles, hasta el punto de acabar parodiando el propio género, bien en clave gore, bien en clave humorística. El éxito comercial de dichos films, al contactar de manera sorprendente con el público más joven, provocó el hecho de que la industria cinematográfica se centrara más en realizar múltiples remakes de todas las sagas exitosas (desde Viernes 13 a La noche de Halloween) y en potenciar el cine de efectos especiales más espectacular posible, obligando así al viejo horror clásico y a la serie B más pura hasta casi el exterminio. Si a esto le añadimos que los viejos directores del cine de horror se ven hoy en día avocados a films de desigual interés (John Carpenter, Tobe Hooper) o han alcanzado un grado de autoría tal que les es imposible recobrar sus inicios (David Cronenberg, ¿Peter Jackson?), esto deja el mercado del terror serio a merced de productos televisivos de ínfima calidad (enésimas adaptaciones de obras de Stephen King y Dean R.Koontz), al auge de un mercado tan interesante como el asiático (desde Tetsuo a The ring), al cada vez más cansino thriller terrorífico (Seven, Resurrección, Fallen, Mothman...) y a escasas perlas, que como gotas de agua, el cine mundial nos pueda obsequiar (Jeepers Creepers, En lo profundo del bosque, Cube, El sexto sentido...).

Así pues, en tal confundido ambiente genérico, el realizador Brad Anderson (Próxima parada, Wonderland), se atreve con un film a partir de un guión propio, capaz de recuperar el aroma más vivo del horror clásico aún en un formato tan actual como es el video digital(1). Session 9 es la vívida lectura del horror cinematográfico más sobrio a nivel narrativo con la conjugación de un formato visual mucho más espectacular. De alguna manera, Anderson, en la fotografía movida que realiza de estos cinco hombres encargados de restaurar un viejo psiquiátrico donde se cometieron múltiples barbaridades, consigue aunar el áurea maléfica que envolvió el proceso degenerativo de Jack Torrance en El resplandor con la serie B más masculina en la que un grupo reducido de hombres se enfrenta a un poder sobrenatural que les sobrepase (pongo como ejemplo Depredador, pero que no se me entienda como ejemplo estilístico ni narrativo, si no como el símbolo de un grupo de hombres aparentemente normales enfrentados a un mal, existente o no, muy superior a ellos).

La primera violencia narrativa que se muestra en Session 9, es la doble vía que se usa para narrar la historia: una a partir de lo que se dice, otra, a partir de lo que se muestra. El horror, en la excelente primera parte del film, está en lo que se sugiere formalmente mediante los diálogos de los protagonistas, casi siempre cambiando de plano o secuencia en la imagen, mientras que seguimos escuchando la voz de la anterior; o, por ejemplo, en la onomatopeica escena en la que Mike (Stephen Gevedon), narra el proceso de violación de una niña por parte de sus padres y abuelos, mientras vemos en imágenes escenas de bichos depredadores devorando a sus presas. Dicho encantamiento vocal, se va difuminando a medida que va avanzando el film y las imágenes van ganando fuerza (en especial las centradas en el personaje de Gordon(un siempre excelente Peter Mullan)) y vamos descubriendo la degeneración progresiva de todos los personajes, que poco a poco, van cambiando su actitud incial en una supuesta infección por parte del gótico psiquiátrico sobre sus personalidades (el hecho de que sean restauradores e intenten protegerse del "maligno" polvo que desprenden las obras mediante trajes de desinfección y máscaras anti polvo como se apreciará al final, de poco les servirá).

Así, con una estupenda iluminación y puesta en escena (Anderson se llevó el galardón de Mejor Director en el pasado Festival de Sitges), el film va desbocándose hasta la parte final del metraje (atención a la espectacular escena en la que Jeff, que padece nictofobia, huye por un pasillo estrecho mientras las lucen se van apagando detrás de él, hasta que la oscuridad lo engulle), donde, y quizás sea esto lo peor de la cinta (citar la tontería del asesinato de Craig, más un detalle humorístico que revelador), se descubre quien o que ha probocado todo el caos, mediante el hábil recurso de hacer que uno de los restauradores escuche cintas de antiguos interrogatorios habidos en el hospital.

Así, la principal arma de Anderson, además de contar con un quinteto excelente de actores provenientes del cine independiente norteamericano (a los ya dichos, habría que añadir al brillante Brendan Sexton III y a los eficaces David Caruso y Josh Lucas), es su agilizado dinamismo narrativo soportado sobre un decorado terrorífico, como es el decrépito hospital en forma de murciélago(2) de paredes desconchadas, plagado de un polvo que se entrevee pútrido y unas paredes de lo más bizarras sobreimpresionadas con múltiples fotografías de los reclusos que antaño fueron torturados. La fuerza que emanan todas y cada una de las imágenes de Session 9, desde la silla de fuerza oxidada a lo largo del pasillo a el agujero por el que Mike va extrayendo monedas antiguas, calan en el espectador sobrecogiéndolo como pocas veces se ve hoy en día en el cine, más acostumbrado a la fotografía de imágenes vacías, que no a las fuertemente simbólicas y cargadas de intención de Anderson. Quizás, como digo, lo menos interesante de la historia sea la ecuación final del film, pero merece la pena perdonárselo por ese último plano, el del hombre desesperado, ya definitivamente loco, que lucha por engañar a la realidad en un intento en vano.

(1) Curiosamente la cámara usada para rodar Session 9 es la misma que usó George Lucas para rodar esa postal fotográfica intergaláctica que es el Episodio II: El ataque de los clones, sólo que en el film de Anderson, gracias a Dios, no aparece Yoda.
(2) El hospital, por esperpéntico que parezca, existió y existe en la realidad (aunque ya deshabitado). Es el Hospital Mental Estatal de Danvers, cerca de Boston.