| OTRA TERAPIA PELIGROSA, de Harold Ramis |
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¿Qué pasa con Bob?Hace unos años se estrenaba la primera parte de este encuentro, aparentemente contra natura, entre Robert de Niro y Billy Cristal y tras el éxito de crítica y público se repite la conjunción pero con unos resultados ni la mitad de gratificante que en la anterior. Todo lo bueno se convierte en mediocre, todo lo original en ramplón trasunto en esta banalización repetitiva, cojitranca, irregular y, lo que resulta más grave tratándose de una comedia, carente de cualquier atisbo de gracia. Han pasado unos años y Paul Vitti se siente amenazado en la cárcel y para conseguir la libertad condicional decide fingir una demencia transitoria que le arrastra a cantar ininterrumpidamente todos los temas de West Side Story. De momento todo bien: De Niro rememorando su actuación en Despertares. Ben Sobol se encuentra en el entierro de su padre famoso y más prestigioso psicoterapeuta que le hacía vivir atormentado por la larga sombra de sus muchos libros y de su fama a nivel internacional. Lo que en la anterior película nos dejaba ver de manera sutil la mediocridad del psicólogo y su casi enfermiza obsesión se convierte en una obscena muestra de que vamos a cambiar el rumbo radicalmente. La sugerencia se transforma en presencia desagradable y soez. Así que de aquí al naufragio sólo queda que más vías de aguas vayan mojando nuestros pies, y luego nuestras rodillas, nuestras caderas, nuestra axilas y finalmente borre la sonrisa que el filme primigenio nos había instalado en nuestra boca. Una lastima. Y tarda un poco la desilusión porque en la primera parte
hay algunas escenas que mueven a la sonrisa y a la esperanza: todo lo
referente a la búsqueda de empleo de Paul Vitti (sobre todo el
desternillante gag del concesionario) está a buen nivel, las referencias
a la sexualidad reprimida de ambos protagonista (uno por la cárcel,
el otro por una relación matrimonial que se presume demasiado fría),
la cena en el japonés. Ésta es la escena que a mi par/decer
marca el desencuentro, el desastre, lo facilón, lo convencional.
La entrada en escena del personaje más esperanzador, un productor
televisivo de medio pelo pero de una pretenciosidad y una cobardía
sin límites, entre la incompetencia del actor que lo recrea, los
torpes brochazos Y varias decepciones más se suman, aunque todas esperadas por las ascendentes carreras de despropósitos de los actantes. Se resume básicamente en dos. Sí, lo han adivinado Robert de Niro y Harold Ramis. Del actor y ocasional director de la admirable Una historia del Bronx sólo decir que en un principio entendíamos su tendencia a interpretar personajes caricaturesco y autoparódicos como una manera fácil de sacar dinero para poder llevar hacia delante proyectos más arriesgados y quién sabe si dirigir una segunda película. Pero cuando vemos que su productora también está metida en proyectos como éste o como la anterior perla titulada Showtime, donde el humor autorreferencial llegaba a degradarse de manera casi insuperable tras la gracia inicial de Una terapia peligrosa, o la gracia en franco estancamiento de Los padres de ella (2). Decía de Showtime de manera casi insuperable. Ese casi empieza a diluirse ahora. Harold Ramis por su parte nos hace pensar en la existencia de un primo listo que le debiera algún favor y que le filmó la estupenda Atrapado en el tiempo y la mitad de la interesante Mis dobles, mi mujer y yo, películas donde empezamos a reconocerle cierta autoría con reminiscencias literarias del calibre de Borges y Cortazar, además del entroncamiento con cierta escuela de comedia de calidad de los años 30 y 40 con ventanas a lo fantástico donde podríamos ubicar a gente tan dispar como Ernst Lubistch y Henry Koster o Preston Sturges y Alexander Hall. Pero vista la impersonalidad de sus restantes trabajos que bascula desde la modesta humildad un tanto despersonalizada de Una terapia peligrosa al desastre sin paliativos y sin asideros de Al diablo con el diablo, paradójicamente basada en otra comedia homónima (1967) con toques fantástico de otro clásico de este género, Stanley Donen, todo nos lleva a pensar que al burro le sonó la flauta. No ganamos para decepciones. Esperemos que De Niro salga de la enajenación y vuelva a darnos papeles interesantes en películas encomiables en las que se encuentra desaparecido desde que rodara en Paris, con escándalo incluido, Ronin. (1) Tendencia que la moda o lo cinéfilamente correcto ha llevado en un par de años al terreno casi exclusivo de los innombrables ahora hermanos Farrelly. Mi versión de los hechos puede encontrarse en la crítica de Amor ciego publicada en www.cinestrenos.com ver Cartelera sección críticas anteriores. (2) Ya está rodada la segunda parte también. Horror.
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