Globaliza que algo queda No han sido pocas las miradas que se han lanzado desde
Occidente a la siempre misteriosa y fascinante India. A bote pronto, a
uno siempre le vienen a la memoria dos de las canónicas: Pasaje
a la India y El rio.
En la primera, un David Lean crepuscular escenificaba
el choque de culturas en un extraño y silencioso diálogo
entre los muertos y los que todavía vagamos por este mundo, errando
(en los dos sentidos de la palabra) sin rumbo fijo.
En El rio, una película bellísima
donde el cine más cerca a estado de equipararse a la lírica,
el humanismo de Jean Renoir se integra perfectamente en un discurso panteísta,
cautivador, iniciático. Nótese que en ambos films, de uno
u otro modo, existían historias de amor interraciales, múltiples
modernas.
Pero cualquier occidental medianamente curioso se pregunta...
¿y qué hay de ellos? ¿Cómo se ven a sí
mismos? ¿Cuales son sus inquietudes, sus pasiones, sus miedos?
Así fue como supimos de Satyajit Ray, el primer realizador de renombre
proveniente de esas tierras. Cinéfilo vocacional (fundó
el primer cine-club de su país allá por 1947), se dio a
conocer en los festivales europeos poco después de que Kurosawa
desatase la fiebre asiática: premiado en el festival de Cannes
en 1956 por La canción del camino / El lamento del sendero,
y galardonado dos años después en la Mostra de Venecia por
El invencible. Tildado por algunos de imprescindible, quien esto
escribe no abundará en apreciaciones ni juicios respecto a la obra
de un autor que desconoce por completo.
Volvamos al presente. El cine de la India sigue siendo
ese gran desconocido, un auténtico coloso en la sombra: sus cifras
de producción anual convierten a Hollywood en una humilde fábrica
artesanal. Poseedora de un mercado potencial apabullante, el cine
indio siempre ha sido tachado de excesivamente localista, incapaz de articular
un discurso global que entusiasme a gentes de otros continentes.
Lo que uno acaba recordando de las pocas películas
que ha visto de este país son sus maratonianos números musicales,
locuras visuales de incuestionable derroche imaginativo (como incuestionable
es también el sopor que provoca en audiencias no practicantes del
sadomasoquismo). Pero por lo visto es un género que a ellos les
pirra y en esto aplican el mismo principio que esa otra gran factoría
del otro lado del globo: darle al público lo que pide. Así
pues, estamos ante una filmografía voluntariamente aislacionista,
poseedora de sus propios técnicos, estudios, star-system....
Ah, pero el amigo americano hace tiempo que le tiene echado
el ojo al mercado indio, aprovechando la afinidad anglófila resultado
de un siglo de sometimiento a su Graciosa Majestad. Se advierte un creciente
interés por la India, ideal a la hora de otorgar coartadas espirituales
a personajes descocados y neo-hippies (la Kate Winslet de Holly Smoke)
o catalizador de abigarradas imaginerías policromáticas
(véanse con atención algunos de los números musicales
culminantes de Moulin Rouge).
Así pues, ¿Oriente es Oriente? Si, pero
menos. Como muestra, la inminente Quiero ser como Beckham y la
que nos ocupa. Porque se acabaron los rodeos. Hablemos de La boda del
Monzón.
Está dirigida por alguien de allí, la en otro tiempo prometedora
y comprometida Mira Nair de ¡Salaam Bombay!. ¿He dicho
que era india? Bueno, sumerjámonos un poco en su biografía:
a los 19 años -tras estudiar Arte Dramático en Delhi- se
fue a Harvard para continuar su formación. Lo cuál me hace
pensar que su familia no procedía precisamente de las castas menos
favorecidas.
Nos cuenta aquí la consabida historia con conflicto generacional
tremebundo y, más concretamente, el desentendimiento crónico
entre dos formas contrapuestas de moverse por el mundo: tradición
y modernidad (terriblemente innovador, ¿verdad?).
Si una película puede servir para ilustrar el debate sobre
los peligros de la tan temida globalización, esta es La boda
del Monzón. Porque uno no acaba de ver en qué puede
enriquecer a los indios la llegada de la "modernidad" que tanto
parece ansiar la directora; muy al contrario: conforme a lo visto, la
India esta gestando una generación de... gilipollas. Sin más.
Veamos a algunos de los integrantes más jóvenes de esta
familia. El adolescente, colgado permanentemente de la televisión,
podría ser perfectamente un pandillero conflictivo del Harlem,
con un plus de ambigüedad a lo Billy Elliot. Ella, a punto
de contraer matrimonio con el novio elegido por sus padres, se consuela
en el interludio entre los brazos de su ex, afamado presentador de una
especie de Larry King live versión bengalí. Hasta aquí,
la verdad, ninguna diferencia con respecto a esos argumentos tan sobados
vistos -¡sufridos!- una y otra vez. Aderécese todo ello con
un contrapunto supuestamente cómico (ejercido por un empleado poco
eficiente y que simboliza esa manera de hacer las cosas "a la india"
que hay que cambiar), una prima solterona y traumatizada por una terrible
experiencia de infancia (piensen mal y acertaran... hasta en eso es incapaz
de sorprendernos) y un cabeza de familia estresado e insolvente.
¿A dónde quiero ir a parar? Bien, la primera conclusión
resulta evidente: ¡qué mala debió de ser la edición
del año pasado de Venecia si esto se llevó el León
de Oro a la Mejor Película! La segunda es... un llanto
por las cinematografías mal llamadas limítrofes o marginales
y que creen poder llegar a más gente renunciando por completo a
su personalidad, fabricando productos clónicos con una pizca de
costumbrismo barato.
Porque la India verdaderamente apasionante está utilizada en esta
película para... ¡para hacer transiciones! Entre la acción
se intercala de vez en cuando algunas de esas imágenes clásicas
del país, a lo "National Geographic". Es el único
momento en que adivinamos la idiosincrasia de la región, flashes
sueltos donde los parias se mojan bajo la lluvia y las populosas calles
rezuman vida, color... y miseria.
¿El resto? El resto me parece una familia de marcianos que debe
representar a la India lo mismo que Antonio Banderas al españolito
medio. Porque estos indios (si, si, de la India) visten Lacoste, gastan
móvil y cámara digital, se relajan yendo al campo de golf
a echar unos hoyitos, juegan a la bolsa y hablan en inglés la mayoría
del tiempo. Esta es otra: sólo las castas inferiores hablan
en su propia lengua o los venerables ancianos, anclados en la tradición
y el inmovilismo (¿?). Los jóvenes son muy cool,
tope fashion y ya han desterrado por siempre jamás la lengua
de sus padres, incapaz de hacerles entender lo que dicen por la MTV.
Todo esto resulta más chocante todavía cuando
uno lee las declaraciones de Mira Nair: "Nuestro objetivo era
captar los sentimientos actuales de la sociedad india, orgullosa de su
cultura y liberada de los colonialismos". En fin, si tu lo dices...
Y es que resulta que La boda del Monzón es, en el fondo,
una película con un discurso absolutamente reaccionario. Porque
la chica locuela e inmadura, la que se deja arrastrar por las pasiones,
termina feliz por siempre jamás junto a un hombre elegido por sus
padres y al que conoce desde hace 15 días; ellos -que sin duda
saben lo que le conviene- aseguran de algún modo la persistencia
de una tradición infame.
La habilidísima directora ha ido picoteando de aquí
y de allá hasta prefabricar un ¿drama familiar?, ¿comedia
romántica? exótico, si por exótico entendemos llenar
la pantalla de color y vaciarla de ideas. Un discurso bajo en calorías
incapaz de molestar a nadie (fórmula infalible que asegura "proyección
internacional" e inhabituados ingresos en taquilla).
Dejamos a nuestros personajes bailando lo que empieza siendo una tonada
tradicional y termina por convertirse en un hit disco-dance muy celebrado
por la parroquia joven de la fiesta (una nueva "parábola"
que nos da una idea de la seriedad del discurso de la directora). Mientras
uno los abandona allí, bajo la carpa, se pregunta la parte de culpa
que nos toca por ver convertidos en urbanitas estereotipados a un puñado
de personajes que hubiesen merecido mejor suerte si esto no fuese... una
coproducción entre EEUU, Italia, Francia y la India.
Pueden estar contentos. Misión cumplida.
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