Miradas de Cine IRREVERSIBLE, de Gaspar Noé   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro G.Calvo

Francia, 2002. T.O.: Irreversible. Dirección: Gaspar Noe. Productor: Richard D.Zanuck, Dean Zanuck, Sam Mendes. Producción: Christophe Rossignon y Richard Grandpierre. Guión: Gaspar Noé. Fotografía: Gaspar Noé y Benoît Debie. Música: Thomas Bangalter. Diseño de producción: Alain Juteau. Montaje: Gaspar Noé. Duración: 90 minutos. Intérpretes: Monica Bellucci (Alex), Vincent Cassel (Marcus), Albert Dupontel (Pierre), Philippe Nahon (Philippe), Stéphane Drouot (Stéphane), Mourad Khima (Mourad).

 
Miradas de Cine © 2002

La fascinación y repugnancia de la violencia

Que terrible puede ser a veces la labor del crítico y si no, mirarme, aquí, intentando defender un film que cuando lo visionas parece indefendible y cuyo único punto de abstracción simpática se haya en el póster que existe de 2001: Una odisea del espacio en la habitación de los protagonistas. Quizás haya que empezar por el principio, y decir que el film de Noé, no sólo es algo presuntuoso y dogmático, si no que es difícilmente soportable, dada la excesiva carga de violencia explícita que se haya en el film, o quizás haya que empezar por el final, y decir que es necesario que de vez en cuando haya películas que revuelvan el estómago del espectador, que provoquen tal estado de indignación que hagan esa película, a su manera, irrepetible e imprescindible y, a todas luces, inolvidable.

Yo personalmente no estoy muy seguro de que la mejor forma de criticar la violencia sea poniéndola en imágenes. Me parece una forma algo excesiva de plantear una queja o reivindicación. Sin embargo, de lo que sí estoy seguro, es que las películas de marcada violencia tienen una atracción especial al espectador, aunque este, cómo yo, tenga en la vida real un miedo significativo a todo lo que la rodea. Por eso el film de Noé es alabable en su condición de película a la vieja usanza de arte y ensayo, y sea reprobable en su condición de película escándalo del momento, o peor, por su marcada prepotencia de film amoral y revolucionario.

Sin embargo la historial del cine se ha basado muchas veces en revulsivos, qué como vómitos cinematográficos, han irritado y agradado por igual. Desde el Pink Flamingos de Waters al Bilbao de Luna, o desde las sodomías de Pasolini a La naranja mecánica de Kubrick. El hecho de que hoy sean difícilmente olvidables estos films, u otros como Ocurrió cerca de su casa de Remy Belvaux o Henry, retrato de un asesino de John McNaughton, e incluso El club de la lucha de David Fincher y La pianista de Michael Haneke, llevan a la conclusión de lo necesario de estas obras violentas de arte, más allá de su acabado y su mensaje. La capacidad transgresora de todas estas películas, al igual que la de Irreversible, hacen de ellas un espejo oblicuo y deformado de una realidad que no por oculta resulta invisible. La filmación de hechos terribles, narrados en una estructura propia de un forense, alteran la percepción y sentimientos del espectador realizando una exploración interna del mismo, similar a un puñetazo en la boca del estómago o una dentellada en los genitales masculinos.

Ahora bien, cuando uno, lee estupefacto críticas del festival de Cannes, cómo la de Carlos Boyero en el Mundo, que tachaba a Noé de imbécil y al film de homofóbico y fascista, uno se siente cómo mínimo necesitado de defender un film que quizás sea indefendible. Y no se trata de verle valores artísticos a una película que anda sobrada de ellos -desde su estructura de narración inversa, hasta los capítulos narrados en largos planos secuencia, zigzagueantes y temblorosos- si no de reflexionar sobre la obras como motor de indignaciones y enfados mayúsculos, indicando claramente que ha calado, para bien o para mal, en el espectador de la sala, o lo que es lo mismo, Irreversible es un film que indigna y, como tal, es digno de una ovación que nunca tendrá, por que se agradece y mucho, que hoy en día, donde sólo se fabrican films monotorizados y palomiteros, haya un film capaz de revolucionar de tal manera tanto al público cómo a la crítica cinematográfica.

No me gustaría acabar esta polémica con algo que llevo pensando desde que vi el film en el pasado festival de San Sebastián, y es la siguiente pregunta: ¿Qué resulta más duro, mostrar una flor y luego destrozarla, o destrozarla y luego mostrarla tal cómo era? Si pensáis cómo yo, que lo que más dolería sería la primera opción, y entendiendo que Gaspar Noé quería precisamente eso, que la película doliera, ¿por qué escoge la segunda fórmula narrativa? ¿Por pretensión artística o por función dramática? De momento no tengo respuesta para esta pregunta.