Miradas de Cine ATRÁPAME SI PUEDES, de Steven Spielberg   MdC
Cartel de la película
Por Jorge-Mauro De Pedro

USA, 2002. T.O.: Catch me, if you can. Director: Steven Spielberg. Productores: Steven Spielberg y Walter F. Parkes. Guión:Jeff Nathanson; basado en el libro de Frank W. Abagnale y Stand Redding. Fotografía: Janusz Kaminski. Dirección artística: Jeannine Claudia Oppewall. Montaje: Michael Kahn. Música: John Williams. Duración: 141 minutos. Intérpretes: Leonardo DiCaprio (Frank Abagnale, Jr.), Tom Hanks (Carl Hanratty), Christopher Walken (Frank Abagnale, Señor), Nathalie Baye (Paula Abagnale), Martin Sheen (Padre de Brenda), Amy Adams (Brenda), Frank John Hughes (Tom Fox), Brian Howe (Earl Amdursky), Shane Edelman (Harris), Mike Baldridge (Terry), Jamie Anderson (Ailene), Jessica Collins (Peggy).

 
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¿Cómo lo hiciste, Frank?

Separada apenas cuatro meses del estreno de su última película en nuestro país y demostrando un endiablado ritmo creativo (aunque tampoco es la primera vez que pare dos largos en un mismo año: en 1993 encadenó Parque Jurásico y La lista de Schindlery en 1997 ven la luz casi simultáneamente El mundo perdido y Amistad), Atrápame si puedeses un divertimento pelín largo e hipertrofiado que, con todo, demuestra por enésima vez lo que ya es de dominio público: lo buen director que es Steven Spielberg.

Sin llegar a la altura de sus tres películas previas (pero recuérdese donde estaba el listón: Salvar al soldado Ryan, Inteligencia Artificial y Minority Report... ¡casi nada!), Steven teje una aventura vital absolutamente consecuente con su ideario y obsesiones.

Me explico. Uno de los temas principales en la filmografía de este autor es la familia. Este simple hecho basta para que algunos lo tilden de reaccionario y conservador (me gustaría saber de qué otra cosa se pasaron hablando toda su carrera Ford, Visconti, Cassavetes u Ozu). Pareciéndome este aserto ridículo, lo que resulta del todo incuestionable es que Steven Spielberg es un archimillonario que hace cine. Sea él consciente o no de ello, sus tramas siempre son voluntariamente escapistas, renunciando a hablar de aquello que no entiende (y véase qué ocurre cuando se nos pone "social": El color púrpura o Amistad).

¿Cómo se refleja esto en su última película? Para Spielberg, los años 60 se reducen al ir y venir de un adolescente de aeropuerto en aeropuerto, haciendo partícipe al FBI de un juego en sí mismo bastante infantil (por mucho que se base en una historia real). En dos horas y veinte minutos, una sola referencia a la guerra del Vietnam (y para hacer poco menos que un chiste). Ok, tampoco se trata de estar tan traumatizado como el pesado de Stone y su eterno retorno a la Indochina, pero...

Ah, ya veo. Alguno me dirá que esto es una comedia. No lo creo así. De hecho Atrápame si puedes sería una película tremendamente amarga de no ser por la inveterada pasión que tiene el director por las moralejas.

El punto de partida es algo más que interesante. Un padre bien posicionado socialmente (un e-x-t-r-a-o-r-d-i-n-a-r-i-o Chris Walken) que ve venirse abajo su mundo feliz a raíz de unos problemas con la Hacienda Pública. A esta caída sin red asiste incrédulo su hijo (más que correcto Leonardo DiCaprio), un chico que idolatra hasta lo indecible la figura paterna. Estos primeros veinte minutos constituyen un agudo e incisivo retrato del estilo de vida norteamericano: la necesidad imperiosa de poseer y su asociación con el triunfo y la realización personal. Al ver como su padre pierde negocio, mujer y autoestima, en la cabeza del adolescente se fragua un plan para devolverle la felicidad a su viejo, creyendo que esto pasa exclusivamente por devolverle el dinero, reintegrarle sus pertenencias.

Frank W. Abagnale, jr (este el nombre del personaje que incorpora Leo) decide convertirse en un lobo con piel de cordero: la suya es una venganza contra el sistema (simbolizado en todopoderosas corporaciones como la PANAM) empleando sus mismas artimañas (a saber: el disimulo, las apariencias, la falsedad). Pero al mismo tiempo es también una huida -y ahí es donde entra ese escapismo tan propio de los films del director-: desaparece para no oír, para no ver, para no tener que elegir con un tembloroso bolígrafo en la mano, negando una realidad a la que no sabe cómo enfrentarse. Y la realidad es que su madre ha abandonado a su padre con tal de mantener su posición social. Y que su padre ya no podrá reponerse del duro golpe moral que esto supone para alguien educado en la cultural del éxito.

Frank, pues, no hace sino engañarse a sí mismo. Como el policía que lo persigue (un atolondrado Tom Hanks), que ata su destino -y, de alguna manera, su razón de ser en esta vida- a la odisea de Frank. Como el viaje a Ítaca de Kavafis, lo importante para él no es su inevitable detención, sino el viaje, la búsqueda, el camino. Porque Hanks también está en retirada: huye de un matrimonio fallido, de una hija que va creciendo lejos de su persona.

El síndrome de Estocolmo que va desarrollando este perseguidor patoso y poco avispado le lleva a una amistad contra natura con el supuesto criminal... entrando aquí en juego lo que yo llamaría ya "el factor Spielberg". El inevitable peaje que hay que pagar a cambio de ver sus (buenas) películas.

Porque a la hora y media de proyección, señoras y señores, nos damos cuenta de que Steven nos está contando otra cosa. Que resulta que este chico es como es por culpa de un hogar desestructurado. Que lo que busca en los contactos telefónicos que mantiene en nochebuena con Hanks es el reencuentro con la figura paterna. Y que lo que Hanks ve en él, a su vez, es la oportunidad de ejercer de tutor (sí, el manido tópico de "ese hijo que nunca tuve"). En definitiva, que esto no es una crítica del estado del bienestar sino un cuento moral sobre la superación, sobre la redención. Porque en el cine de Steven Spielberg todavía no puede haber perdedores.

El envoltorio en que nos viene servido todo esto es impecable: el diseño de producción y la dirección artística nos retrotraen sin dificultad a los sesenta, la partitura de John Williams es muy buena, la fotografía de Kaminski, inmejorable. Incluso contiene unos magníficos títulos de crédito, de lo mejor que recuerde desde los de La habitación del pánico.

Se observa, eso sí, una extraña obsesión del director con la Francia degaullista: la madre francesa es poco menos que una trepa amoral (¿será "la vieja Europa" a la que se refiere el secretario de Defensa Donald Rumsfeld?), los polis galos son sanguinarios y pendencieros, las cárceles francesas convierten a las turcas de El expreso de medianoche en balnearios... ¿tuvo alguna mala experiencia en Cannes el Rey Midas de Cincinatti?

Eso sí, la labor de dirección es... sensacional. Imposible no disfrutar con el modo como está contada la historia, haciendo todo un despliegue de técnica cinematográfica, de ese estilo, ese ritmo que ha hecho imbatible al mejor cine americano: travellings laterales, picados, planos cenitales, contrapicados, inteligente uso de grúas, músicas, fundidos en negro... es un maestro.

Resumiendo: la vida y milagros de un truhán autodidacta (un joven que se hace a sí mismo, aprendiéndolo casi todo de la "democrática" televisión); un americano que trata de hacer lo mejor posible su trabajo, porque hasta las actividades delictivas menos edificantes pueden ser una forma de hacer grande el país... si uno pone en ello toda su dedicación, todo su talento. Una parábola maquiavélica donde el héroe consigue exactamente lo que se proponía al comenzar su aventura: acabar ganando millones de dólares sin tener mala conciencia. Y que hace que nos preguntemos: "¿cómo lo hiciste, Frank?" cuando quizás la pregunta correcta sería "¿cómo lo hiciste, Steven?".