Miradas de Cine FOREVER MINE, de Paul Schrader   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro Díaz
Reino Unido, USA, Canadá, 1999. T.O.: Forever Mine. Dirección y guión: Paul Schrader. Productores: Kathleen Haase, Amy J. Kaufman, Damita Nikapota. Fotografía:John Bailey. Música: Angelo Badalamenti. Diseño de producción: Françoise Séguin. Montaje: Kristina Boden. Duración: 115 minutos. Intérpretes: Joseph Fiennes (Manuel Esquema/Alan Riply), Ray Liotta (Mark Brice), Gretchen Mol (Ella Brice), Vincent Laresca (Javier Cesti), Myk Watford (Rick Martino), Lindsey Connell (Stewardess), Sean C. W. Johnson (Randy), Shawn Proctor, Ted Simonett (Señor Galen), Paulette Sinclair (Señora Galen), Robert Dodds (Cura).
Miradas de Cine © 2002

Un Schrader intermedio

Después del desasosiego de una película como Aflicción, y antes de que nos llegue Auto Focus, vista en el reciente Festival de San Sebastián, el realizador norteamericano Paul Schrader parece haber buscado voluntariamente un proyecto fácil de digerir por parte del gran público; un film que, sin causar daños a su carrera y su prestigio, se guíe según ciertas coordenadas genéricas que faciliten una mejor venta del producto. Considerando que Schrader ha realizado películas peores (Touch, sin ir más lejos), parece claro que no nos hallamos ante uno de sus films más personales, aunque en su desarrollo, que sigue, grosso modo, los cauces del cine comercial, sí se aprecian intersticios genuinos del realizador de American Gigolo, y que dignifican enormemente la propuesta.

Forever Mine posee un arranque canónico dentro de lo que podría considerarse el moderno film noir: El encuentro de la esposa del político con el camarero del hotel de Florida donde pasan sus vacaciones nos recuerda a Fuego en el cuerpo, el inmejorable debut de Lawrence Kasdan como director. Tras la separación de los amantes, el film contiene un impasse lleno de oscuridad y sombras, que hacen pensar en el cine de David Lynch (1), deslizándose finalmente hacia terrenos de venganzas y crímenes, terrenos hitchcockianos donde los muertos vuelven a la vida, y situaciones sirkianas con damas de las altas esferas incapaces de vencer, por amor, la inercia que las encadena a una vida marcada por la insatisfacción.

Aunque el carácter híbrido de la película la permite sorprender en su avance, se aprecia una sumisión a ciertas convenciones (sumisión que resulta un poco decepcionante en un director como Schrader) que perjudica a la historia, que reclamaba a gritos una inyección de caos, de indeterminación, de locura. Por ejemplo, el clímax, estando resuelto con mucho oficio, no deja de ser una concesión a una fórmula convencional del thriller (tampoco es ningún deshonor, conste). El propio Schrader, autor del guión, pone en boca del personaje del marido engañado (Ray Liotta) una brutal solución alternativa de la historia, que no llegará a producirse, pero que habría significado una apoteosis de rabia y violencia. Esto podría interpretarse como un intento del director por explicitar la imposibilidad de mostrar el final que le gustaría haber rodado, debida tal vez a la supuesta disminución de las posibilidades comerciales de la película que provocaría una conclusión así. Con todo, Schrader no olvida sus temáticas más habituales (la religión, el amour fou, la frustración vital...), e incluso llega a la autorreferencia: En una secuencia carcelaria, encuadra el encuentro de dos personajes intercalando una columna entre ambos, igual que hacía con Willem Dafoe y Dana Delany en Posibilidad de escape. En otro momento, el protagonista se mira en el espejo mientras habla, recordándonos al Robert De Niro de Taxi Driver, película de la cual fue guionista.

Para valorar Forever Mine en su justa medida conviene observar lo cuidados que están los pequeños detalles y sugerencias; esbozos que permiten imaginar cosas interesantes y aportan interés. Por ejemplo, la forma de planificar siempre impone un distanciamiento que otorga sensación de fugacidad a las situaciones. Los diálogos, a su vez, tratan sobre temas como el destino y el amor verdadero de un modo tan directo, que resultan desmesurados, agresivos, casi deformes. Algunas elipsis permiten adivinar la trastienda de los personajes, y en ocasiones hay extraños juegos de montaje (por ejemplo, el reencuentro de la pareja se muestra en paralelo con la ejecución de un asesinato). Con todo esto Schrader, más que dinamitar los géneros, parece querer elevar su producto, añadirle sustancia y desmarcarse de otro tipo de realizaciones (me imagino, mejor dicho, prefiero no hacerlo, lo que podría haber hecho Adrian Lyne con esta historia...), consiguiéndolo en bastantes momentos, algo que, aunque no es todo lo que se espera de él, tampoco es despreciable.

Y es que sacar adelante una película teniendo a Joseph Fiennes como protagonista es un mérito enorme. Ya en Shakespeare in Love, aquella lujosa fruslería, este actor no daba la talla, pero aquí está a punto de tirar por la borda un personaje al que le habría venido muy bien un actor capaz de otorgarle mayor peso (Jude Law, por ejemplo). Ni siquiera con el rostro desfigurado podemos evitar juzgarle inexpresivo y carente de recursos... Menos mal que está su compañera de reparto, la divina Gretchen Mol, para compensarlo. Hacía tiempo que no sabíamos nada de esta rubia actriz, que alcanzó popularidad en 1998 (llegó a ocupar la portada de Vanity Fair), pero que hasta ahora apenas había tenido ocasión de demostrar sus cualidades como actriz. La espera ha merecido la pena, ya que Mol está impresionante (misteriosa, turbadora), y se hace dueña de la pantalla en cuanto irrumpe en el plano, rubricando una magnífica interpretación. El suyo es, también, el personaje más jugoso de la función, pues Schrader se ha esmerado en componer una fémina de carácter asociable al de las que fueron objeto de estudio de algunos films de Ophüls, sobre todo, pero también de Rossellini o Mizoguchi. Y Mol, la bella Gretchen (bella hasta decir basta), se muestra perfecta para encarnar a esa mujer acomodada que ama profundamente pero que no puede/quiere, al menos en principio, actuar en consecuencia, y bajo cuya vida de corrección y monotonía, condicionada por su educación católica, se adivinan los instintos más ocultos, se atisba la irracionalidad más salvaje. Su primera aparición, emergiendo de las aguas, es simplemente impresionante. Hay que verla.