Miradas de Cine A PROPOSITO DE SCHMIDT, de Alexander Payne   MdC
Cartel de la película
Por Jorge M. de Pedro
EEUU, 2002. T.O.: About Schmidt. Dirección: Alexander Payne. Duración: 125 min. Interpretación: Jack Nicholson (Warren Schmidt), Kathy Bates (Roberta Hertzel), Hope Davis (Jeannie Schmidt), Dermot Mulroney (Randall Hertzel), June Squibb (Helen Schmidt), Howard Hesseman (Larry), Len Cariou (Ray), James Crawley (Dave Godberson), Cheryl Hamada (Saundra), Steve Heller (Ken). Guión: Alexander Payne & Jim Taylor; basado en la novela de Louis Begley. Producción: Michael Besman y Harry Hittes. Música: Rolfe Kent. Fotografía: James Glennon. Montaje: Kevin Tent. Diseño de producción: Jane Ann Stewart. Dirección artística: T. K. Kirkpatrick y Pat Tagliaferro. Vestuario: Wendy Chuck.

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Miradas de Cine © 2002-2003

...Como se viene la muerte, tan callando

Vitriólica mirada sobre la tercera edad, constatación por parte de un hombre cabal de que se haya rodeado por un arrecife de idiotas, sardónica crónica de las apariencias (extrapolable a cualquier sociedad occidental “desarrollada”)... todo esto se encuentra dentro de A propósito de Schmidt, la tercera película del interesante Alexander Payne, siempre mejor guionista que director.

Tras hablarnos con más ironía que en la presente de la obsesión por el poder y la gloria en su olvidada pero aguda Election, Payne (por cierto, graduado en literatura española por la Universidad de Stanford) nos conduce al callejón sin salida de un recién jubilado que ve tambalearse su anquilosada escala de valores. Este American Beauty para retirados narra los primeros días de ocio forzoso, de inactividad, de marginación social (¿por qué no llamar a las cosas por su nombre?). Schmidt, prisionero de sus circunstancias, arrastra las consabidas frustraciones de cualquiera que llegue a sus 66 primaveras: todo lo que pudo ser y no fue, una mujer junto a la que amanece cada día desde hace 42 años y que ya a duras penas reconoce, una hija que se aleja (y lo aleja) de su vera... y una sensación crónica de pérdida, de vida lanzada por la borda.

Será precisamente la repentina muerte de su mujer la que acentúe su latente depresión, pues tendrá la oportunidad de verificar que, como ya temía, su hija se va a casar con un cretino. A esto se sumará la constatación de que su puesto de trabajo lo hereda un imbécil con título, su palmaria inutilidad para hacer frente a las labores del hogar y el descubrimiento, por si fuera poco, de una antigua infidelidad marital.

El propio autor lo ve así: “Schmidt es simplemente un tipo simpático que ha respetado las reglas del juego en el que participa. Lo que me interesaba era quitarle todo, su trabajo, su matrimonio, su hija, su paternidad, todas las instituciones que habían dado sentido a su vida. Sin esas cosas es posible que un hombre tenga que llegar al fondo de lo que realmente es”.

Movido por el aburrimiento y la desidia del zapping decide apadrinar a un niño del tercer mundo; será en las agridulces cartas que le escriba donde descubriremos al verdadero Schmidt: dolido, quien sabe si mortalmente herido, en retirada.

Cargado con un tanto de amargura y un mucho de resentimiento emprende una anodina huida, una ruta mil veces transitada, un rodeo fruto del hastío que le ayudará a hacer tiempo hasta la fecha de la boda de su única hija. Montado en la autocaravana donde él y su difunta esposa planeaban disfrutar de un retiro dorado, revisa los lugares fundamentales de su existencia para comprobar, ineluctablemente, como estos han cambiado o desaparecido.

En este viaje a ninguna parte tendrá un encuentro con unos campistas irritantemente extrovertidos, mientras hace turismo visitando lo que para los americanos son monumentos y para el resto de los mortales casetas de la Feria de Sevilla.

El camino termina en casa de la inminente consuegra. Por si faltaban sorpresas, la familia del novio recuerda a los Hannassey de Horizontes de grandeza o al terrorífico elenco de La familia Adams: una madre orgasmatrónica, un ex-marido que sufre de incontinencia verbal, un hermano algo “alelao”... como para salir corriendo, vamos.

Tras un último y desesperado intento por evitar el matrimonicidio de su hija, se ve obligado a participar en la farsa hasta el final (nobleza obliga), aportando su granito de arena a la insoportable banalidad de una ceremonia nupcial tan grotesca como la de aquella prima tuya de Alicante, el verano pasado. ¿Recuerdas?

De vuelta a casa, el vacío de las estancias –tibio reflejo de esa soledad superlativa a la que toca hacer frente a partir de ahora– y la primera respuesta epistolar de la misionera al cargo del pequeño tanzanés apadrinado, le descubrirán derrotado y sin fuerzas, sentado tras la mesa de un escritorio donde ya no se acumula ninguna tarea pendiente.

A propósito de Schmidt es Jack Nicholson. Avasallando la pantalla el 99% del metraje, el Jack de las grandes ocasiones proporciona un recital inigualable, principalmente porque tiene la experiencia y la edad ideales para ser Schmidt. Sin grandes aspavientos, dejándose ir cuando toca (inolvidables sus contraplanos en el yakuzi con una Kathy Bates que nos regala un desnudo integral sin complejos –me gustaría ver sin tienen narices de hacer eso a su edad las Julia Roberts o Cameron Diaz del momento–), Nicholson está otra vez intratable. Le puede ir haciendo hueco a su cuarto tío Oscar.

La dirección es consciente de cuál es la baza a jugar (enfocar a Jack y dejar que él haga lo que mejor sabe hacer), volviéndose particularmente plana. Completamente al servicio de su talento, con una funcionalidad de telefilm, Payne se hace a un lado y consigue hacer invisible su, por otro parte, nada alambicada firma.

A propósito de Schmidt es, decididamente, una magistral lección de interpretación. También es una película correcta, pausada y sin personalidad. Pero quizás era eso lo que requería la ocasión, porque a cambio disfrutamos de un personaje complejo, bien desarrollado, verosímil. Osea, una rara avis entre le legión de fantasmas y autómatas que pueblan las películas yanquis.