Miradas de Cine LA BODA DEL MONZÓN, de Mira Nair   MdC
Cartel de la película
Por Jorge-Mauro De Pedro

India, 2001. T.O.: Monsoon Wedding. Directores: Mira Nair. Productores: Mira Nair y Caroline Baron. Guión: Sabrina Dhawan. Fotografía: Declan Quinn. Diseño de producción: Stephanie Carroll. Montaje: Allyson C. Johnson. Música: Mychael Danna. Duración: 119 minutos. Intérpretes: Naseeruddin Shah (Lalit Verma), Lillete Dubey (Pimmi Verma), Shefali Shetty (Ria Verma), Vijay Raaz (P.K. Dubey), Tilotama Shome (Alice), Vasundhara Das (Aditi Verma), Parvin Dabas (Hemant Rai), Kulbhuskan Kharbanda (C.L. Chadha), Kamini Khanna (Shashi Chadha), Rajat Kapoor (Tej Puri).

Miradas de Cine © 2002

Globaliza que algo queda

No han sido pocas las miradas que se han lanzado desde Occidente a la siempre misteriosa y fascinante India. A bote pronto, a uno siempre le vienen a la memoria dos de las canónicas: Pasaje a la India y El rio.

En la primera, un David Lean crepuscular escenificaba el choque de culturas en un extraño y silencioso diálogo entre los muertos y los que todavía vagamos por este mundo, errando (en los dos sentidos de la palabra) sin rumbo fijo.

En El rio, una película bellísima donde el cine más cerca a estado de equipararse a la lírica, el humanismo de Jean Renoir se integra perfectamente en un discurso panteísta, cautivador, iniciático. Nótese que en ambos films, de uno u otro modo, existían historias de amor interraciales, múltiples… modernas.

Pero cualquier occidental medianamente curioso se pregunta... ¿y qué hay de ellos? ¿Cómo se ven a sí mismos? ¿Cuales son sus inquietudes, sus pasiones, sus miedos?

Así fue como supimos de Satyajit Ray, el primer realizador de renombre proveniente de esas tierras. Cinéfilo vocacional (fundó el primer cine-club de su país allá por 1947), se dio a conocer en los festivales europeos poco después de que Kurosawa desatase la fiebre asiática: premiado en el festival de Cannes en 1956 por La canción del camino / El lamento del sendero, y galardonado dos años después en la Mostra de Venecia por El invencible. Tildado por algunos de imprescindible, quien esto escribe no abundará en apreciaciones ni juicios respecto a la obra de un autor que desconoce por completo.

Volvamos al presente. El cine de la India sigue siendo ese gran desconocido, un auténtico coloso en la sombra: sus cifras de producción anual convierten a Hollywood en una humilde fábrica artesanal. Poseedora de un mercado potencial apabullante, el cine indio siempre ha sido tachado de excesivamente localista, incapaz de articular un discurso global que entusiasme a gentes de otros continentes.

Lo que uno acaba recordando de las pocas películas que ha visto de este país son sus maratonianos números musicales, locuras visuales de incuestionable derroche imaginativo (como incuestionable es también el sopor que provoca en audiencias no practicantes del sadomasoquismo). Pero por lo visto es un género que a ellos les pirra y en esto aplican el mismo principio que esa otra gran factoría del otro lado del globo: darle al público lo que pide. Así pues, estamos ante una filmografía voluntariamente aislacionista, poseedora de sus propios técnicos, estudios, star-system....

Ah, pero el amigo americano hace tiempo que le tiene echado el ojo al mercado indio, aprovechando la afinidad anglófila resultado de un siglo de sometimiento a su Graciosa Majestad. Se advierte un creciente interés por la India, ideal a la hora de otorgar coartadas espirituales a personajes descocados y neo-hippies (la Kate Winslet de Holly Smoke) o catalizador de abigarradas imaginerías policromáticas (véanse con atención algunos de los números musicales culminantes de Moulin Rouge).

Así pues, ¿Oriente es Oriente? Si, pero menos. Como muestra, la inminente Quiero ser como Beckham y la que nos ocupa. Porque se acabaron los rodeos. Hablemos de La boda del Monzón.

Está dirigida por alguien de allí, la en otro tiempo prometedora y comprometida Mira Nair de ¡Salaam Bombay!. ¿He dicho que era india? Bueno, sumerjámonos un poco en su biografía: a los 19 años -tras estudiar Arte Dramático en Delhi- se fue a Harvard para continuar su formación. Lo cuál me hace pensar que su familia no procedía precisamente de las castas menos favorecidas.

Nos cuenta aquí la consabida historia con conflicto generacional tremebundo y, más concretamente, el desentendimiento crónico entre dos formas contrapuestas de moverse por el mundo: tradición y modernidad (terriblemente innovador, ¿verdad?).

Si una película puede servir para ilustrar el debate sobre los peligros de la tan temida globalización, esta es La boda del Monzón. Porque uno no acaba de ver en qué puede enriquecer a los indios la llegada de la "modernidad" que tanto parece ansiar la directora; muy al contrario: conforme a lo visto, la India esta gestando una generación de... gilipollas. Sin más.

Veamos a algunos de los integrantes más jóvenes de esta familia. El adolescente, colgado permanentemente de la televisión, podría ser perfectamente un pandillero conflictivo del Harlem, con un plus de ambigüedad a lo Billy Elliot. Ella, a punto de contraer matrimonio con el novio elegido por sus padres, se consuela en el interludio entre los brazos de su ex, afamado presentador de una especie de Larry King live versión bengalí. Hasta aquí, la verdad, ninguna diferencia con respecto a esos argumentos tan sobados vistos -¡sufridos!- una y otra vez. Aderécese todo ello con un contrapunto supuestamente cómico (ejercido por un empleado poco eficiente y que simboliza esa manera de hacer las cosas "a la india" que hay que cambiar), una prima solterona y traumatizada por una terrible experiencia de infancia (piensen mal y acertaran... hasta en eso es incapaz de sorprendernos) y un cabeza de familia estresado e insolvente.

¿A dónde quiero ir a parar? Bien, la primera conclusión resulta evidente: ¡qué mala debió de ser la edición del año pasado de Venecia si esto se llevó el León de Oro a la Mejor Película! La segunda es... un llanto por las cinematografías mal llamadas limítrofes o marginales y que creen poder llegar a más gente renunciando por completo a su personalidad, fabricando productos clónicos con una pizca de costumbrismo barato.

Porque la India verdaderamente apasionante está utilizada en esta película para... ¡para hacer transiciones! Entre la acción se intercala de vez en cuando algunas de esas imágenes clásicas del país, a lo "National Geographic". Es el único momento en que adivinamos la idiosincrasia de la región, flashes sueltos donde los parias se mojan bajo la lluvia y las populosas calles rezuman vida, color... y miseria.

¿El resto? El resto me parece una familia de marcianos que debe representar a la India lo mismo que Antonio Banderas al españolito medio. Porque estos indios (si, si, de la India) visten Lacoste, gastan móvil y cámara digital, se relajan yendo al campo de golf a echar unos hoyitos, juegan a la bolsa y hablan en inglés la mayoría del tiempo. Esta es otra: sólo las castas inferiores hablan en su propia lengua o los venerables ancianos, anclados en la tradición y el inmovilismo (¿?). Los jóvenes son muy cool, tope fashion y ya han desterrado por siempre jamás la lengua de sus padres, incapaz de hacerles entender lo que dicen por la MTV.

Todo esto resulta más chocante todavía cuando uno lee las declaraciones de Mira Nair: "Nuestro objetivo era captar los sentimientos actuales de la sociedad india, orgullosa de su cultura y liberada de los colonialismos". En fin, si tu lo dices...

Y es que resulta que La boda del Monzón es, en el fondo, una película con un discurso absolutamente reaccionario. Porque la chica locuela e inmadura, la que se deja arrastrar por las pasiones, termina feliz por siempre jamás junto a un hombre elegido por sus padres y al que conoce desde hace 15 días; ellos -que sin duda saben lo que le conviene- aseguran de algún modo la persistencia de una tradición infame.

La habilidísima directora ha ido picoteando de aquí y de allá hasta prefabricar un ¿drama familiar?, ¿comedia romántica? exótico, si por exótico entendemos llenar la pantalla de color y vaciarla de ideas. Un discurso bajo en calorías incapaz de molestar a nadie (fórmula infalible que asegura "proyección internacional" e inhabituados ingresos en taquilla).

Dejamos a nuestros personajes bailando lo que empieza siendo una tonada tradicional y termina por convertirse en un hit disco-dance muy celebrado por la parroquia joven de la fiesta (una nueva "parábola" que nos da una idea de la seriedad del discurso de la directora). Mientras uno los abandona allí, bajo la carpa, se pregunta la parte de culpa que nos toca por ver convertidos en urbanitas estereotipados a un puñado de personajes que hubiesen merecido mejor suerte si esto no fuese... una coproducción entre EEUU, Italia, Francia y la India.

Pueden estar contentos. Misión cumplida.