Miradas de Cine EL PIANISTA, de Roman Polanski   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro G.Calvo

Francia-Polonia-Alemania-Gran Bretaña, 2002. T.O.: The Pianist. Dirección: Roman Polanski. Productor: Roman Polanski, Robert Benmussa y Alain Sarde. Producción: R.P. Productions, Runteam Limited, Studio Babelsberg y Heritage Films. Guión: Ronald Harwood, basado en las memorias de Wladyslaw Szpilman. Fotografía: Pawel Edelman. Música: Wojciech Kilar. Diseño de producción: Allan Starski. Montaje: Hervé de Luze. Duración: 148 minutos. Intérpretes: Adrien Brody (Wladyslaw Szpilman), Thomas Kretschmann (Capitán Wilm Hosenfeld), Daniel Caltagirone (Majorek), Frank Finlay (El Padre), Maureen Lipman (La Madre), Emilia Fox (Dorota), Ed Stoppard (Henryk), Julia Rayner (Regina), Jessica Kate Meyer (Halina), Ruth Platt (Janina).

 
Miradas de Cine © 2002

Crónica de la desintegración

Roman Polanski lleva contándonos desde que empezó en esto del cine que la vida está maldita. Sus obras, más que películas, son pesadillas, crónicas de un terror que bien puede ser interno (Lunas de hiel, Repulsión), ajeno (El quimérico inquilino, Callejón sin salida), realista (Tess, El pianista) o sobrenatural (La semilla del diablo, La novena puerta). Sus películas siempre tienen una tendencia estilizada a cotidianizar los extremos, a contextualizar lo inexplicable o lo imposible. Sus viajes fílmicos por todo tipo de géneros e historias, siempre conlleva una personalísima y turbadora mirada sobre todo aquello que muestra en imágenes. Con mejor (El baile de los vampiros) o peor suerte (¿Qué?), Polanski nunca ha tenido miedo a la hora de sumergirse en cualquier historia, sacando de ella, todo los aspectos más sórdidos e impenetrables, posicionándose siempre en una postura desesperanzada frente a la vida, probablemente derivada de su propia experiencia vital, plagada de tragedia, desde que fuera niño en el ghetto de Cracovia hasta que tuvo que huir de los EEUU acusado de violación, pasando por el terrible asesinato de Sharon Tate a manos de la secta que tenía a Charles Manson cómo lider.

Sin embargo, pese a estas terribles vivencias personales, Polanski siempre ha demostrada una capacidad de superación increíble, exteriorizando todos sus demonios, cómo hiciera en su controvertida adaptación de Macbeth. No me gustaría hacer creer que el realizador polaco, haya tenido que realizar El pianista, para poder enfrentarse a su pasado, sin embargo, es cierto que su mirada, pierde algo de personalidad en esta última obra que ha filmado con un clasicismo nunca visto antes en su carrera, lo que hace del film curiosamente una de sus obras más impersonales, pero también, una de sus mejores obras.

Quim Casas en su artículo para la revista Dirigido por.. nº 317, establece una curiosa semblanza entre David Lynch -que otorgó en el pasado Festival de Cannes la Palma de oro al film de Polanski- y su magnífica Una historia verdadera, y Polanski y su El pianista. Es cierto que se puede ver un curioroso fenómeno paralelo en estos acercamientos a la narrativa clásica en dos realizadores poseedores de una personalísima carrera filmográfica, sin embargo, no opino que El pianista pierda riqueza por el hecho de no seguir los cánones estéticos del resto de la obra polanskiana, algo que en el film de Lynch ni se plantea, pues su mirada formal seguía siendo tan turbadora en Una historia verdadera cómo en cualquier otra de sus obras.

Por suerte, para el cine y para nosotros, los que amamos el cine, Polanski ha sabido encontrar la difícil ecuación que conlleva el equilibrio dramático y la riqueza estética. En El pianista no sólo se hallan algunos de los mejores momentos del cine de Polanski, si no alguno de los mejores momentos de la historia del cine moderno. Escenas como en la que aparece el pianista Szpilman haciendo como si tocara el piano pero sin poder hacerlo y con el uso de la música no diegética para enfatizar el momento (si tocase el piano hubieran descubierto su escondite y lo habrían apresado) o en la que ya un casi catatónico Szpilman mueve de forma casi esquizofrénica sus manos golpeando el aire con sus dedos, mientras se halla en pleno delirio por el frío que tiene y el hambre que pasa, demuestran hasta que punto Polanski tiene pleno dominio del arte que usa, confirmándose no sólo como el gran autor que ya era, si no como un perfecto ebanista conocedor de la técnica y de las emociones humanas. Su mirada frontal de los acontecimientos, con una frialdad casi inhumana a la hora de retratar las vejaciones de los nazis a los judíos -desde el asesinato del chico que quiere burlar el muro que rodea el ghetto hasta cuando tiran a un anciano en silla de ruedas por la ventana de un cuarto piso- poco o nada tiene que ver con la aproximación que hiciera Steven Spielberg en su La lista de Schindler (por más que esta supere en estética ya no a El pianista, si no a la mayoría del cine que se hace en la actualidad). El realizador de Tess filma el sufrimiento del pueblo judío de una manera mucho más realista que no la realizada por Steven Spielberg, pues allí donde el realizador de Minority report situaba pequeñas dosis edulcorantes, Polanski, sin ser tan grandilocuente y sí mucho más intimista, se inclina por no mostrar ni un solo comentario fuera de lugar, haciendo del entramado del film una tragedia verista de lo ocurrido, sin héroes ni falsas esperanzas. Polanski rueda el dolor en su estado puro y jamás cae en la tonta lacrimogenia, dejándose llevar únicamente por la desesperación.

No se podría hablar de El pianista sin referirnos a su protagonista, el espectacular Adrien Brody (excelente elección de Polanski, en un film plagado de caras desconocidas), que en la segunda parte del film, prácticamente es el único personaje de la historia y siempre actúa en silencio (como he comentado antes, él se estaba escondiendo de las tropas nazis que invadían Varsovia), con lo que su interpretación es puramente física, consiguiendo transmitir cada ápice de dolor o alegría que el protagonista va experimentando en su cautiverio. Polanski refuerza su película con el metraje que va llevando a Szpilman a perder a todos aquellos que le rodean, tanto en el ghetto cómo cuando se haya refugiado por la resistencia. Secuencias tan claustrofóbicas cómo cuando Szpilman ve marchar a toda su familia en el tren que los lleva al exterminio o la que le lleva a sobrevivir en una ciudad en ruinas ya prácticamente desquiziado, són los puntos de unión que emparejarían a El pianista con el resto de obras de Polanski cómo La semilla del diablo o La muerte y la doncella.

El pianista indgina, conmueve, aterra y asombra por igual. Desde los múltiples cadáveres tirados por los suelos del ghetto a las ruinas de Varsovia tras el bombardeo norteamericano, Polanski no se altera en ningún momento. La desesperación de la película es interna y el realizador no quiere manipularla en absoluto. Quizás sea ese el truco de la película, que juega a ser impersonal, pero de una manera tremendamente inteligente y vívidamente veraz. Vaya, un peliculón.