Miradas de Cine UN FINAL MADE IN HOLLYWOOD, de Woody Allen   MdC

Cartel de la película

Por Susanna Farréé

EEUU, 2002. T.O.: Hollywood Ending. Director: Woody Allen. Producción: Letty Aronson. Guión: Woody Allen. Fotografía: Wedigo von Schultzendorff. Diseño de producción: Santo Loquasto. Montaje: Alisa Lepselter. Duración: 114 minutos. Intérpretes: Woody Allen (Val), Téa Leoni (Ellie), George Hamilton (Ed), Debra Messing (Lori), Treat Williams (Hal), Tiffani Thiessen (Sharon Bates), Mark Rydell (Al), Bob Dorian, Ivan Martin, Gregg Edelman, Isaac Mizrahi (Elio Sebastian), Marian Seldes (Alexandra), Jodie Markell (Andrea Ford), Mark Webber (Tony Waxman).

TEMAS RELACIONADOS

Crítica en La Butaca

Artículo Woody Allen

ENLACES DE INTERÉS

Web Oficial

Ficha en imdb


Miradas de Cine © 2002

Siempre nos quedará París

Woody Allen es uno de los directores más prolíficos que el cine norteamericano nos ha regalado en las últimas décadas. A lo largo de su extensa filmografía, aparecen títulos que abarcan desde films considerados "de autor", - en los que la autorreflexión psicoanalítica sobre su creación y su condición como ser humano social e individual llegan hasta el más exhaustivo de los análisis -, hasta aquellos que responden a la satisfacción de las necesidades de un público sediento por llenar sus momentos de ocio con alguna que otra carcajada hilarante. Woody Allen tiene talento para cubrir ambas necesidades, las propias y las ajenas, y así lo ha ido demostrando a lo largo de su carrera. Pero no siempre el talento va ligado al éxito, y en el caso de Allen, tanto el público como la crítica no han acabado de encajar que su obra se mueva entre estos dos polos aparentemente tan opuestos y contradictorios. Y digo aparentemente, porque Allen insiste en todos sus films en los mismos temas e inquietudes, independientemente de que el género que envuelva la narración, siempre relegada a un segundo plano, sea más propicio a mostrar sus diatribas existenciales de una manera explícita, o aparezca encubierto por una capa de superficialidad aparente. Woody Allen ha descompuesto en innumerables ocasiones y a través de infinitos puntos de vista su propio yo, utilizando para ello una extensa galería de personajes, (en muchos casos interpretados por él mismo) que han configurado un retrato del artista y una reflexión sobre su obra. Desde el Isaac Davis de Manhattan (1979) hasta el Harry de Desmontando a Harry (1997), pasando por el Cliff Stern de Delitos y faltas (1989), por citar quizás tres de los alter egos de Allen más evidentes, estos personajes se encargan de expresar la filosofía existencial del director, así como de vehiculizar sus miedos e inquietudes ante la vida, el arte y la sociedad.

Esta vez, le toca el turno a Val Waxman, un director venido a menos (quién no piensa en el mismo Allen), con dos Óscars en su haber, que atraviesa una crisis en su carrera de la que sólo le podrá rescatar algún productor (en este caso, productora, y encima ex-mujer) con sentimientos de compasión por la vieja gloria. El problema viene cuando, tras conseguir el respaldo de la industria a través de un proyecto que posibilitará su retorno al estrellato hollywoodiense, el hipocondríaco director se ve repentinamente afectado por una ceguera psicosomática, la cual intentará ocultar con la ayuda de un intérprete de rodaje chino, de su representante y su ex-mujer (bien interpretada por la prometedora Téa Leoni).

Vuelve pues Allen a revisitar su tema más recurrente, aunque esta vez retorne de nuevo a él en clave de comedia: la reflexión sobre el artista y su obra, y las relaciones entre la ficción representada y la realidad (no sólo el propio Val rueda un film con estrechas conexiones con su vida privada, sino que la misma historia de la película recuerda a la situación de Allen, sometido, quizás no tan amargamente como algunos quieran creer, a las exigencias de la industria que ha acabado finalmente por ganarle el pulso).

Allen aprovecha además este film para explorar, aunque sea de manera un tanto condescendiente y superficial, el funcionamiento de la industria cinematográfica hollywoodiense. La mirada de Allen hacia esta industria, tan conocida por él y para la que ha trabajado en tantas ocasiones, no está revestida del feroz análisis que hace ya diez años realizara otro de los grandes auteurs americanos: Robert Altman en su El juego de Hollywood (1992). Para Allen, los productores, depredadores en el film de Altman, se convierten en figuras preocupadas exclusivamente (como no podía ser de otra manera) por la rentabilidad de los films, por conseguir un éxito de taquilla que, como dice Hal, (Treat Williams en una aceptable interpretación) ha de responder sólo a la realización del producto hacia la mayor audiencia posible. Este quizás sea también el planteamiento de los últimos films de Allen, más encaminados a conseguir el favor del público en general y una buena recaudación de taquilla, que a permanecer fieles a una crítica y a un público más reducido, pero más fiel y comulgante con la filosofía creativa del director. Woody Allen manifestó en el último festival de Cannes que en Hollywood no es posible realizar un buen film, pues todos responden a necesidades económicas prioritarias. Quizás esta afirmación sea exagerada, y haya que medir bien las palabras de Allen, quien, pese a haber mantenido siempre su predilección por la crítica y el público europeos, no ha renunciado nunca a trabajar en su país natal y bajo el paraguas de una industria a la que siempre había criticado.

Un final Made in Hollywood presenta una historia atractiva, pero más por el contenido subyacente, que tampoco es mucho en esta cinta, que no por el desarrollo argumental explícito, siempre relegado a servir de soporte a otro discurso paralelo más encaminado a despertar la reflexión del espectador.

Sin embargo, no se puede negar que esta comedia funciona, de hecho es una gran comedia, y algunos de los gags son realmente memorables, como la ironía final del triunfo de un film que sólo por incomprensible y "raro" ya triunfa en Europa (Allen se ríe también de nosotros, sí señor) o los patéticos intentos de Waxman por dirigir a través de los ojos ineptos de un traductor chino estudiante de económicas, con ninguna idea sobre arte y lenguaje fílmico. Allen revisita situaciones vividas por él en su trayectoria cinematográfica, como el trabajo con directores de fotografía europeos (en el film un chino) con quienes a menudo utilizaba traductores en los rodajes, y a quienes valora en mayor medida que a los americanos (exceptuando al "maestro" Gordon Willis) o su constante amor-odio con la crítica americana, la cual a lo largo de los años ha sido la más reacia a aceptar plenamente sus cualidades como genio del celuloide. Como siempre, sus alusiones a la religión, al deterioro de las relaciones de pareja y la incomunicación en el matrimonio, los personajes secundarios desdibujados y de relleno (rompo aquí una lanza en favor del personaje de George Hamilton, monigote patético e inútil, que se preocupa más por su aspecto físico que por su trabajo, pero sin el que a mi juicio el film perdería uno de sus atractivos), la música de jazz, el psicoanálisis, siempre presente en toda su filmografía y, como no podía ser menos, su amada ciudad, Nueva York.

El tratamiento visual del film, al contrario que en otras obras del director, - como en la experimental Desmontando a Harry, en la que se realizaba un ejercicio de montaje admirable alternando los ritmos en función de la representación real o la ficción, o en Maridos y Mujeres, con los continuos jumping cuts i el dinamismo de una cámara nerviosa, o la misma inquietud visual casi documental de Misterioso Asesinato en Manhattan, o el ejercicio de encuadre y montaje continuo a través de movimientos de travelling característico de su estilo en muchos de sus films, entre ellos y quizás llevado al extremo en Celebrity - es en Un final Made in Hollywood , al igual que ya ocurría con sus obras inmediatamente anteriores, del todo tradicional y falto de la experimentación formal que Allen gustaba exhibir en su filmografía. De hecho, se trata de un film que no explora nada nuevo, ni a nivel formal, ni a nivel argumental, pues se trata de hecho de la misma estructura de las comedias de enredos del cine clásico americano.

Woody Allen es un buen director, uno de los mejores sin duda de los últimos años. Las grandes estrellas de Hollywood se enorgullecen de colaborar en sus obras, como si éstas intervenciones, en muchos casos prácticamente insignificantes, se convirtiesen en una especie de sello de calidad en sus currículums interpretativos. Es cierto, no obstante, que Allen acostumbra a sacar de sus actores el mejor partido, y esto lo convierte, entre otras cosas, en el excelente director que es. Pero su genio está cayendo en un exceso de concesión a la comercialidad, y esto, aunque desemboque por un lado en la creación de obras que satisfagan al gran público tan importante para los estudios, no convence para nada a sus fieles y constantes seguidores, quienes se empiezan a lamentar de que los últimos films de Allen vayan perdiendo progresivamente la acidez que caracterizaba sus obras más reflexivas. Es posible que su extraordinaria proliferación creativa haya jugado en contra de él y que la crítica le exija, quizás injustamente, que el nivel de sus obras se mantenga siempre a la altura de sus grandes creaciones, como Annie Hall, Manhattan o Hannah y sus hermanas. Allen se encuentra ahora en una etapa crepuscular de su carrera, mucho más sosegada que la revolucionaria lucha ideológica a favor de un cine más reflexivo y de denuncia individual. Es curioso sin embargo a este respecto que, cuando la mayoría de directores realizan en su madurez creativa sus obras más personales, en el caso de Allen éstas regresen al espíritu distendido y banal de sus primeras comedias. Quizás esto se deba, afortunadamente, a que Allen aún tiene mucho por decir, y que, siendo optimistas, quizás lo mejor esté aún por llegar.

Un final Made in Hollywood cumple como comedia con las expectativas que sin duda tenía planteadas, y eso ya de por sí es un acierto. Pese a su lucha con la crítica norteamericana, la cual no le otorgó precisamente elogios, más bien todo lo contrario, en Europa Allen ha encontrado de nuevo el apoyo necesario. Está claro que nunca llueve al gusto de todos, y la filmografía de Woody Allen, por su marcada dualidad, se ha repartido siempre entre amargas desilusiones y fervientes aplausos. Algunos, entre los que me cuento, nos encontramos a medio camino entre el amor incondicional y ferviente hacia el arte de Allen y la apreciación de sus buenas comedias, entre las que a mi juicio, la que comentamos se encuentra. No obstante, quizás vaya siendo hora de que Allen piense en su público incondicional, aquel que valora sus comedias, pero que también echa de menos sus críticas mordaces contra el individuo moderno y la sociedad en la que vivimos. Y si esto no satisface a los americanos, pues nada, siempre le quedará París… y los europeos.