EL CASO BOURNE, de Doug Liman   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro Díaz

USA, 2002. T.O.: The Bourne identity. Dirección: Doug Liman. Producción: Patrick Crowley, Richard N. Gladstein y Doug Liman. Guión: Tony Gilroy y William Blake Herron; basado en la novela de Robert Ludlum. Fotografía: Oliver Wood. Música: John Powell. Diseño de producción: Dan Weil. Montaje: Saar Klein. Duración: 118 minutos. Intérpretes: Matt Damon (Jason Bourne), Franka Potente (Marie St. Jacques), Chris Cooper (Conklin), Clive Owen (El Profesor), Brian Cox (Ward Abott), Adewale Akinnuoye-Agbaje (Wombosi), Gabriel Mann (Zorn), Julia Stiles (Nicolette), Orso Maria Guerrini (Giancarlo), Tim Dutton (Eamon), Denis Braccini (Picot).

 
Miradas de Cine © 2002

The Bourne show

No sé si será una paranoia mía, pero creo que la película Matrix va teniendo cada vez más influencia en el seno de cierto cine de la mainstream, con su estilo hipertrofiado de imágenes disgregadas, con sus explosiones hiperrealistas, y con su guión, que mezcla cualquier ingrediente, ya que todo vale siempre que resulte "dinámico". El cine como instrumento de engaño constante, de seducción a nuestras emociones más primitivas, pero sin necesidad de la razón o de emociones más problemáticas, ya que los F/X están diseñados para llenar la pantalla en todo momento y aplastar cualquier asomo de reflexión. Y esta película, El caso Bourne, podría fácilmente considerarse como seguidora de la corriente instaurada por los hermanos Wachowski, autores de una de las películas más importantes de los últimos años, algo que no puedo dejar de reconocerle a Matrix, aunque no me guste.

Dicho esto, vamos con la cinta de Doug Liman, remake de un telefilm realizado en 1988 por Roger Young, con protagonismo de Richard Chamberlain. Trataré de no extenderme mucho por una vez. Se trata de una película absolutamente tópica en su argumento, incluida, cómo no, la sorpresa final, que parece que ya va instalada de serie en la mayor parte del cine de Hollywood dirigido al público juvenil (o sea, en la gran mayoría del mismo). Los personajes son arquetipos desdibujados, ni siquiera llegan a la categoría de estereotipos. Son como fantasmas carentes de vida, de alma, de carne. Las cosas transcurren como siempre: El héroe sufre amnesia, pero intenta averiguar su auténtica identidad, y para ello contará con la ayuda de una chica, con la cual se acabará relacionando sexualmente, y de su pericia para esquivar todos los peligros que le acechan, hasta su triunfo final. Matt Damon se embarca en terrenos peligrosamente cercanos a los de su amigo Ben Affleck con este lamentable papel, esta caricatura ridícula, mezcla de James Bond, Will Hunting y el Soldado Universal. Franka Potente (recordemos, la actriz alemana de Corre, Lola corre) hace de chica, y nada puede aportar, como tampoco el siempre espléndido Chris Cooper (aquí relegado a maloso gritón, o así), o Julia Stiles, que no tiene papel (casi literalmente).

Y para comentar la realización de Liman baste el siguiente dato: Hace apenas tres días que visioné el film, y apenas puedo recordar alguna imagen concreta del mismo entre semejante bruma de celuloide informe y deshumanizado. El film tiene que ir deprisa, no dar tiempo al aburrimiento. Así que movamos la cámara en los encuadres, cortemos el plano rápidamente, y hagamos travellings (circulares o no) sin parar. No importa el punto de vista. No importa la trama. No importan los personajes. Efectos de sonido y montaje sincopado en las peleas. Y persecuciones de coches mostradas (es un decir) con la técnica que Roman Polanski acertadamente acuñó como "fruit salad editing". Hay cine que nos permite ver lo que se esconde bajo las apariencias. Esta película, sin embargo, no permite avistar con claridad ni siquiera esas propias apariencias. Cambios de plano continuos que no sólo se limitan a aturdir al espectador, sino que prácticamente impiden apreciar el dinero invertido en el invento. Creo que, por no ir más atrás, un vistazo a la película del recién finado John Frankenheimer, Ronin, hubiese servido bien para ejemplificar lo que es una persecución de coches bien filmada (y lo que es una película digna).

Todo es nebuloso en este film. Sus elementos de partida, ya escuálidos, se debilitan aún más con la puesta en escena, y quedan enseguida relegados a inane aderezo. Y, asimismo, los seres de apariencia humana que deambulan por las imágenes parecen decir o hacer siempre lo que el protagonista espera. Para que él pueda llevar a término sus exhibiciones, ellos siguen su guión sin pestañear, como autómatas. Todo ha sido milimetrado para que Bourne esté como pez en el agua. A Bourne le pasa, pues, lo mismo que a Truman Burbank. Pero al contrario que el personaje de la película de Peter Weir, Bourne aún no se ha dado cuenta de que vive un sueño, de que lo que le rodea (y él mismo) no es más que una mentira.