Miradas de Cine AMEN, de Costa-Gavras   MdC
Cartel de la película
Por Alejandro G.Calvo

Francia, 2001. T.O.: Amen. Dirección: Costa-Gavras. Productor: Claude Berri. Producción: Renn Productions. Guión: Costa-Gavras y Jean-Claude Grumberg, según la obra teatral de Rolf Hochhuth. Fotografía: Patrick Blossier. Música: Armand Amari. Dirección artística: Ari Hantke y Maria Mui. Montaje: Yannick Kergoat. Duración: 130 minutos. Intérpretes: Ulrich Tukur (Kurt Gerstein), Mathieu Kassovitz (Riccardo Fontana), Ulrich Mühe (Mengele), Ion Caramitru (Conde Fontana), Friedrich von Thun (padre de Gerstein), Antje Schmidt (Frau Gerstein), Hanns Zischler (Grawitz), Sebatian Koch (Höss).

 
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Los insignificantes

Llevo en mi cabeza una idea, que no se separa de ella, desde que vi el último Costa-Gavras, Amén, y es que si la pasáramos en una sesión doble con El pianista de Roman Polanski, sería la suma perfecta para por fin asumir que vivimos en un mundo que se deshace bajo nuestros pies, cuya sombra, en vez de ser negra, es de un rojo sangre tan apestoso que debería asfixiarnos a la vez que caminamos inconscientes a mover la maquinaria que llamamos vida. Cito El pianista y no otras obras que hayan tratado el genocidio recientemente cómo la excelente La lista de Schindler o la sobrevalorada La vida es bella - o las flojas Rebeldes del swing o La niña de tus ojos-, pues aunque los puntos de mira de ambos realizadores disienten en su tratamiento -Polanski es mucho más ambiguo y gélido que Gavras-, en la puesta en escena y tratamiento de la historia, ambas películas se emparejan bastante bien tanto en el formato cinematográfico (excluyendo el cinemascope) como en la tonalidad cromática escogida, cercana al Schlondörf de El tambor de hojalata.

Esta historia de trenes que van llenos y vuelven vacíos -un leit motiv de Costa-Gavras que me recuerda al caballo blanco que corría desquiciado por las calles Santiago de Chile en Missing (Desaparecido)- tiene la peculiaridad de devolvernos al mejor Gavras, no ya desde La caja de música, si no desde las subyugantes e imprescindibles Z, Estado de sitio y, la ya citada, Missing (Desaparecido). El realizador griego, cuya última década cinematográfica deja bastante que desear y cuyo último film hasta Amén, Mad city, resultaba una total decepción, vuelve por sus foros más combativos -sin que nunca se haya alejado del todo- y consigue brindarnos una historia sorprendemente bien equilibrada en la representación de la lucha de dos figuras, un oficial de las SS con conciencia y un cura próximo al Papa, a la postre insignificantes, contra la precisa maquinaria genocida nazi.

Gavras nos pone en la piel de dos hombres solos en el sistema, en el fondo, dos figuras insignificantes cuyos intentos por entorpecer o denunciar el genocidio de los judíos, no parecen importar a nadie. De hecho, Gerstein, un personaje real que acabó ahorcándose en su celda al entrar los franceses en Berlín, interpretado por un acertado Ulrich Tukur, a cada esfuerzo que se somete para intentar detener el asesinato de los judíos, el resultado acaba siendo totalmente contraproducente, cómo las reuniones que mantiene con opositores al régimen, o cuando retrasa el envío del Zyklon-B para gasear a los judíos y estos acaban alargando a una hora su agonía antes de morir, en vez de los 10 minutos que exigían los alemanes. De alguna manera, Gavras castiga a todos y a todo por lo ocurrido, golpeando una y otra vez a sus protagonistas, que en su desesperación acabarán abocados al peor futuro, fruto de la frustración y el desamparo.

Desde luego, el cine de Gavras no pasará a la historia por su sutilidad, pero no creo que sea mala la opción que toma el ateniense de retratar la realidad tal y cómo fue, sin tontos simbolismos ni ambiguas interpretaciones. En Amén nadie se salva de sus golpes, ni la iglesia -qué por cierto, no fue ni la primera ni la última vez que actúo de manera totalmente cobarde en la historia de la humanidad, siempre más centrada en procurar persistir pese a todo y pese a todos, que a centrarse en lo que, en teoría, representan ser, la imagen de Cristo en la tierra (por lo menos, para que los que se sientan católicos, que no es mi caso)-, ni los Estados Unidos, que pasan de ser liberadores a meros comerciantes, poco o nada interesados en lo que les pasaba a los judíos, ni los franceses en su ocupación, etc...

La escalofriante escena, sin duda, lo mejor de la película, en la que los oficiales alemanes contemplan a través de una mirilla totalmente sadista cómo mueren envenenados los judíos -siempre fuera de campo- sumada a la actitud de la iglesia, de mirar pero no querer ver lo que realmente está sucediendo, conglomeraría las dos vías de análisis y castigo que propone Gavras: Los que disfrutan con la muerte de los judíos (encarnado con acierto en la figura del sádico Doctor Mengele) y a los que, seamos sinceros, no les importaba demasiado lo que sucediera, mientras pudieran mantener su estilo de vida.

Y mientras tanto, los trenes siguen yendo llenos y volviendo vacíos, a nadie se le ocurre bombardear las vías, cómo grita Gerstein en cierto momento, qué más da. La insignificancia de la oposición que ejemplifican Gerstein y el Padre Fontana no es más que una anécdota, una espina que no se llega a clavar en ningún sitio y, qué tristeza, no les quedó ni siquiera la esperanza del cristianismo, se la robaron unos humanos enloquecidos, unos eclesiásticos avariciosos y un Dios inexistente.