| ATRÁPAME SI PUEDES, de Steven Spielberg |
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¿Cómo lo hiciste, Frank?Separada apenas cuatro meses del estreno de su última película en nuestro país y demostrando un endiablado ritmo creativo (aunque tampoco es la primera vez que pare dos largos en un mismo año: en 1993 encadenó Parque Jurásico y La lista de Schindlery en 1997 ven la luz casi simultáneamente El mundo perdido y Amistad), Atrápame si puedeses un divertimento pelín largo e hipertrofiado que, con todo, demuestra por enésima vez lo que ya es de dominio público: lo buen director que es Steven Spielberg. Sin llegar a la altura de sus tres películas previas
(pero recuérdese donde estaba el listón: Salvar al soldado
Ryan, Inteligencia Artificial y Minority Report... ¡casi
nada!), Steven teje una aventura vital absolutamente consecuente con su
ideario y obsesiones. ¿Cómo se refleja esto en su última película? Para Spielberg, los años 60 se reducen al ir y venir de un adolescente de aeropuerto en aeropuerto, haciendo partícipe al FBI de un juego en sí mismo bastante infantil (por mucho que se base en una historia real). En dos horas y veinte minutos, una sola referencia a la guerra del Vietnam (y para hacer poco menos que un chiste). Ok, tampoco se trata de estar tan traumatizado como el pesado de Stone y su eterno retorno a la Indochina, pero... Ah, ya veo. Alguno me dirá que esto es una comedia.
No lo creo así. De hecho Atrápame si puedes sería
una película tremendamente amarga de no ser por la inveterada pasión
que tiene el director por las moralejas. Frank W. Abagnale, jr (este el nombre del personaje que incorpora Leo) decide convertirse en un lobo con piel de cordero: la suya es una venganza contra el sistema (simbolizado en todopoderosas corporaciones como la PANAM) empleando sus mismas artimañas (a saber: el disimulo, las apariencias, la falsedad). Pero al mismo tiempo es también una huida -y ahí es donde entra ese escapismo tan propio de los films del director-: desaparece para no oír, para no ver, para no tener que elegir con un tembloroso bolígrafo en la mano, negando una realidad a la que no sabe cómo enfrentarse. Y la realidad es que su madre ha abandonado a su padre con tal de mantener su posición social. Y que su padre ya no podrá reponerse del duro golpe moral que esto supone para alguien educado en la cultural del éxito. Frank, pues, no hace sino engañarse a sí mismo. Como el policía que lo persigue (un atolondrado Tom Hanks), que ata su destino -y, de alguna manera, su razón de ser en esta vida- a la odisea de Frank. Como el viaje a Ítaca de Kavafis, lo importante para él no es su inevitable detención, sino el viaje, la búsqueda, el camino. Porque Hanks también está en retirada: huye de un matrimonio fallido, de una hija que va creciendo lejos de su persona. El síndrome de Estocolmo que va desarrollando este perseguidor patoso y poco avispado le lleva a una amistad contra natura con el supuesto criminal... entrando aquí en juego lo que yo llamaría ya "el factor Spielberg". El inevitable peaje que hay que pagar a cambio de ver sus (buenas) películas. Porque a la hora y media de proyección, señoras
y señores, nos damos cuenta de que Steven nos está contando
otra cosa. Que resulta que este chico es como es por culpa de un hogar
desestructurado. Que lo que busca en los contactos telefónicos
que mantiene en nochebuena con Hanks es el reencuentro con la figura paterna.
Y que lo que Hanks ve en él, a su vez, es la oportunidad de ejercer
de tutor (sí, el manido tópico de "ese hijo que nunca
tuve"). En definitiva, que esto no es una crítica del estado
del bienestar sino un cuento moral sobre la superación, sobre la
redención. Porque en el cine de Steven Spielberg todavía
no puede haber perdedores. |